Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Capriles y los apaciguadores. Rafael E. Rincón

En 2005, el ex presidente checo Václav Havel reprochó a la Unión Europea la promesa pública hecha a la dictadura cubana de confeccionar, a gusto de La Habana, las listas de invitados a las actividades de sus legaciones en la isla. El propósito era complacer al régimen con un apartheiddiplomático contra los disidentes. Así fue la genuflexión de un coloso cultural, económico y político ante las barbas de un pequeño tirano latinoamericano. Para Havel, cuyo país orientó su política hacia Cuba con dignidad, el que la UE “bailara al son de Fidel” era la mejor manera de traicionar sus propios ideales de libertad y derechos humanos.

En 2009, volvió a cargar contra la sospechosa tolerancia europea hacia regímenes oprobiosos: “Europa sabe qué catástrofes pueden resultar cuando se le hace una concesión al diablo”. Durante el siglo XX, las concesiones dictadas por intereses económicos y “la ilusión de que al diablo se lo puede apaciguar” cobraron carísimo a Europa, una y otra vez. Se me antoja que Havel pensó en dos nombres de muy feo registro en la historia: Neville Chamberlain y Édouard Daladier, artífices de los Acuerdos de München (Mnichovská dohoda, 1938) que entregaron la cabeza de los checoslovacos a Hitler. Winston Churchill dijo entonces: “Se les dio a elegir entre la guerra y el deshonor. Optaron por el deshonor y tendrán guerra”. Y como no era tonto ni cobarde, sabía que desmembrar a Checoslovaquia bajo las presiones inglesa y francesa equivalía a la capitulación de las democracias occidentales ante el totalitarismo fascista, poniendo en peligro la libertad de todos los estados. No se equivocó.

En América Latina no reencarnó Churchill (ni Thatcher, ni Reagan) sino Chamberlain y Daladier. Y gran parte de su territorio está política y culturalmente gobernado por un socialismo irremediablemente tercermundista, de escuela galeana y muy de “venas abiertas”.

Salvando las distancias circunstanciales e históricas, la política exterior chilena en materia de defensa de la libertad recuerda, precisamente, a los ilusos apaciguadores mencionados. Y tiene bastante de la peligrosa conducta denunciada por Havel. Se nota en su nítida debilidad hacia el chavismo venezolano – que exporta hacia toda la región su odio sulfúreo por los derechos políticos y económicos de las personas – y en las esquivas actitudes hacia una oposición que ha vivido en condiciones que nadie hubiera tolerado en Chile.

Durante el periodo de Lagos, hubo algunos hechos favorables hacia los demócratas venezolanos. De la administración Bachelet nada podía esperarse, salvo carantoñas al chavismo, pese a que muchos exiliados, cuando lo necesitaron, encontraron refugio en Venezuela gracias a quienes hoy piden ayuda de vuelta. La ex mandataria también rechazó reunirse con la sufrida disidencia cubana. Era mucho menos emocionante que fotografiarse, representando a todos los chilenos, con Fidel Castro como lo hacen los pequeños en Disneyland junto a Mickey Mouse.

El gobierno actual podría lucir una postura resuelta y honorable, justamente por estar en las antípodas políticas del chavismo y por la oportunidad de destacar en la región con una imagen ejemplar. Pero ha revelado un miedo paralizante. El Canciller, se dice, ha estado muy incómodo por la visita de Henrique Capriles y el presidente no lo recibió en La Moneda, sino fuera. Fuentes diplomáticas – reportó la prensa – recordaron un “pacto de no agresión” con Venezuela desde 2010 y un diplomático, de identidad reservada, parecía horrorizado porque “la réplica de Maduro podría ser muy fuerte”.

Finalmente, Capriles logró con éxito lo que pudo y tuvo su encuentro “prudente” con Sebastián Piñera, además de mucha cobertura en los medios. Quiso reunirse con la candidata de la izquierda Michele Bachelet, pero su convicción y solidaridad socialistas son tan fuertes como la del hermano Partido Comunista. Eso sí, contó Capriles con la efusiva bienvenida de una delegación de la izquierda chilena que, muy en su estilo, similar al de las hordas nacionalsocialistas, dio su mensaje: golpes, patadas, insultos, huevos y escupitajos.

Los únicos atentos y firmes junto a los venezolanos de bien han sido algunos valientes y decididos políticos democratacristianos y de la Alianza: Mónica Zalaquett, Eduardo Frei, Jovino Novoa, Juan Carlos Latorre, José Manuel Edwards y Andrés Zaldívar, por mencionar unos pocos.

Políticos y diplomáticos, con inquietante frecuencia, confunden el pragmatismo con la renuncia a los principios. Esto para satisfacer intereses de corto plazo. Ignoran que los intereses y los objetivos estratégicos más importantes para la prosperidad y el progreso dependen, justamente, de que los ideales de libertad política y económica se materialicen y se mantengan saludables; que la sociedad libre impere en todas partes. Hoy, en América Latina, el avance político y cultural de la izquierda hostil a la democracia, como lo fueron el del comunismo y el del fascismo, ha sido posible gracias a la flaqueza de algunos socialdemócratas, liberales y conservadores – o demócratas en general – con poder de decisión, pero mal informados y peor formados.

Ya nos dieron a elegir entre encarar el dominio regional de la infamia y del subdesarrollo y el deshonor. Capitular cobardemente no es una opción.

Rafael Rincón – Urdaneta Zerpa

Fundación para el Progreso