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Camaradas ¿cómo se llena un vacío? Víctor Maldonado

“Lloraba. Los grandes ojos de Bujarín repletos de lágrimas. Vladimir Ilich los había dejado aquel 21 de enero de 1924. Y Iosif bajó la cabeza, Iosif Vissarianovich, mejor conocido por Stalin, acero, así se templó el acero, bajó la cabeza por última vez hasta el sol de hoy y dijo: Camaradas, ¿cómo se llena un vacío?”.

Pio Miranda, ese fatal personaje de la obra de Cabrujas, narraba así cómo había sido reportado al alto mando del partido la debacle vital del padre fundador de la Unión Soviética. Lágrimas y cálculos arteros llenaban esa sala. Todo estaba perfectamente calculado como la puesta en escena de una obra de ballet clásico. Stalin sabía que no era el más querido. Él no era el legado de Lenin sino su angustia más vital. Sabía que se le consideraba la exacerbación de la brusquedad, y que tal vez el único acuerdo del resto de sus compañeros era precisamente la búsqueda urgente de algún otro que le hiciera contraste, más tolerante, leal, correcto y menos caprichoso. Pero era tarde. Uno a uno todos ellos fueron confiando primero y desapareciendo después de la escena. El tirano agazapado no respetó ni duelos ni lutos para iniciar el exterminio de sus adversarios que comenzó desde el mismo momento del funeral. La saña arrancó con Trotsky pero pocos años después el panorama político era de control total y tierra arrasada. Pío Miranda no exageraba al decir que “el camarada Stalin tenía, para la época, una visión total del planeta”. Así lo creían con una fe indeclinable. No había sobrevivido ninguno de los que hubiera dudado. La receta de Stalin era brutal. Los vacíos se llenan con poder. O si se quiere, el poder es una capacidad que le permite, al que lo ostenta, llenar vacíos de cualquier tipo. Lenin murió consciente de que dejaba una herencia dirigencial tóxica, pero desde su lecho de enfermo no tenía sino una muy menguada capacidad de disposición. No podía por lo tanto contrarrestar la celada que le había montado el que por razones de su cargo podía esconder sus correspondencias y exhortos al Comité Central del Partido. Stalin era su secretario general, que para la época era un cargo de poca monta, el archivero del partido decían con sorna el resto. Pero el archivero hiló desde allí todo ese caudal de relaciones y lealtades que luego, en el momento apropiado, le permitió aislar a Lenin y desbancar al resto.

Los vacíos también se llenan de mentiras y de silencios que se administran con el fin de dinamitar cualquier certeza posible, exacerbar las conjeturas y distraer al común de sus verdaderas aflicciones. La falta de datos es un incentivo que remueve los instintos más primitivos del ser humano. Allí donde no hay una explicación racional se elabora un mito. Los vacíos son inmensos laboratorios para saber qué es lo que quiere la gente y lo que no quiere. No quieren, por ejemplo, un mundo caótico e inescrutable porque les resulta intolerable. Tampoco quieren algunas verdades porque les parecen terribles. En estos casos prefieren la “mentira piadosa” antes que encarar cualquier signo que nos demuestre la condena fatal a terminar en la nada. Preferimos ir al cielo que extinguirnos entre el olvido y el silencio. Y los comunistas que no creen en lo trascendente, atajan la muerte momificando a sus ídolos. Lenin y Stalin terminaron siendo por un tiempo compañeros inertes, expuestos a la veneración pero también al peligro de terminar desterrados de sus propios mausoleos gracias a los giros propios de la historia.
Nietzsche fue el que dijo que el hombre es capaz de soportarlo todo siempre que encuentre un por qué. Por eso mismo estamos permanentemente ocupados en encontrar un por qué invulnerable. Tal vez ese afán nos obligue a enfocarnos en los hechos y dejar para después el plano de las hipótesis. No sabemos por qué se fue Chávez, ni en qué condiciones se encuentra. Por lo pronto aquí también debe haber más de uno llorando y calculando. Sabemos lo que no sabemos, y a cambio tenemos todo lo que necesitamos para intentar hilar la trama de lo que es importante, a saber: que tenemos una economía inviable. Que hacen falta mucho más esfuerzos para garantizar la seguridad ciudadana. Que más temprano que tarde necesitaremos una unidad compacta de la alternativa democrática. Y que por ahora, la lucha continúa con una sola certeza: Hay que seguir votando, sin importar cuáles sean los resultados que presintamos.