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Balas de papel

31/01/10

El rumor gana en sensacionalismo lo que pierde en veracidad. J.A.C. Brown

Por: Víctor Maldonado

Una de mis alumnas no se aguantó y gritó con toda la fuerza de su garganta: ¡Tiene que ser verdad! ¡Yo necesito que sea verdad! ¡Esta es una situación intolerable! Se refería, por supuesto a la ensoñación que habían desembocado los rumores sobre lo fácil que podría ser un cambio de gobierno. Una crisis desencadenada y resuelta entre cuatro paredes. Tan sencillo como eso. Todo el país psicológicamente dispuesto a comprar sin ningún tipo de escrúpulos la falsa noticia supuestamente confirmada. Redes sociales conmovidas y congestionadas. Llamadas telefónicas y desplazamientos nerviosos hacia las casas de habitación, y muy probablemente las televisoras conectadas en los canales de noticias, hicieron concluir muy tarde en la noche que los rumores eran absolutamente falsos.

Hay razones psicológicas profundas para explicar la aceptación incondicional de los rumores que se propagan en tiempos críticos. Pueden ser una proyección de nuestros propios impulsos “sádicos” o una forma de llenar los espacios vacíos de información desde nuestros propios estados de ánimo y de cómo valoremos la situación. En cualquier caso operan como fantasías primitivas que determinan cuanta agresividad reprimida puede haber en un colectivo en un momento determinado. Es por eso que los chismorreos digitales no narraban ni racionalidad ni arreglos por consensos. Al contrario, mostraban los deseos colectivos de una solución de telenovela mexicana, donde otros asumían por cuenta de todos, la acción supuestamente heroica de dar por concluido el desastroso experimento del socialismo del siglo XXI.

Pero afortunadamente amaneció, y todo continúo igual. Sigue el deterioro irreversible de la legitimidad del gobierno, así como el creciente descontento y por ahora el rechazo irreductible de la sociedad democrática a la monstruosa violación de las libertades y derechos ciudadanos. Avanza la indignación y la vergöenza por la demolición del futuro que mediante la devaluación y el colapso de los servicios públicos produce la gestión marxista del presidente Chávez. Y por supuesto, se mantiene en pié el desorden provocado por la impericia y la confusión de un gabinete ejecutivo en donde ninguno de sus integrantes tiene otro mérito que la lealtad al proceso, condición que no sirve de nada a la hora de resolver problemas y tomar decisiones acertadas. Por lo visto, el síncope viene, y viene arrecho.
Felizmente nadie nos va a hacer el favor de deshacerse de este gobierno. Que se consuma en el caldo espeso de sus errores. Que su imagen se diluya en la decepción nacional. Y que la sociedad democrática no pierda la oportunidad de construir una alternativa total y absolutamente diferente a la que nos asegura la ruina social y la guerra civil. Nuestra opción debe estar llena de respeto, tolerancia, inclusión y eficiencia. Nuestra invitación al resto del país debe llenar de esperanza y de optimismo a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Y nuestro compromiso más firme a renunciar al mesianismo militar que solo produce este tipo de tiranías incompetentes e improductivas cuyos únicos resultados son la opresión, la escasez, la inflación y el odio.

Para acabar con el régimen sobran los ensueños. El gobierno está entrampado en las arenas movedizas de la realidad. Una foto es mejor que mil chismes. Y la que cierra el mes de enero encierra más de una verdad pero también más de un desencanto. El guardia de espaldas, mirando fijamente a jóvenes desarmados, quienes sentados en el piso muestran sus manos y piden respeto. La respuesta es una amenaza que crispa cada una de nuestras fibras morales. El guardia nacional con un descaro impúdico e impropio, bambolea una garra de hierro que esgrime como la única razón de nuestras desgracias. No hacen falta más rumores, porque en esa foto están todas las verdades que necesitamos para entender la vieja lógica criminal del socialismo real: o aceptas, o mueres. No es un rumor más. Es evidencia concreta de que la libertad está herida, más bien, desgarrada por el acero infame de la tiranía.

Para acabar con el régimen hacen falta más balas de papel y menos garras de acero. La mejor arma es la convicción, la primacía de los principios, la propia dignidad y el coraje. Y mucha tenacidad y persistencia. Que no sean ellos los que resistan más. Que no seamos nosotros los que nos cansemos primero.

victormaldonadoc@gmail.com

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