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Cambio de control. Andrés Guevara B.

Cadivi, Sitme, Sicad. A simple vista parecerían las siglas de unos escuadrones policiales. Sin embargo, transcurrida una década de control de cambios, estas palabras constituyen la cara visible de una política gubernamental cuyo objeto principal ha sido la centralización de la compra-venta de divisas por parte del Estado venezolano.

Entre la gama de decisiones tomadas por el gobierno socialista, tal vez el control de cambios represente una de las políticas menos acertadas para el desarrollo de Venezuela. El control de cambios ha fomentado la corrupción y la fuga de capitales, males que presuntamente combatiría. No pocas personas han generado considerables fortunas aprovechándose de un mercado negro de divisas cuyas consecuencias padecen los ciudadanos.

Existe, sin embargo, un derecho mucho más importante que se afecta con el control de cambios: la propiedad. Desde el mismo momento en que el Estado discrecionalmente limita, controla y administra –so pena de sanciones penales– cualquier moneda extranjera en el territorio de la república, a los venezolanos se les conculca el libre uso, disposición y goce de sus divisas, sin importar que estas se hayan obtenido por medios honrados, basados en el esfuerzo, en la gesta heroica del ahorro en medio de la inflación, en la proyección de planes futuros. En este contexto, es bueno enfatizar que sin propiedad no hay libertad.

En tanto cuanto el Banco Central de Venezuela tenga un poder omnímodo sobre la compra-venta de divisas en el país, los males creados por el control de cambios no solo se profundizarán sino que repercutirán en la calidad de vida de los ciudadanos. Recordemos que Venezuela es un país cuyos bienes y servicios dependen en forma considerable de las importaciones, y estas, nos guste o no, se realizan con monedas extranjeras.

Mientras exista una tasa de cambio oficial –menor al valor de la tasa de mercado– para la obtención de divisas preferenciales, cuyo acceso esté resguardado a un puñado de elegidos seleccionados discrecionalmente por el gobierno, las distorsiones del sistema cambiario se mantendrán. No importa el color del gobierno de turno ni los intereses loables de quienes otorgan divisas para presuntos sectores prioritarios. En un sistema basado en la corrupción y el estatismo, las divisas solicitadas para la compra de antibióticos terminan en cajas de buen escocés.

El control de cambios debe eliminarse. Sin medias tintas, Venezuela debe acceder hacia un sistema de libre convertibilidad en el cual la moneda de curso legal en el país (actualmente el Bolívar) pueda cambiarse por cualquier divisa extranjera (dólar estadounidense, euro, real brasileño, peso argentino, franco suizo) sin que exista la obligación de centralizar dicha operación a través del banco central o cualquier otra institución que el gobierno cree para tal fin.

Los políticos que promuevan el control de cambios deben observarse con cautela. Sea por ignorancia o por pícara astucia, buscan mantener con vida a una suerte de Jano, que representa un botín cuantioso para sus arcas pero mayor miseria para los bolsillos de los ciudadanos.

ANDRÉS GUEVARA B. ― EL UNIVERSAL

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