Xavier Reyes Matheus se lamenta y advierte de que, cuarenta años después, Del buen salvaje al buen revolucionariosigue vigente.

Es un libro que tiene la gran virtud de enseñar a pensar, a desarrollar el pensamiento crítico; a pensar por uno mismo y no en función de consignas grandilocuentes”. Al habla Xavier Reyes Matheus en LD Libros y a cuenta del seminal Del buen salvaje al buen revolucionario, de cuya primera edición se cumplen en este 2016 cuarenta años.

Yo, que estoy a punto de cumplirlos, lo descubrí gracias a ese otro clásico de la divulgación liberal que lleva por memorable título Manual del perfecto idiota latinoamericano… y español. Xavier, que es de una quinta vecina, ya lo conocía, como conocía a su autor, el llorado y admirable Carlos Rangel, intelectual comprometido pero no con los mayores criminales sino con las libertades. Por eso quemaron su libro imprescindible en su Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Central de Caracas. Por eso en ocasiones hubo de salir custodiado de esas Jaulas Magnas en las que, le pesara a quien le pesara, y le pesaba a todo el mundo, profesaba.

“Era un autor absolutamente demonizado entre las izquierdas que controlaban esa facultad”, refiere XRM. Y añade que, “como no se mostró dogmático con nada“, acabó incordiando a todo el mundo. “Hizo una crítica muy descarnada del marxismo en América Latina”; una crítica muy valiente en una época en la que “todavía los ecos de la revolución cubana resonaban con muchísima fuerza” y en la que el terrorismo comunista causaba estragos, jaleado por la izquierda siniestra y campana que no tiene cojones para empuñar un arma pero ya se encarga de movilizar o jalear a los asesinos meneándoles el badajo. Tampoco se arredró a la hora de denunciar el nacionalismo, “el patrioterismo de los mitos fundamentales de América Latina como tierra oprimida por el imperialismo español”, sobre los cuales las repúblicas de la región construyeron sus respectivos Estados, a los que emplastaron “religiones nacionalistas como el bolivarianismo” trágico.

Fustigó el indigenismo grotesco, la tóxica Teoría de la Dependencia y el paternalismo socialcristiano “heredero de las misiones del Paraguay” de nombre terriblemente elocuente: reducciones. Rangel, en fin, hizo una suerte de “taxonomía de las formas viciosas del poder político en Latinoamérica” que permite comprender no sólo aquella América sino la que hoy afrentan un Maduro, un Morales o un Correa.

“Lo mejor que le habría podido pasar a este libro”, afirma Matheus, seguro de que Rangel asentiría, “sería que hubiera perdido toda vigencia, pero lamentablemente los males que denuncia siguen ahí”. El subdesarrollo está en la mente, que diría Harrison. “Carlos Rangel apuntaba a vicios estructurales. No bastaba con un cambio de política, no escribió un libro con soluciones concretas, para un momento determinado. El problema es de fondo y para superarlo hay que afrontar un cambio de mentalidad que implique la superación de una cantidad de verdades torticeras y de mitos y cultos que nos han hecho mucho daño”.

“El pobre Rangel fue como Laocoonte o como Casandra. No le creyeron”, se lamenta y duele Matheus. Montaner, por su parte, da por seguro que su gran amigo Jean-François Revel le tuvo tremendamente presente al componer El conocimiento inútil, otro hito de la literatura liberal del siglo XX, que vio la luz en 1989, año de la Liberación, del derribo del Muro y las revueltas en la Europa de los que, frente a los liberticidas, los asesinos, los infectos revolucionarios por cuenta ajena, clamaban: ¡no #SomosComunistas!

Un año antes, el 15 de enero de 1988, Carlos Enrique Rangel Guevara se había quitado la vida.

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