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Asalto a la historia

En el camino hacia un Estado forajido ya no hay estatuas de Colón, sino de Marulanda

Los pueblos que no conocen el pasado están condenados a repetir sus errores”. Otro dijo en contrario que estudiar la historia no sirve para nada porque el hombre es el único animal que inevitablemente tropieza dos veces con la misma piedra. Para Marx los acontecimientos se dan una vez como tragedia y otra como comedia. Olvidaba que todo evento es tragedia o comedia, conforme quien lo cuente. Artífices del derrocamiento de Rómulo Gallegos en 1948 que sobrevivieron, replicaron la hazaña contra Carlos Andrés Pérez en 1993 y se fueron a la tumba con el récord de haber destruido dos democracias y hacer de payasos en dos tragedias. Fueron protagonistas de una terrible infamia y no solo no aprendieron de ella, sino que la calcaron para descalabrar otra generación. La miseria humana, las bajas pasiones, la estupidez política, no pertenecen al “pueblo ignorante” como algunos creen, y el cretinismo ilustrado es mucho más letal.

La historia no es “una cadena de hechos”, sino una narrativa que toda sociedad atesora porque idealiza su devenir, sus mitos, valores, creencias, hazañas de los conductores, sacrificio de los pueblos. Un Miguel Ángel que pueda convertir en carne humana la piedra -aunque según él, su trabajo se limitaba a liberar figuras apresadas en el mármol- no existe en muchos países, pero en todos hubo matanzas, degollamientos y violaciones en masa, genocidios que conmemoran a falta de su Capilla Sixtina. Es millones de veces más fácil destruir una obra de arte que crearla, y matar en una guerra que proteger la vida. Por eso mientras menor es el bagaje cultural de una sociedad, más tiende a idealizar la violencia de su pasado.

Los movimientos totalitarios asaltan la cultura y pretenden cambiar la memoria colectiva retrospectivamente. Para ellos “el capitalismo” es prehistoria de la humanidad, que terminaría con el triunfo del comunismo. Los hombres estaban enajenados por los valores de una clase enemiga y la revolución tenía que rehacer sus mentes. Mao y Guevara querían un “hombre nuevo”, y Nechachev uno tan colectivista que careciera de identidad, individualidad, e incluso de nombre propio, valores de “la prehistoria”. Eric Arthur Blair verdadero autor de la novela 1984 y no el usurpador George Orwell, contaba que Winston se ganaba la vida destruyendo documentos históricos que hablaran mal del partido, para sustituirlos por otros elogiosos. Según demuestra el relato de Carlos Franqui de su experiencia en la Isla Profética, Retrato en familia con Fidel, esto no era una exageración literaria.

Los asesinos de la democracia saltan a la yugular de la cultura pluralista, del bagaje simbólico que cimenta la convivencia y consagra deseable y legítimo que existan intereses diversos. Quieren cambiar los mitos y los valores tradicionales por una cultura “nueva”. El principio es la confrontación. Se decretan fraudulentos los intereses de unos grupos: judíos, empresarios, burgueses, blancos, ricos, intelectuales, extranjeros, universitarios. Embasuran las figuras que edifican la cohesión social. Hitler marcó la generación de políticos moderados, padres de la constitución democrática, como los “traidores de Weimar”, con la tonta ayuda de los comunistas que los llamaban “social traidores”. Un periodista escribió que Lenin se embelesaba con el Louvre y la Appassionata de Beethoven pero hablaba de “SU Appassionata”, “SU Louvre”, señalando con el dedo al interlocutor. Eran maravillas, pero maravillas extrañas, “de ellos”, “del capitalismo”, del pasado, de los enemigos. En la URSS creaban una ciencia proletaria contra la ciencia burguesa.

En el camino hacia un Estado forajido ya no hay estatuas de Colón, sino de Marulanda, la burguesía mató al antiimperialista Simón Bolívar y Páez es un traidor. En vez de La Paz tenemos una avenida denominada Teherán y una montaña que ya, según ellos, no es El Ávila. No se sabe si por ignorancia o cinismo, líderes políticos hablan de “no volver al pasado” aludiendo los cuarenta años de democracia, única etapa civilizada en la vida del país. Y jóvenes lo repiten como androides pese a tener ante sí un triste hoy y un futuro borroso. Contra natura, nuestro pasado fue mejor que el presente. Pero si los tontos útiles nos desarmaron culturalmente, es encomiable que varios creadores venezolanos, coordinados por la artista Mariana Zapata, hayan querido recuperar en un acto el 2 de noviembre, la memoria de nuestros demócratas muertos, perseguidos por el olvido del régimen.

La ignorancia de la historia no excusa su cumplimiento.

@carlosraulher

El Universal

Sábado 5 de noviembre de 2011