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Castración química

Es momento, con la unidad, de que se hagan “partidos inteligentes”

Por: Carlos Raul Hernandez

Es momento, con la unidad, de que se hagan “partidos inteligentes”

Los partidos políticos son estructuras jerarquizadas e institucionales. En ellos se desarrollan carreras, experticias, divisiones del trabajo, que después de años o decenios de dolorosa gradiente, califican a sus líderes para la cima. El “príncipe moderno”, el partido, suele ser por eso reacio a los “salvadores” y “prodigios”, a los que normalizan en la vida colectiva convertidos en aequali (o primo) inter pares. Además, tiende a ser reacio a bruscas renovaciones conceptuales o humanas y cualquier mutación debe ser producto de un intenso debate. Esa naturaleza es una precaución. Debe producirse la consulta y el acuerdo de muchos o, en todo caso, del liderazgo electo por sus compañeros. Ante la sociedad abierta, fluida, cambiante, llena de talentos creativos, modas, el partido moderno, organizado y estatutario, rechaza la inestabilidad.

Su dirigente promedio es una figura poco heroica o carismática, un profesional de su oficio, generalmente parlamentario, con gran sentido de la realidad. Cancerberos de la estabilidad están en contradicción ante las emergencias populistas que prometen el paraíso.

En las crisis, el antipartidismo suele estigmatizarlos por su lentitud para adecuarse ante demandas exacerbadas e impulsar cambios propuestos por iluminadoos que prometen soluciones rápidas, al frente de tumultos sociales irresponsables. En tales situaciones la política no discurre en torno a reflexivos documentos ni a ideologías complejas, sino a la esperanza mesiánica, al YO hiperdesarrollado y la ambición. Después que los países muerden esos anzuelos de colores, vienen tragedias y arrepentimientos. Mussolini no cabía en la concha del Partido Socialista y creó su propio movimiento ególatra, como Hitler comenzó con una pequeña secta de adoradores (entre trescientas más) que predicaban entre los borrachos de las cervecerías de Munich. Castro era un bandolero en las calles de La Habana, y en Venezuela unos golpistas configuraron un “movimiento nacional” donde desde sectores de las derechas (tecnocrática y tradicional), de los partidos del sistema y la izquierda construyeron su propio cadalso: “la constituyente”.

Es momento, con la unidad, de que tomen la dirección del proceso, se hagan “partidos inteligentes”, adecuados al entorno y sus retos. Unidad en la diversidad. El objetivo sustancial, lograr planchas únicas en todas partes, es suficientemente arduo para añadirle uno contraproducente, como la tarjeta única. El teorema de Nash enseña que, en situaciones complejas de un juego competitivo-no competitivo, la distribución inadecuada de las “jugadas” asegura una derrota. Tendería a desactivar candidatos y partidos en la modorra de una falsa seguridad, una especie de castración química, indolora, incruenta, e incluso feliz.

carlosraulhernandez@gmail.com

11/06/2009