Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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¿A qué huele Caracas?, por Víctor Maldonado

Petrogrado olía a ácido fénico. Así comienza Ayn Rand su primera novela y la más autobiográfica. Le tocó vivir el totalitarismo soviético en la época en donde comenzó todo, la violación de la dignidad, la instauración del resentimiento, el robo de las propiedades, el arrebato de la libertad, el desclasamiento, la igualación, la pobreza progresiva, el hambre, el confinamiento, y al final, la muerte.  

 

El socialismo se sufre en carne propia. Tiene su propio olor y juega a sus propios tiempos, que son los de la servidumbre y el miedo. Es dolor, angustia y desolación. Es la tragedia de la madre que sufre porque su hijo no tiene zapatos, y sabe que no se los va a reponer nunca más. Es la frustración de la familia que se queda sin el televisor, y que no tiene cómo cambiarlo. Es la angustia del padre que ve cómo la nevera se quemó en el último apagón, y siente la podredumbre en la que se va convirtiendo la escasa comida que el frío preservaba. Se vive como un tormento y un revoloteo de la muerte. Es el dolor y el desespero del hambre, la imposibilidad de comprar un antibiótico, aun sabiendo que la partida final la pueda ganar esa infección que parecía ser irrelevante. Es el carro dañado, el caucho faltante, el transporte que no llega, el efectivo que no existe, el teléfono averiado, el internet que se cae, el agua que no llega, el salario que no alcanza, y los sueños trastocados en pesadillas. El totalitarismo hiede a fase terminal, a vida concluida, a esperanzas derrumbadas.  

 

Caracas huele a silencio, miedo, angustia, violencia, basura, enfermedad, hambre y muerte. Huele a despedidas que nadie desea. Apesta a abandono. Sus calles, las de la capital de un país sometido, amanecen con testimonios de una búsqueda ansiosa de restos, que cada vez son más escasos. Una ciudad abatida por la improductividad ni siquiera produce basura. Es la ciudad de las alucinaciones espurias, esas que transforman un río de detritos en una supuesta mina donde se puede encontrar ese recurso que puede salvar el día. Un país petrolero degradado a buscar entre las cloacas alguna esperanza para la supervivencia.  

 

Caracas huele a indiferencia oficial, o si se quiere, a exterminio culposo. Apesta a contraste enloquecedor entre la violencia que se patrocina y esa vigilancia intensa contra cualquier intento de protesta. Caracas hiede a juramento traicionado. Y padece el olor acre que despiden esos cuerpos militares y policiales que han dado la espalda a un país que todavía no es libre porque ellos se han convertido en sus carceleros. Caracas es una ciudad sitiada por la miseria. Caracas huele a comunismo. Y el comunismo se vende a si mismo como una maldición perpetua. Pero ¿acaso hay salida?  

 

Rand invita a rebelarse contra la resignación. Vivir significa saber lo que se quiere hacer con la vida. Tener un guión. No dejarse arrebatar el propio protagonismo. Los socialismos quieren reducirnos a la servidumbre y a la angustia por la sobrevivencia. Pero ese intento de sometimiento se vale de la definición de un falso espacio, delimitado por confines ilusorios. La libertad, se logra o se pierde, se experimenta o se deja de sentir en carne propia. El desafío es absolutamente personal y objetivo. La batalla es de cada uno, el esfuerzo es individual, el optimismo o la desesperanza son opciones que cada uno debe resolver. Y el coraje es el arma que contiene todas las posibilidades, porque como advierte Ayn Rand en su novela “es una maldición, ya sabes, poder mirar más alto de lo que se te permite alcanzar”. En algún momento Caracas debería oler a liberación.