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CFK: retrato de un relato (2). Guillermo Hirschfeld

En la República Argentina, gobernada por Cristina Fernández, la realidad esta vez se ha impuesto al artificio del relato oficial. Ayer, 8-N, los ciudadanos salieron a la calle una vez más en la historia del gran país para expresar su desencanto, frustración y repudio al Gobierno, ante la actual crisis institucional, social y política.

Cansados de un Gobierno que se parece a una máquina de generar odios, abriendo y salando heridas, y generando conflictos, un gran número de argentinos se ha puesto en pie para volver a decir que los límites existen y que la arbitrariedad del poder siempre tendrá enfrente la voz de los ciudadanos.

En la República Argentina de Cristina Fernández, en los últimos meses han ocurrido sucesos bochornosos que precipitan la protesta social. Intentar sistematizarlos y realizar una relación exhaustiva es una tarea infructuosa porque es inconmensurable la ocurrencia política de este Gobierno para representar siempre realidades tan grotescas como tristes.

La propia presidenta utiliza la cadena nacional para adoctrinar, crispar y tensionar a la sociedad. Es un hecho al que los ciudadanos se han ido acostumbrando. Pero además tampoco pierde ocasión de hacer gala de su destreza, condimentándola con algunos sarcasmos que, sinceramente, cada vez hacen gracia a menos gente, generalmente solo a los narcotizados por el poder mediante dadivas, prebendas, subsidios…

Pondré un ejemplo: en uno de sus sonados repertorios, la presidenta arremetió directamente contra un anciano que compró o pretendía comprar dólares, y lo llamó “abuelito amarrete [tacaño]”. El señor contestó a la prensa: “Es desagradable que a uno le pongan motes, soy un hombre de trabajo, le regalo a mis nietos lo que puedo…”. En fin, estos sucesos en que la simpática presidenta hace gala de su gruesa ironía para sintonizar con la tribuna de masas siempre suelen suceder con la claque ruidosa de una minoría cada vez más vergonzosa utilizada como decorado artificial.

En otra ocasión, enardecida, desplegó su ilimitada artillería verbal para dedicarse a aclarar que el Estado pagaría unas deudas que tenía contraídas. Primera pregunta: ¿acaso hay que aclararlo?; y, por otro lado, ¿acaso es una deuda de ella, que abonará ella de su bolsillo, o con el dinero de todos los argentinos? En esa serie de intervenciones no escatimó, sin embargo, utilizar el tan recurrente victimismo. “Hay una campaña antiargentina”, declaró. Pero la pregunta es: ¿por qué y para qué?

Así las cosas, a la mandataria le crecen los enanos por todos lados en forma de problemas: uno de los principales obsecuentes del régimen, que dijo hace un tiempo atrás: “Odio a los blancos”, “odio a los ricos” –y no sé cuantas veces más empleó la palabra odio–, se vio envuelto estas semanas en escándalos por investigaciones periodísticas del programa televisivo político con mayor audiencia del país.

Además, la autodefinida stalinista legisladora oficialista Diana Conti (sí, lo afirmó: “Yo me defino como stalinista y defiendo a Stalin”) promueve la inconstitucional re-reelección de Cristina Fernandez con argumentos tan potentes como su particular interpretación de los totalitarismos del siglo XX: “La alternancia por la alternancia misma, boba y obligatoria, es ridícula”.

A los miembros de la agrupación pseudorrevolucionaria denominada La Campora –un grupo de entusiastas muchachos que asesoran a la presidenta– se les acusa de todo menos de rebeldes. Una diputada reveló que uno de sus mentecillas podría cobrar más de un sueldo. En el debate parlamentario, el umbral del desparpajo o la displicencia de los chicos de la agrupación han sido superados ya por las agresiones verbales. Porque otro de estos lumbreras del clan juvenil, que crece como un pulpo al cobijo del poder, ofendió a los miembros del histórico partido socialista de Santa Fe tachando a dicha formación de “narcosocialista”. En la Cámara de los Diputados se pueden escuchar frases como esta: “Este es el proyecto de la presidenta. Somos el bloque del Gobierno, no somos librepensadores”. El ejemplo es ilustrativo.

Todo esto ocurre en un marco de inflación desbocada, con un cepo cambiario preocupante, de inseguridad descontrolada y oficialmente negada, de brutal acoso a los medios no afines. Y, para rebasar el vaso, el país se encuentra en estado de parálisis a causa de su aislamiento internacional y caminando directamente hacia el precipicio de la irrelevancia. Resulta increíble que el poder político pueda hacer tanto daño, especialmente en una región en la que los que los países mayoritariamente crecen y están generando buenos niveles de bienestar.

Para finalizar este panorama sombrío hay que destacar que embargaron la emblemática fragata Libertad, buque insignia de la Armada argentina, que se encuentra retenido en Ghana.

El sentido de los tiempos, el mundo y los vientos de las oportunidades, lamentablemente, soplan en sentido contrario al barco que capitanea CFK. No es casual, ella eligió enfilar para ese lado. Sin embargo, si bien es cierto que estamos muy cerca de perder a la Argentina y de que este proyecto desnortado eche el ancla en el puerto donde reina la chavización, no lo es menos que los argentinos también están cerca de poder evitarlo. La corriente de personas que ha llenado las calles de las principales ciudades y rincones del país, haciéndose oír, puede servir como cauce para la construcción de una alternativa política viable, sólida y sensata que redireccione el barco hacia la prosperidad. Para que esto ocurra se necesitan amplitud de miras, sentido de la responsabilidad, generosidad, ideas claras y liderazgo.

Fuente: Libertad Digital