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A 50 años de la Populorum Progressio: Un dilema entre libertad e idolatría, Tomás Chacón

Hace 50 años, el Papa Pablo VI publicó la Encíclica Populorum Progressio con el fin de dar luces al desarrollo integral del ser humano. San Juan Pablo II, con la Encíclica Sollicitudo Rei Sociales, y Benedicto XVI, con la Encíclica Caritas in Veritates; han actualizado la Populorum Progressio centrados en el ejercicio de la libertad para no caer en lo llamado por Pablo VI como “mesianismos prometedores” que sólo arrastran a miserias y predicas de la envidia contrarias a la “superación de todas las dependencias por medio del progreso hacia la libertad perfecta” inspiradora de capacidades humanas con visiones voluntariamente solidarias.

 

En vista de ello, el Papa Benedicto XVI sostiene que los “mesianismos prometedores” son “forjadores de ilusiones”, por basar “siempre sus propias propuestas en la negación de la dimensión trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su disposición conducen al sometimiento del hombre”, convenciendo a la gente de que exclusivamente ellos saben cuál es el “único” camino y alternativa beneficiosa y conveniente.

 

Por consiguiente, los “mesías prometedores”, con sus falsas promesas, avivan la ilusión con el objetivo de permanecer en el poder, exagerando logros eventuales y particulares para fortalecer la fe en ellos, entre quienes tienen la firmeza de sentirse excluidos, despreciados y aceptan la falacia mesiánica de salir de la miseria como por arte de magia, sin identificar medios para alcanzar lo deseado.

 

Lo anterior se sostiene cuando se afianza de manera planificada un mensaje de “amor”, “esperanza”, fidelidad y lealtad; que empujan, a quienes siguen al mesías, a sentirse “redimidos, liberados” y obligados a mantenerse unidos al “paladín”; siendo esto en realidad una forma de fortalecimiento de vínculos afectivos propios de la idolatría al líder o al Estado.

Así el dirigente “mesías” alimenta el culto a su propia persona, como fue el caso de Hitler (1889-1945), Stalin (1918-1953), Mao (1893-1976), Pol  Pot (1925-1998) o de cualquiera de los llamados caudillos latinoamericanos, quienes enfatizan la propaganda en función a convertirse en símbolos de valor místicos y creadores de ilusiones hacia quienes no identifican un progreso por medio de la producción sino por el anhelo a la distribución enmarcado en la defensa del deseo a la propiedad de ajena; sin importar la defensa y respeto a la vida y de los bienes legítimamente adquiridos.

 

Esta situación es promovida por los falsos mesías con el fin de profundizar las carencias; las cuales se ofrecen solventar al estilo de Robin Hood y prometiendo un nuevo destino de prosperidad que nunca llega, pero dentro de un discurso idolátrico en frases como: “Nadie los quería, yo sí y les devolví la dignidad y la esperanza”; y por ello los idólatras confían plenamente en quien “le has jurado amor y les ha entregado su vida incluso después de muerto”.

 

Además, como el líder se considera mesías entonces nunca se equivoca, y si el progreso no llega es porque otro tiene la culpa, incluyendo sus seguidores por no alcanzar a entenderlo. Esto genera mayor necesidad hacia el líder “mesías prometedor” y un afianzamiento de la  falacia al idolatrado en torno a: “Sin mi ustedes pasarán necesidad y serán despreciados porque nadie los amará como yo”; incluso llegando a creer, después de la muerte del líder, que si el mismo estuviera vivo entonces se viviría mejor.

 

A causa de ello,  el Papa Pablo VI enmarca al desarrollo y al progreso en una vocación, porque la vocación solo se puede ejercer con libertad, es decir, sin sumisión ni idolatría; y así el desarrollo puede ser integralmente, sin dependencias y con “un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción y de la libre creatividad humana en el sector de la economía” (Juan Pablo II, Centesimo Annus, N°42)

A su vez, un argumento como este respalda en su totalidad el artículo 112 de la constitución de la República Bolivariana de Venezuela en cual sostiene que “Toda persona tiene derecho a ejercer libremente la actividad económica de su preferencia” y por ello “el Estado promoverá la iniciativa privada”. Esta noción de libertad y sin dependencia para la actividad económica es totalmente contraria a la propuesta de reforma constitucional del año 2007 del expresidente Chávez, al querer sustituir ese derecho por un “Estado, y no por la iniciativa privada o libre creatividad humana, que provea el desarrollo de un Modelo Económico Productivo”; esto por lo general lleva a esos mesianismos prometedores seguros de tenerlo todo a su disposición y por ello en vez de promover la iniciativa de los empresarios, la regulan y amenazan.

 

Razón por la cual, quitar la iniciativa privada conduce irremediablemte, como diría Benedicto XVI al comentar sobre la Populorum Progressio, a “La idea de un mundo sin desarrollo por la desconfianza en el hombre que ejerce el ejercicio empresarial”; porque tal como expresó Juan Pablo II también en la Encíclica Centesimo Annus: el “Estado no podría asegurar directamente el derecho a un puesto de trabajo de todos los ciudadanos, sin estructurar rígidamente toda la vida económica y sofocar la libre iniciativa de los individuos”

 

Ahora bien, un desarrollo con confianza en el ejercicio empresarial, da luces al desafío de Pablo VI de superar la ambivalencia de la tecnología; la cual va entre quienes son propensos a confiar completamente a ella en el proceso de desarrollo y quienes niegan la utilidad de la tecnología por considerarla radicalmente antihumana y con tendencia a la degradación.

 

Dicho lo anterior, es así como encontramos a unos promotores del desarrollo de la inventiva y la iniciativa privada, como por ejemplo,  quienes crean carros robóticos sin consumo de gasolina a fin de proteger el medio ambiente, y otros temerosos del futuro con soluciones fuera del desarrollo de la inteligencia, como  quienes promueven andar a pie o en bicicleta para no contaminar el medio ambiente producido por la gasolina; sin darse cuenta que atrofian el desarrollo de la capacidad de ser imagen y semejanza de Dios Creador, lo cual incentiva a “crear” cosas nuevas hasta inimaginables, pero posible con mucha disciplina y deseo de progreso y bien común.

 

En suma, desde la Populorum Progressio se nos sugiere, para la actualidad, un desarrollo desde la caridad y la verdad reveladora con compromiso inédito y más creativo de la perspicacia empresarial, sin sumisión a líderes forjadores de ilusiones, pero con miras a un desarrollo al alcance de todos; ensanchando la razón y haciéndola capaz de conocer y orientar estas nuevas e imponentes dinámicas hacia la “cultura de la vida”, la cooperación social, la solidaridad y el respeto al otro.

 

De allí el papel de la Iglesia en contribuir a la esfera secular por medio de una enseñanza sobre las consecuencias de la idolatría; resumidas en aspectos técnicos de la vida de la persona sin avances porque el sentido de su caminar junto a otros se da con sumisión y  allí se pierde la meta del camino al progreso por seguir la falta arrogancia de alguien corrompido en un poder absoluto.