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Camino de servidumbre venezolano. Carlos Ball

A fines de abril me invitaron a participar en una conferencia en Nueva Orleáns sobre el Estado de Derecho, donde traté de explicar a una audiencia estadounidense la triste historia contemporánea de Venezuela. Esa nación que en los años cincuenta tenía un nivel de vida más alto que España e Italia—atrayendo a cientos de miles de inmigrantes—, hoy es un país de emigrantes que compite en pobreza y desempleo con Cuba y Haití. ¿Qué pasó?

Leyendo los papeles de mi fallecido hermano Luis Henrique, encontré una historia fascinante que me hizo comprender mejor el “camino de servidumbre” por el que avanza Venezuela. Mi hermano, quien era 9 años mayor que yo, relata su visita a nuestra madre en la clínica, en 1939, cuando yo nací. Cuenta que al entrar al hospital saludó a una muchacha con su recién nacido en los brazos. La reconoció como trabajadora de la fábrica de nuestro padre y me enteré que, en aquellos tiempos, esa empresa pagaba el 95% de los gastos médicos de todos sus trabajadores, quienes recibían atención médica en la Policlínica Caracas, el mejor hospital privado del país.

Fue después de la Segunda Guerra que por presiones del Departamento de Estado se creó en Venezuela el Instituto de Seguros Sociales para socializar la medicina y centralizar las pensiones. Entonces, la ONU recomendó al médico chileno Salvador Allende para asesorar en la creación del instituto. Los impuestos a las nóminas de sueldos pronto eliminaron todos los programas privados de atención médica y sólo aquellos con altos ingresos pudieron desde entonces tener acceso a clínicas privadas.

Venezuela fue un país agrícola y pobre hasta los años treinta, cuando el auge petrolero lo convirtió en una de las economías de más rápido crecimiento. Un ingrediente importante de esa prosperidad fue la fijación del valor del bolívar en un gramo de oro desde 1879 y cuando se fundó el Banco Central, en 1940, se tuvo el cuidado de crearlo fuera del alcance de los políticos. Así, la inflación venezolana durante los años cincuenta, nuestra edad de oro, fue de menos de 1% anual, inferior a la de Estados Unidos.

Baja inflación es evidencia de respeto por los derechos de propiedad. Los políticos latinoamericanos saben que la inflación es la manera fácil de robar, perjudicando especialmente a los más pobres, quienes casi todo lo tienen en efectivo y en cuentas de ahorro, no en inversiones ni propiedades. Por ejemplo, el gobierno argentino le borró 17 ceros a su moneda entre 1971 y 1991.

La primera constitución venezolana de 1811 se parecía a la de Estados Unidos, protegiendo a los ciudadanos de sus gobernantes, en lugar exhortar a los políticos a alcanzar la utopía socialista. Veinticinco constituciones más tarde, la “bolivariana” de Hugo Chávez arruina a cualquier gobierno que intente cumplirla.

Otro factor histórico importante es que en Venezuela heredamos la ley española donde el subsuelo es propiedad del rey. Esa misma ley le permitió al general Lázaro Cárdenas expropiar en México las concesiones petroleras en 1938, por lo que las grandes petroleras se mudaron a Venezuela.

Pero nuestros gobiernos democráticos copiaron todo lo malo del PRI mexicano: en 1960 el ministro de Energía y Minas fundó la OPEP y, al año siguiente, el presidente Betancourt anunció el fin de las concesiones, lo cual causó la primera devaluación del bolívar del siglo XX.

La participación venezolana en el comercio petrolero internacional cayó de 60% a fines de los años cincuenta a 3% hoy. La politización del Banco Central bajo la presidencia de Carlos Andrés Pérez condujo a frecuentes devaluaciones, significando una pérdida de 53.000% del valor del bolívar frente al dólar, más aún en el mercado negro surgido recientemente por el nuevo control de cambios. Desde 1969 se politizó también el sistema judicial, hasta el punto que los juicios los ganan quienes gozan de contactos políticos o suficiente dinero para comprar al juez, mientras los pobres se pudren en las cárceles.

Hoy, el presidente de PDVSA—la petrolera estatal—es Alí Rodríguez, el terrorista que en los años sesenta dinamitaba los oleoductos. Luego de despedir a 18 mil empleados, cuenta con el apoyo logístico y técnico de ExxonMobil y de Shell para volver a operar los pozos y las refinerías tras la huelga de dos meses. Lenin nos advirtió que los capitalistas siempre están dispuestos a vender la soga utilizada para ahorcarlos.

Chávez es la conclusión del camino al socialismo por el que Venezuela avanzó durante más de cuatro décadas: politización de la justicia, educación pública como órgano de propaganda política, inflación, controles de precios, de cambios y demás violaciones de los derechos de propiedad, en supuesta búsqueda de “justicia social.” Hoy Chávez redistribuye la pobreza.

CARLOS BALL | AIPE