Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Anatomía patológica de la escasez. Victor Maldonado

La escasez es una circunstancia económica devenida en problema político porque la gente se queja del desabastecimiento. El Banco Central de Venezuela la mide y periódicamente publica un índice que en los últimos meses nunca ha bajado del 20% en promedio. ¿Qué significa ese índice? El indicador de escasez “representa el porcentaje de casos donde el producto específico investigado no está presente en el establecimiento y tampoco lo están otros productos específicos del mismo rubro que permiten al consumidor hacer la sustitución del inicialmente buscado”. 

La escasez “a la carta” que estamos padeciendo es un reto político que está venciendo al régimen en la calle. Todo el mundo habla de eso. Todo el mundo lo comenta. Nadie deja de sentir sus impactos. La escasez incrementa los costos de oportunidad de los ciudadanos. Los obliga a enfocarse intensamente en el esfuerzo de conseguir aquel bien o servicio que se hace poco ubicuo. Les exige que inviertan tiempo y dinero en procurarse aquellas cosas que no logran conseguir con facilidad pero que igualmente necesitan. La escasez roba tiempo, tranquilidad y recursos a toda la sociedad pero sobre todo es implacable y feroz con los más pobres a quienes coloca en el borde del precipicio.

La gente tiene una idea de la felicidad que es relativamente simple, pero que en manos del socialismo se convierte en una pesadilla. Los venezolanos tienen la expectativa de que el Gobierno garantice mercados abastecidos, con diferentes tipos de productos, diferentes calidades y diferentes precios. Eso no lo ha logrado. La gente quiere poder hablar con libertad, tener bienes con libertad, y poder comer con libertad. Esas condiciones son harto difíciles y muy costosas en los tiempos del socialismo del siglo XXI.

Pero la pregunta realmente interesante es ¿Cómo llegamos hasta aquí? Recordemos la trama. El Gobierno se ha empeñado en una transición hacia el comunismo que ha dado en llamar Socialismo del Siglo XXI. En el camino ha cercado a la industria, confiscado empresas y se ha cogido al menos 5 millones de hectáreas que antes eran productivas. Al mismo tiempo se dio a la tarea de crear “empresas socialistas” que no terminan de arrancar, deficitarias, carentes de gerencia y foco, ideologizadas y confundidas, y por lo tanto en una situación que “ni lavan, ni prestan la batea”. Tomaron Agroisleña y la transformaron en esa bazofia llamada Agropatria. Tomaron las cementeras y ahora importamos cemento. Tomaron las siderúrgicas y ahora importamos cabillas. Manosearon las empresas de aluminio y ahora importamos bauxita. Lo mismo hay que decir de carne, arroz, azúcar, maíz, y otros rubros en los que antes éramos competitivos. Y por si fuera poco las leyes habilitantes y la Asamblea Nacional “rodilla en tierra” han producido una legislación económica y comunal pavorosa. Basta leer las exposiciones de motivos para apreciar el inmenso error y la mala fe con la que se han creado normas ilusas, intervencionistas, punitivas y llenas de nuevas cargas para las empresas que quedan.

El régimen se convirtió en importador y pretendió organizar un festín electoral lleno de regalos. Y nos quedamos sin reservas. Pretendió ser líder continental y regaló el 40% de los ingresos petroleros. Se asoció pero no paga. Destrozó la capacidad gerencial y técnica de Pdvsa, ahora endeudada hasta más allá de los tuétanos, y necesitada de importar gasolina, gas, diesel y electricidad. Y ahora, cuando no hay músculo financiero todo se muestra tal y como es, un monumental fraude que pretende someternos a las vicisitudes del trueque entre los países del Alba.

La escasez es solo una cara de la descomposición económica del socialismo del siglo XXI. Los controles siempre son arbitrarios y de alcance limitado. Donde hay un control hay una oportunidad para la corrupción. Y donde hay corrupción hay una perversión de las prioridades sociales. Donde hay controles hay represión autoritaria y déficit de todo tipo.

La escasez solo provoca más escasez. Allí donde hay controles surge como efecto perverso, pero inevitable. Desaparecen los incentivos para la producción y surgen en su sustitución los incentivos para la corrupción y el fortalecimiento de una clase política llena de privilegios que lo único que le falta es contar ellas con tiendas exclusivas, a imagen y semejanza de Cuba. Y al parecer estamos condenados a la escasez y el racionamiento porque el régimen es incapaz de cambiar el guión. No sabe cómo. No tienen con qué.

VICTOR MALDONADO ― NOTITARDE