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Carujo también fue un malandro. Víctor Maldonado

El duelo lo perdió Carujo. Su grito de guerra que reivindicaba la valentía guapetona del hombre armado por la conjura terminó en el basurero de la historia. Si todavía lo recordamos es para ratificar que hay algunos episodios de nuestra tortuosa vida republicana que sería mejor no repetir. Y que hay unos antihéroes que envilecen cualquier episodio en el que se involucren.

La convicción más fuerte del personaje eran sus pistolas. A veces bolivariano y muchas otras santanderista, cabalgó sobre sus propios odios hasta que sus saltos de talanquera terminaron por recluirlo en el Castillo de Puerto Cabello, no una vez sino varias veces. Sus afanes concluyeron en medio de la confusión y la revuelta al morir en Valencia, víctima de una guerra perdida y de una revolución anacrónica, la reformista, combatiendo a favor del mismo Bolívar al que quiso asesinar, en contra de Páez y negando la posibilidad de una República independiente como única alternativa y sustituta realista de ese sueño alucinado que se llamó la Gran Colombia.
La consigna de Carujo era tan falsa como sus convicciones. No es cierto que la valentía pueda hacerse equivaler a la impudicia que exhibe aquel que empuña un arma para imponer por la fuerza sus propias condiciones. Se equivocaba él y se siguen equivocando todos aquellos que sacan tanques y desfilan uniformados pensando que el amedrentamiento los hace más creíbles y menos pantomima. Tal vez ésa sea la única moraleja que se pueda sacar de una vida tan patética. Que la fuerza bruta es su propio símbolo, que quien la ejerce no puede escindirse de sus consecuencias, y que todos los violentos terminan, tarde o temprano, revolcados en las turbias arenas de la iniquidad y del olvido obligado.
Vargas, por su parte, es nuestra aspiración a la decencia republicana. Su respuesta pasó a la historia como un anatema contra el malandréo de todos los tiempos. Invocó la justicia como la suprema contradicción de la bestialidad que lo apuntaba con una pistola. Pudo haber dicho que el mundo nunca se iba a conformar con los cobardes que se decían valientes, y que ni siquiera los venezolanos podían aceptar como bueno lo que tenía el aspecto siniestro de una traición. Tal vez pensó que una relación tan primitiva y brutal no podía ser el signo de nuestro gentilicio ni siquiera considerando lo mal que podía estar una población tan golpeada por la guerra, tan efímera en sus convicciones y tan incipiente en sus vivencias republicanas. El mundo es de los justos, atinó a decir, pensando que su circunstancia no podía ser sino un accidente fugaz en una trayectoria que debía ser irrevocable.
Vargas sigue esperando como reivindicación final una respuesta contundente de la historia. Todavía es temprano, solo han pasado 178 años desde aquella afrenta, en los que tres siglos han sido pacientes espectadores del ocaso final de Carujo como arquetipo, que sin embargo se resiste a callar su falsa proclama. Lo vimos esta semana encarnado en los fastos del 4F, en los discursos de Maduro y los gritos destemplados de Diosdado. Era la misma mentira que se ha venido repitiendo desde aquel entonces. La misma confusión que presenta a los pusilánimes como héroes y a los débiles de alma y mente como el epígono de la fuerza. Carujo es Diosdado y Maduro y todo el Gobierno que se empina sobre un fusil, un tanque o un avión de guerra para amedrentar a los ciudadanos. Es el mismo malandro engalanado ahora de revolución socialista. El mismo acto de fuerza que conmina a la barbarie y soslaya cualquier oportunidad de la decencia. Carujo es la acusación que se transforma en veredicto y el desparpajo que nos niega cualquier derecho. Diosdado es Carujo apuntándonos con la violencia, la impunidad y el crimen. Maduro es el Carujo que entrega la dignidad nacional y se esconde entre los pantalones de una potencia invasora. Carujo son todos esos gritos, todos esos saltos, todo ese al revés que puede significar la impostura de un Winston que aturde a gritos.
Vargas es por ahora silencio y exigencia. El mundo es de los hombres justos o no hay mundo posible para nadie. Carujo sonríe, apunta y apuesta…

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