Si pudiéramos unir los trozos de un país que a ratos nos luce, o sentimos, invertebrado, nos veríamos obligados a aferrarnos a las páginas de este libro “Caroní. Polvo de oro” que no sabemos cómo calificar, acaso, una novela o una cosmogonía, un principio o umbral de nuestro universo ¿Infierno o paraíso?

Abrir sus páginas es penetrar en el mundo de la desmesura, la naturaleza protagonista con su soberbio poder, un lugar donde se puede creer que nació el cosmos. Allí están los rastros en piedra, los Tepuy que muy poco sabemos del misterio que albergan ¿serán las piedras más antiguas del mundo? Perduran allí los vestigios de lo que después sería el planeta tierra, con sus abismos, sus saltos de agua, el elemento que circula como una savia por todos los rincones, da la vida, pudre y transforma toda partícula que nace en sus torrentes. Cuevas, meandros inimaginables donde coexisten las más exóticas plantas, desconocidas, extrañas, flores capaces de devorar cualquier elemento que se atreva a merodear, a intimar con su aparente intrascendencia.

Sumergirse en esta novela es comprender lo salvaje, lo divino y lo irracional que vivimos en estas tierras, pero que a la vez nos obliga a topamos con lo inimaginado. Es la naturaleza más grandiosa del planeta convertida en sentimientos, en sensaciones, en dolor y en alegría.

“Será esta tragedia que ocurre en esa parte del país un grito de alarma que nos convoca a responsabilizarnos con todo lo que inmerecidamente hemos recibido”

A veces me recuerda a Joseph Conrad en sus viajes al Congo, al “Corazón de las tinieblas” que entrelaza las respuestas humanas, los hechos reales con una naturaleza que parece sentir, tener sentimientos que asustan, siembran pánico que conmueve hasta los tuétanos cuando se penetra en esos ignotos mundos.

Marisol Marrero Higuera, se atreve a contarnos sensaciones indescriptibles “Sólo sé que cuando me tocó, se abrió el resplandor de un sol interno que alumbro mis colinas y valles, los ríos impetuosos que moraban en mi vientre. El cielo bajaba como una extraña raíz, y sentía las nubes muy adentro. De pronto el sol explotaba en mil pedazos se inundaban los ríos, se salían de sus madres, entrechocaban los distintos mares, rodaban las piedras de sus orillas y se incrustaban en mis profundas mareas de manera extraordinaria. Los árboles florecían allá adentro, daban hojas y frutos de distintos colores. En mis entrañas descubrí un mundo que primero fue imaginario y después se hizo realidad. Luego una bandada de garzas rojas picoteo mis muslos. Y las blancas se posaron en mi vientre. Los azulejos recorrían mis profundidades y sus ojos penetraban la oscuridad de mi adentro”.

Al leer sientes como si te acompañara el sonido magnifico de la Novena sinfonía de BeethovenGuayana, la naturaleza agresiva, desafiante con una belleza tan inmensa que dejamos de comprender, no hay razones, ni explicaciones. Si Dios es el máximo creador esta es su obra magna.

Durante los últimos años he perseguido, buscado aquello que pueda unirnos como seres humanos, que nos incruste en la carne y en el espíritu el sentimiento que los habitantes de este pedazo de trópico, tenemos lazos, venas, arterias y motivos que nos unen y que en esta posibilidad de unirnos está la rendija capaz de redimirnos, cesar de ser víctimas y culpables y saltar al otro estado de ánimo que comience por reconocer que habitamos, que albergamos en nuestras entrañas a uno de los lugares más fantásticos de este planeta. Donde el creador dejo libre su potencia ilimitada e inventó, materializó lo mejor de su obra natural en la tierra, creó Guayana con sus ríos, Orinoco y Caroní, los eternos amantes que corren uno al lado del otro juntos y separados para al final convertirse en una sola esencia. Quizás sea una metáfora divina que estos grandes caudales circulen, se toquen y solo lleguen a unirse al pasar alguna frontera.

Con mucha delicadeza la autora se atreve a decirnos: “El paraíso terrenal no estuvo entre el Tigris y el Éufrates como dice la Biblia de los capuchinos, sino entre el Orinoco y el Caroní, la fruta del bien y el mal no fue la manzana, fue el merey, el más hermoso de la cosecha. Dios lo plantó en estas tierras, la más antigua del mundo. Tierra agridulce en sus entrañas donde reinan la primera mujer y el merey del amor. Esta semilla contiene todos los elementos y sabores del universo dulce, agrio y astringente. Esta es una tierra salvaje y sagrada”.

En medio de la lectura surge la interrogación ¿cuál será la clave divina oculta que contiene el hecho de que en nuestros límites se encuentre Guayana, esa inmensa creación natural cargada de oro, diamantes, agua, pájaros de exótico plumaje, insectos, víboras, vida, muerte y quizás algunos elementos minerales que aun desconocemos? Cómo puede atesorar este territorio del planeta todas las riquezas, maravillas naturales, la belleza que se trasciende así misma hasta volverse incalificable por sus armonías, por el derroche de colores, majestuosas montañas, vegetación desconocida.

Es una especie de paradoja, recibimos, no sabemos de dónde, una carga natural fantástica que aún no conocemos, casi como una herencia de algún poder o de otro mundo y no lo hemos sabido apreciar, no nos hemos dedicado con reverencia a admirar. “Aquí, en los espejismos, somos y dejamos de ser, la palabra Tepuy así lo dice. Para los pemones son brotes de piedra que revientan en la selva, donde todo lo que nace es retoño. Los tepúyes son eso, emergen en la sabana, nacen en ella, se manifiestan en la niebla. Nos asombran por momentos para luego desaparecer. Qué símil más terrible de lo que estoy viviendo en este mundo aislado en el espacio y en el tiempo, lo que da lugar a lo que hoy están viendo mis ojos: una flora y una fauna que no existen en otros lugares del mundo. Los frutos brotan como recuerdos. Nadie los siembra y solo el viento los cuida, pues ellos son los encargados de los brotes. Los indios dicen que lo verde nació en una noche y que al despertar todo había cambiado. Al rocío de la mañana lo llamaron saliva de las estrellas: a las lágrimas que corrían por mis mejillas, guarapo de los ojos, y al corazón que me dolía, semillas del viento. Para consolarme decían que el alma es el sol del pecho, y que ella, lamiendo mis recuerdos, sería la encargada de curarme”.

Me estremezco al calibrar la gran paradoja, como un pedazo del planeta tierra, que alberga riquezas inimaginables, que no reverenciamos, tenemos bajo los pies la fuente de energía que ha movido el mundo en los últimos tiempos y no hemos alcanzado la altura del legado divino que nos ha hecho ricos sin esforzarnos, que nos ha deslumbrado con una naturaleza cuyo esplendor nos puede dejar ciegos, pero que cuesta mucho para armonizar entre nosotros mismos.

¿Desconocer la magnitud del patrimonio natural depositado que crece, se expande entre nuestras fronteras será el mismo designio que nos domina para convivir sobre nuestra tierra? Un espacio donde en un recodo brota un paisaje que pueden llamar la cima del cielo: “De una enorme grieta salía un chorro de nubes hacia el cielo”. Parecía un río que corría impetuosamente hacia arriba. Una gran cascada invertida.

Hundirse en esta novela fantástica de Marisol Marrero es un privilegio que nos hace felices, nos insufla el pecho con un sentimiento extraño de saber que no puede haber nada mejor, ni superior, desde el punto de vista natural que la riqueza depositada en nuestra Guayana. Nos llena de gozo Valentina, la aviadora audaz, inquieta, que remonta su “tarita” siguiendo las curvas de los ríos, mujer atrevida que osa ir más allá de una aventura comercial e intenta comulgar con la grandiosidad de Guayana, con su gente, aventureros, sus pobladores ancestrales con su sabiduría ignorada, buscadores de una vida distinta.

A la vez sentimos la pulsión, la necesidad de estar acorde con las maravillas como regalo divino de examinarnos, mirarnos hacia adentro ¿estamos a la altura ética como seres humanos de esta ofrenda divina que representa Guayana? Cuál es el esfuerzo que tenemos en mora con nuestro país, dotado de riquezas inimaginables, muchas desconocidas, en cada uno de nuestros actos como creadores de cultura, de modos de vivir cercanos ¿estamos al nivel de este patrimonio no calificable o cuantificable que yace en el sur del territorio?

Mientras, Marisol nos recuerda que ocurren eventos destructivos que asombran: “Escuchaba el grito prolongado de la selva, su corazón palpitaba lentamente, sus arterias se obstruían, el salto se aquietaba, ya no rugía, mientras seguían talando árboles para ampliar la zona aurífera. Las riberas eran desbastadas inmisericordemente. Las aves que pasaban sobre el río morían, las atrapaban en el vuelo los efluvios de mercurio”. Será esta tragedia que ocurre en esa parte del país un grito de alarma que nos convoca a responsabilizarnos con todo lo que inmerecidamente hemos recibido. Podemos salvar esa Guayana que describe Marisol Marrero con su exquisita escritura, que descubre tesoros no imaginados, es posible tolerar la devastación de ese pedazo de regalo divino que albergamos sin siquiera inmutarnos. Cuál es la magnitud del robo que se está realizando a las nuevas generaciones cuándo se destruye Guayana, el mayor patrimonio natural que hemos recibido sin buscar.

A cualquier venezolano que se encuentre en otras tierras, que se haya visto forzado a emigrar, a trabajar fuera de este país, le sería una compañía fantástica adentrarse en las páginas de esta gran novela “Caroní. Polvo de oro” que le permitirá acercarse y conocer la magnitud del regalo divino que hemos recibido; y a la vez nos impulsa a corresponder con nuestros esfuerzos y afán de logros, a encontrar los caminos para preservar lo natural y la dimensión cultural de la cual nos jactamos y nos obliga a ser cada vez mejores.

Oigamos la confesión de Valentina (Marisol) al final: “¡Aquí me encuentro en lo profundo de mi inconsciente! Ella me lee, me escudriña: estuvo rastreando desde el inicio a esa que yo he buscado y que al final soy yo misma. Las fantasías que me movilizan internamente. Tengo que reconocer que fue una época de transformaciones vertiginosas: la intervención del Caroní, el oscurecimiento espiritual para comprender especialmente el de los indígenas, sus tradiciones ancestrales que fueron menospreciadas por los prejuicios. Nunca nos imaginamos el desenlace apocalíptico que tendría todo este desarrollo invasivo y transformador de la región”.

Volvamos la mirada a la Guayana que nos descubre Marisol Marrero en su poderosa novela y tratemos de enderezar los caminos. Gracias Marisol por este inesperado regalo: “Caroní. Polvo de oro”.

______________________________________________

Fuente: @isapereirap

Leave A Comment

Disclosure

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de CEDICE ni las de su Consejo Directivo, ni académicos, ni miembros

Artículos relacionados

Comparte este artículo