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Carlos Sabino: “Acá hay una obsesión por volver sobre el pasado”

Entrevista publicada en Diario Perfil. Argentina

el observador

Este doctor en Ciencias Sociales argentino realiza una autocrítica de la militancia de izquierda en los 70 y cuestiona al gobierno actual por las consecuencias negativas de abrir viejas heridas. Critica el retroceso de las ideas liberales en América latina y el creciente liderazgo de Hugo Chávez en la región.

Por: GABRIEL C. SALVIA*
2007-08-19 06:15:32

—¿Cómo surgió la idea de escribir el libro “Todos nos equivocamos”?
—Fue hace muchos años, en 1983 exactamente, cuando estaba en España, en un año sabático que me concedió la Universidad Central de Venezuela. En octubre Alfonsín ganó las elecciones y, claro, me volvieron a la mente muchos recuerdos de los tiempos en que había vivido en la Argentina. Sentía el mismo optimismo que se vivía en el país en esos momentos y pensé que se cerraba por fin un ciclo terrible de violencia, que se abría un nuevo horizonte para los argentinos. Terminaba –tal vez– una época de largos enfrentamientos políticos y armados, donde habían predominado la más áspera intolerancia y el deseo de aniquilar al adversario, donde cada bando se proclamaba portador de la verdad más absoluta. Entonces, quedó claro para mí que todos nos habíamos equivocado, que no era de ese modo como podría hacerse algo constructivo por el país. Quería aportar mi experiencia a esa nueva Argentina, más democrática y libre, que parecía estar emergiendo, y se me ocurrió la idea de aportar también mi testimonio, la forma en que había asumido y descartado, sucesivamente, diversas alternativas de pensamiento político y filosófico, la forma en que había militado y luchado por ideas que, en muchas ocasiones, luego encontré profundamente equivocadas.
Pero, claro, no me dediqué a esa tarea de inmediato sino que dejé pasar el tiempo, hasta que, lentamente, le fui dando forma a la idea del libro que finalmente escribí: algo que no fuera una biografía en un sentido estricto, sino que más bien se concentrase en los problemas ideológicos y políticos, pero no por eso un estudio sociológico ni una historia con pretensiones de objetividad. Porque quería, ante todo, exponer mi vivencia subjetiva, mi evolución personal y las razones que me hicieron cambiar hacia distintas posiciones.
Fue mucho después, hacia el año 2000, que pude emprender ese difícil y complejo trabajo, que implica bucear en las profundidades de los recuerdos, examinarse a uno mismo y a su época en una introspección que resultaba a veces dolorosa. Por eso Todos nos equivocamos es el libro que más me ha costado escribir, porque para hacerlo tuve que enfrentarme al pasado, a los errores cometidos, a los recuerdos a veces gratos pero en ocasiones, sin duda, también perturbadores o dolorosos.
—¿Qué balance podría hacer de la etapa política en la cual le tocó participar en la Argentina?
—Fueron tiempos de incomprensión, de dureza en las posiciones políticas, donde cada bando pensaba que la solución era eliminar directamente al adversario, que se convertía así en el enemigo a combatir por cualquier medio posible. No había la madurez política para intentar fórmulas de compromiso y –hay que reconocerlo– la izquierda revolucionaria, dentro y fuera del peronismo, se creía la abanderada de una revolución que todo lo justificaba, en nombre de la cual se podía cometer cualquier clase de abusos y de actos brutales. Al comienzo la represión contra la izquierda no era tan dura como se la suele presentar ahora, no en los años sesenta seguramente, aunque el crecimiento de las organizaciones armadas disparó un ciclo de violencia que, al final, las destruyó e hizo que sus enemigos apelaran también a los actos más terribles. Pienso que la Argentina no ha sacado las lecciones que surgen de aquel período trágico. Si bien hoy se recusa la violencia, y eso es un avance que no se puede discutir, continúa en el país un ambiente de retaliación, de venganza, que en nada puede contribuir a cerrar las ideas del pasado. Se construye el mito del guerrillero bueno, idealista, y del represor brutal y despiadado. Pero yo me pregunto: ¿eran más idealistas las balas y las bombas de la guerrilla que los calabozos y los instrumentos de tortura de sus oponentes? Para mí la paz, una paz verdadera, tiene que basarse ante todo en la verdad, no en los mitos justificatorios construidos por uno de los bandos, y debiera también aceptar que no se puede perseguir a unos sí a otros no; que muchas veces es preferible olvidar y no remover hasta el fondo los sucesos del pasado si se quiere avanzar hasta el futuro, o al menos que hay que hacerlo con cierto distanciamiento, no guiados por el rencor o el deseo de venganza.
—¿De qué modo lo marcó su experiencia en el Chile de Salvador Allende?
—En el fondo, como tantos otros, me ilusioné: pensé que se podría construir el socialismo en un clima abierto y democrático y comprobé, al poco tiempo, que no era así, que el socialismo implicaba una forma esencial de violencia, porque se basaba en la expropiación, en la imposición de una dirección centralizada para toda la sociedad que anulaba la iniciativa de los individuos e irrespetaba sus libertades. Pero lo primero, antes de sacar esta conclusión, fue que percibí la miseria económica a la que llevaba la economía estatizada, la tuve que vivir en carne propia. Una buena receta que deberían seguir algunos que hablan, sin haberlo vivido, de las tarjetas de racionamiento y las privaciones de los cubanos, por ejemplo, y las justifican en nombre de la revolución. En Chile noté cómo la vida se iba empobreciendo, cómo el sistema político se iba haciendo cada vez más opresivo y, por eso, me decidí a partir.
—¿Por qué motivo piensa que algunas personas, entre ellos muchos dirigentes políticos argentinos que hoy participan en la vida pública, no han hecho una autocrítica de su rol en los 70?
—Bueno, aceptar el error propio siempre es difícil, porque de algún modo puede afectar la autoestima, hacer sentirse débil a quien examina su pasado. Y esto es más duro aún para quien está en la política: por el hecho mismo de buscar el poder la gente, los políticos, tratan de construir a su alrededor un aura de infalibilidad, y se convencen de que están siempre en lo cierto. Lo malo es que, entonces, algunos líderes se aferran así a ideas completamente superadas, a actitudes y propuestas que se han demostrado como erróneas, y arrastran de ese modo a muchos seguidores que no están en condiciones de descubrir esas equivocaciones, o que lo pueden hacer, como yo mismo, sólo después de un largo proceso de análisis y de reflexión.
—¿Qué es lo que más le preocupa de la política argentina de hoy?
—Me preocupan muchas cosas, claro. Una de ellas es esa obsesión por volver sobre el pasado, abrir viejas heridas en un proceso que puede tener consecuencias más negativas de lo que se piensa, como decía hace un momento. Pero lo que más me desagrada es el personalismo, esa manera de seguir al líder, esa prepotencia que se observa siempre en los que llegan a tener el poder: se creen como dioses que pueden decidir el destino de los demás, como si tuvieran algún derecho que los demás no poseen. La Argentina es tierra de caudillos, lo ha sido casi desde la independencia, y me duele que no pueda librarse de ese mal. Las leyes son complicadas y absurdas, hay demasiadas, y cuando se las examina bien se encuentra que sólo se han promulgado para favorecer a ciertos intereses particulares o para ensanchar el poder del Estado por sobre los individuos. Me preocupa, además, la falta de alternativas claras en lo ideológico y el modo en que nadie, o casi nadie, se opone al Estado todopoderoso que nos ha estado estrangulando desde hace casi un siglo.
—¿Cómo explica que un militar como Hugo Chávez logró llegar al poder en Venezuela, consolidarse, influir regionalmente y convertirse en un nuevo referente de la izquierda latinoamericana?
—Son varias las razones, por cierto, pero la principal es la inmadurez que mostró en un momento el electorado venezolano. La gente, harta de la corrupción, hizo ganar a Chávez en las elecciones de 1998 y dejó que luego, en 1999, el teniente coronel se hiciese con un poder prácticamente absoluto gracias a la nueva constitución que promulgó y que el electorado aceptó con bastante pasividad. Hubo siempre oposición, claro está, pero al principio fuimos pocos los que comprendimos las tendencias totalitarias que tenía el nuevo caudillo. Después del fracaso de 2002 Chávez avanzó despiadadamente para consolidarse en el poder y lo hizo con una mezcla de astucia y autoritarismo que desarmó a una oposición que siempre confió en que se respetarían las reglas del juego. Chávez, sin embargo, las fue cambiando poco a poco. Un punto importante fue que, ante una oposición que no tenía más recursos que los electorales, Chávez logró dominar el Consejo Supremo Electoral. Otros puntos también deben destacarse: buena parte de sus opositores tiene ideas socialistas moderadas y, por eso, no tiene argumentos sólidos para enfrentarse a un populista como Chávez, que reparte gran cantidad de dádivas desde el poder. Claro está, lo hace porque tiene dinero, mucho dinero, gracias a que controla la industria petrolera estatal y los precios del petróleo están altos, al menos desde hace cuatro o cinco años. Con ese dinero Chávez compra voluntades, en Venezuela y en el extranjero, porque la gente está ansiosa de que les resuelva sus problemas y lo acoge como a una especie de hombre providencial, de salvador.
—¿De qué modo evalúa los importantes retrocesos para las ideas liberales que se produjeron en la región desde la publicación de “El fracaso del intervencionismo: apertura y libre mercado en América Latina” hasta hoy?
—Ha habido ciertamente un retroceso, e importante sin duda. Ya en ese libro me empeñé en destacar que las reformas que se habían hecho en los ochenta y los noventa no eran verdaderamente estructurales y que, ante todo, se habían realizado como paliativos ante la situación de crisis que se vivió a partir de 1982. De allí en adelante lo que se hizo fue muy poco y, al contrario, comenzaron a emerger líderes populistas que ahora están en control de varios países. Creo que, sin embargo, sus políticas no conducirán a ninguna parte y que por desgracia llegará una crisis seria a todos estos países donde se ensayan de vuelta las políticas intervencionistas que fracasaron ya tan claramente en el pasado.

*www.cadal.org

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CURRÍCULUM VITAE

  • Carlos Sabino nació en Buenos Aires, en julio de 1944. Es sociólogo recibido en la Universidad de Buenos Aires y doctor en Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela.
  • En 1971 se instaló en Chile para participar de la experiencia de gestión socialista de Salvador Allende. En ese país realizó una especialización docente en metodología de investigación.
  • Se ha desempeñado como profesor visitante en el Center for Study of Public Choice de la George Mason University, en Estados Unidos.
  • Es profesor en la Universidad Francisco Marroquín, en Guatemala y es miembro del Center of Global Prosperity.
  • Ha publicado varios libros, Todos nos equivocamos y El fracaso del intervencionismo: apertura y libre mercado en América Latina, entre otros.

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