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Arrogancia: breve historia. Andrés Volpe

Érase una vez en 1853 un Estado llamado Francia, donde el poder residía en Napoleón III. Napoleón quiso modificar París, la capital de su poder, para hacerla esplendorosa e imponente. Toda modificación y reorganización de París debía ser estéticamente perfecta. Napoleón proponía la máxima expresión del alto modernismo: perfección geométrica, exactitud en mediciones, la arquitectura del poderío del Estado francés.

El baron Haussmann se encargaría de edificar estas múltiples torres de Babel a lo largo de París. No obstante, en la práctica esto implicaba el desalojo de muchos ciudadanos de sus hogares para que estos pudieran ser derribados. La reorganización de París solo pudo ser posible bajo un Estado autoritario y altamente modernista. En los planes de Napoleón III y el barón Haussmann no sólo estaba la preocupación estética, sino la seguridad nacional y el control del poder militar sobre la ciudad. Las calles se hicieron más amplias y fácilmente legibles mediante catastros en los cuales se describía la ciudad en números certeros. La nueva amplitud en las avenidas y calles permitiría el despliegue de tropas con mayor efectividad en caso de algún alzamiento civil. Toda la nueva información estaría en el poder central, haciendo la ciudad y sus habitantes más vulnerables y controlables. París se convertiría en la capital de las técnicas de control estatal bajo un halo de brutal belleza.

Unos años después, nuestro personaje principal, Napoleón III, salió con el rabo entre las piernas luego de perder la guerra franco-prusiana. Sin embargo, París todavía no había terminado de usar su pólvora ni de derramar sangre. Los parisinos opusieron resistencia a la dominación de su ciudad, pero fueron víctimas de la efectividad del diseño urbanístico de Napoleón III y el barón Haussmann. Las amplias avenidas y los detallados mapas de la ciudad sirvieron el propósito de dominación para los cuales estaban diseñados. Así fue como Thiers, miembro del poder ejecutivo del nuevo gobierno, le dio a la Comuna de París de 1871 lo que se conoce como La semaine sanglante (La semana sangrienta). Se estima que murieron entre 10.000 y 50.000 parisinos. Así, la belleza de la nueva París sirvió como instrumento de poder en contra de sus propios habitantes, como lo había soñado el autoritario Napoleón III.

Esta pequeña historia de brutalidad gracias al orden racional de una ciudad, no termina aquí. La perfección de éstas técnicas de poder se hicieron posibles en el alto modernismo soviético para solo terminar en un rotundo fracaso. Richard Stites lo explica con el concepto de “utopismo administrativo”. La tecnología y la planificación racional, cuando es usada por el Estado con arrogancia, lleva a la creencia, entre los gobernantes, de que se puede realizar la utopía comunista o el control total de la sociedad. Cuenta otra corta historia sobre la arrogancia del poder autoritario.

Érase una vez en la Unión Soviética un hombre llamado Stalin. Él y el Comité de Planificación del Estado idearon el primer plan quinquenal (1928-1933), en el cual pensaron organizar la sociedad y dar pasos hacia la colectivización. La agricultura sería el principal objetivo de dicho plan, ya que había que dar pasos de gigante hacia la industrialización. Stalin pensó que la mejor forma de hacerlo era “creando” tierras colectivas donde todos trabajarían en cooperativas con las mismas herramientas sobre la misma tierra. Muchas personas perdieron sus tierras. Todos los campesinos que trabajarían en ellas no podían consumir el grano de su propio trabajo, porque la ley las catalogaba como propiedad socialista. La economía era una máquina bien engrasada donde no había cabida para el individuo, sino para el plan del Comité de Planificación Central.

No obstante, la Unión Soviética y Stalin no tardarían en entender que el comunismo y la destrucción de la propiedad privada no llevaría al “felices para siempre” de la utopía marxista. La colectivización de la agricultura fracasó y hasta 1933 se sufrió una de las peores hambrunas de la historia humana. Se estima que entre 5,5 y 6,5 millones de personas murieron de hambre debido a la arrogancia de la planificación central soviética y del “utopismo administrativo” de un gobierno autoritario.

Finalmente, habría que contar una tercera historia sobre la arrogancia colectivista y autoritaria.

Érase una vez, en un país llamado Venezuela, un presidente llamado Hugo Chávez… pero esta historia todavía no me toca escribirla. Fin.

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