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Banalidad. Andrés Volpe

El chavismo para sobrevivir tiene que desaparecer del presente

Si la Revolución Francesa tuviera que
repetirse eternamente,
la historiografía francesa estaría menos
orgullosa de Robespierre.
Pero dado que habla de algo que ya
no volverá a ocurrir,
los años sangrientos se convierten
en meras palabras,
en teorías, en discusiones,
se vuelven más ligeros que una pluma,
no dan miedo.

Milan Kundera.

Hannah Arendt viajó a Jerusalén en 1961 para presenciar el juicio contra Adolfo Eichmann. Para sorpresa de Arendt, Eich-mann -encargado de la logística y transporte de los judíos a los campos de concentración durante el nazismo- resultó ser un hombre de ideas comunes, poco inteligente y de fácil sumisión. Ella percibe que Eichmann sin duda no se adaptaba a la imagen del monstruo, sino ciertamente más a la de un payaso. Allí ella entendió la banalidad del mal: el fracaso de la razón contra sí misma.

Eichmann, en una de sus declaraciones, establece que siempre se rigió por el imperativo categórico kantiano. Las tres máximas kantianas plantean que todas nuestras acciones deben ser realizadas pensando que puedan convertirse en ley universal, la humanidad siempre debe ser usada y pensada como un fin en sí mismo y no como un medio, y la necesidad de obrar como si se fuese un miembro legislador de un reino universal de los fines.

Arendt escribe que había un error en la concepción de Eichmann sobre el imperativo categórico. Él, según la escritora judía, intentó seguir el espíritu del legislador universal, de modo que sus acciones fueran aprobadas por este. El problema consistía en que para el oficial nazi el legislador no era el “Yo” moral que reside en cada individuo, sino el líder supremo, Adolfo Hitler. Por ende, el funcionario obraba siempre en función de su máxima universal: la orden del líder supremo. De este modo, la razón y la capacidad de pensar sufre un revés y se vuelve contra sí misma, creando algo más terrorífico que un monstruo: un idiota.

Eichmann fue sentenciado a muerte y colgado en 1962 por tribunales israelíes. Sin embargo, pese su desaparición, junto a la de Goebbles, Himm-ler y Hitler, todo seguía igual. Los campos de concentración y los millones de muertes no se diluyeron entre las cenizas de sus cuerpos, sino que se perpetuaron en quienes continuaron viviendo, porque la muerte de los culpables no substituye la justicia.

En Venezuela falleció el Presidente, pero este hecho no puso término a los dolores. Siendo él una figura controversial, despierta pasiones entre seguidores y opositores, y deja un sinsabor que se asemeja a aquel experimentado por Hannah Arendt. La muerte, un hecho común a todos los seres humanos, ha destruido la imagen del líder invencible para transformarlo en un hombre de carne y hueso.

Así llegó el fin, anunciando que todo seguirá igual. Inmediatamente vemos cómo el mundo que nos rodea no se moldea a los acontecimientos, porque los problemas endémicos que aquejan al venezolano no se fueron con el Presidente difunto, sino siguen presentes. De alguna manera, la partida del líder solo ha servido para terminar la ilusión del monstruo que trae consigo todos los males y abrir los ojos a la realidad. El Presidente fallecido fue solo la versión moderna de los demagogos recurrentes de nuestra historia.

Ahora vemos con asombro el chavismo y su banalidad. Eichmann es encarnado en un sucesor que despierta, con su poca inteligencia, la sorpresa de las víctimas. No estamos en presencia de un fenómeno inteligente y calculador, sino de algo más terrorífico: el hombre que ha renunciado a su capacidad de pensar y se limita a imitar y repetir.

Durante muchos años el chavismo se ha esforzado en condenar al hombre que piensa, al disidente, a todo el que se atreve a usar la razón para ser libre. Así lo vemos en los actuales líderes del movimiento que ha quedado acéfalo: son repetidores.

La repetición llevará a exponer lo banal del chavismo, porque de repetirse incansablemente perderá su halo de nostalgia y de reivindicación. Adaptando lo que anuncia Milan Kundera sobre la revolución francesa: el chavismo, de repetirse incansablemente, será menos una causa de orgullo y más una cuestión de vergüenza nacional. Así lo vemos en Cuba, donde la revolución ya no es romántica, sino una desgracia. El chavismo para sobrevivir tiene que desaparecer del presente.

La realidad nos muestra una imagen terrible. Estamos ante la banalidad del mal al tener una especie de réplica de Eichmann en Miraflores, pero sin la posibilidad de hacer justicia.

cedice@cedice.org.ve @cedice