Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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¿100 días o 15 años? Victor Maldonado

Este es un régimen envejecido que quiere hacerse pasar por nuevo. La trampa de los primeros cien días está en querer disfrutar de esa luna de miel política que los electores conceden a los nuevos gobernantes, reconociendo que estar al frente del país es siempre una experiencia inédita.

Pero allí está el detalle, que el grupo que está a la cabeza del régimen es tal vez el más experimentado de toda nuestra historia republicana, y muy seguramente el más incapaz. Todos ellos son parte de un templete que se ha paseado por los más variados cargos, y en todos ellos han fracasado rotundamente. Pero no solamente eso, también todos ellos son fiadores solidarios del socialismo del siglo XXI, del Primer Plan Socialista Simón Bolívar, del Plan Patria –programa de Gobierno del extinto mandatario- que fue asumido por Nicolás Maduro como propio, de las decisiones tomadas en Pdvsa, BCV, Fondem, Alba, Petrocaribe, Mercosur y con el Fondo Chino.

Lo que sí es nuevo es el tener que convivir con un régimen que ahora no tiene ni carisma ni realizaciones que mostrar, y para colmo luce muy desgastado en sus argumentos justificativos. Debe ser terrible encontrarse al frente de una gestión de quince años en los que todas las promesas se han defraudado y ninguna dificultad se ha superado. La política, la economía, lo socio-cultural y la ideología muestran un agotamiento persistente. Y para colmo, la bonanza petrolera ya no es tal, las reservas están en el suelo, los riesgos están al alza, y la credibilidad del Gobierno se está esfumando mientras pasan los días y todos aprecian que el que nos dirige “no da pie con bola”. Lo nuevo es la decepción, la precariedad económica, y esa sensación creciente de que el liderazgo oficial no está acompasado al ritmo que está sonando.

Porque lo que realmente está sonando no lo saben bailar. No saben resolver el problema de la inseguridad ciudadana porque no lo pueden hacer mientras ellos mismos sean parte integrante de una situación determinada por la impunidad, el sectarismo y el discurso del odio. Tampoco saben resolver la crisis económica porque ello supondría revocar quince años de socialismo y de desconocimiento de los derechos de propiedad. Ellos no pueden hacerlo porque su estructura de pensamiento solo permite intervenciones e intromisiones crecientes del Gobierno en el sistema de mercado. No pueden atajar la corrupción porque ello significaría hacer una purga integral de los cuadros civiles y militares que sustentan el Gobierno, volver al respeto por el Estado de Derecho, garantizar la transparencia y la división efectiva de poderes que solo son posibles con el respeto por el talento y las atribuciones y competencias de cada una de las instituciones públicas. La corrupción se ceba en la impunidad, los controles, el sectarismo, y hay que decirlo, se alimenta de las carencias intelectuales para entender lo social, lo político y lo económico.

Ellos no saben bailar sino esta polka autoritaria que reproduce todos los males sin mitigarlos. Ellos están condenados a la conspiración constante porque ellos mismos no tienen otra regla del juego que el dedazo. Pero ahora está muerto el titular de ese dedo irrebatible. ¿Y qué queda? Lo que estamos viendo, la cueva de Alí Babá vaciada y los ladrones intentando arrebatarse entre sí los restos del botín. El régimen perdió su centro de gravedad, y ahora es más centrífugo, menos disciplinado, y también menos comprometido. Se han convertido en una corte donde todo vale a la hora de continuar siendo cortesano. Pero esa misma lógica evita y se interpone entre las aspiraciones y las realizaciones. Demasiado tiempo tienen que invertir en salvarse, en acercarse al nuevo reacomodo, en intentar descifrar quién cae parado y quién está condenado por anticipado. Con esos afanes no hay tiempo ni incentivos para resolver los problemas.

Porque además está el último recurso, la fuerza. Diosdado no ha dejado de advertir que “en cualquier momento se vuelve loco”. Nicolás repite que el cuenta con el don de agitar la ira de los dioses contra todos aquellos que se les opongan. Y todos los lugartenientes dicen, hacen y piensan más o menos lo mismo. Dicho de otro modo, esa confianza en ser parte de una revolución armada, autoritaria, malandra, no les hace pensar que la legitimidad de todos ellos pende de la resolución de los problemas que aquejan al país. ¿Recuerdan lo que gritaba Chávez? ¡Nada importa porque tenemos patria…!

VICTOR MALDONADO ― NOTITARDE