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“Chávez no tiene la culpa”. José Toro Hardy

La intimidación no logra el mismo efecto. Además, el pueblo no lleva a esos candidatos en el corazón

Ante cada fracaso, cada retraso, cada promesa incumplida, siempre veíamos a humildes y frustrados venezolanos repetir la frase: “Chávez no tiene la culpa”. Los culpables siempre eran los que lo rodeaban, es decir, los ministros, los gobernadores y en general “los demás”, que eran incapaces de comprender las buenas intenciones del Comandante. Por su parte el propio gobernante no dudó nunca en regañar en público e incluso en TV a esos servidores públicos incompetentes.

¿Eran ellos los incompetentes? Si eran tan torpes y negligentes ¿por qué repetían en otros cargos en un continuo ir y venir de enroques?

“El corazón tiene sus razones que la razón no comprende”, decía Pascal. Ante los continuos fallos de su gestión es difícil entender con la razón el enamoramiento del pueblo con Chávez. La enfermedad de Chávez fue capaz de despertar íntimas emociones en el corazón de la gente. Pero el amor es algo personalísimo. Ningún ser humano ha podido nunca endosar esas emociones del corazón a favor de otros. Por eso la gente amaba a Chávez pero no a sus colaboradores.

Pero volviendo al tema inicial, “si Chávez no tiene la culpa”, no queda otra que culpar a un grupo de indolentes partidarios que lo rodeaban y que dilapidaron cerca de 1,4 billones de dólares de ingresos y desmontaron el aparato productivo del país. Si ese fuera el caso, cómo es posible que se le pida al pueblo votar por ellos en las próximas elecciones para gobernadores.

La oposición escogió a sus candidatos mediante un proceso transparente de acuerdos y primarias, donde cada estado escogió a quien consideró su mejor campeón. El oficialismo seleccionó a los suyos recurriendo al “dedo de Chávez” (recordemos el caso Ameliach en Carabobo)

Este último grupo de candidatos abordó el portaaviones pensando que el timonel los llevaría a buen puerto. Pero ahora muchos de ellos temen que el buque está haciendo agua por debajo la línea de flotación. Imaginen la gravedad del problema. El pueblo no quiere a los candidatos, a quien quiere es a su líder, quien no parece estar disponible para ayudar.

Algunos temen un período presidido por Rodrigo Díaz de Vivar que -ya exánime y atado a su montura- fue llevado por sus mesnadas al campo de batalla en el sitio de Valencia en el año 1099, haciendo creer a los almorávides que era el propio Cid quien dirigía la batalla.

Quizá haga algunas apariciones desde donde esté o, quien quita, se presente sorpresivamente en el sitio de la justa en los días anteriores a la misma. Eso sería una obra maestra de la política. Pero por ahora (al menos para el momento de escribir estas líneas) ni siquiera acudió a cosechar laureles en el Mercosur. Supongo que eso tendrá preocupados a Cristina, a Dilma y a Pepe quienes le abrieron la puerta de atrás de la organización.

Mientras tanto, la división pesa en el alma del oficialismo. Todos se sienten con derecho a ser el sucesor. Uno porque cuenta con la simpatías de Cuba, otro porque cree contar con la bendición militar, otro porque cree ser el alma ideológica de la revolución. Escenarios no faltan. Algunos incluso revisan las páginas de la historia y se remontan al año 1923 cuando la salud de Lenin -severamente dañada por el estrés de la revolución- queda irreversiblemente dañada y se ve imposibilitado incluso de hablar. Stalin lo oculta y se hace cargo de todo, dedicándose a liquidar a todos sus adversarios. Todo es posible.

Pero lo único cierto es que el día 16 de este mes habrá elecciones. Los partidarios del oficialismo han señalado que utilizarán el mismo plan que ya les dio resultado el 7-O.

¿En qué consistió ese plan? Todo parece indicar que desde los “puntos rojos” se desencadenó un sistema a través del cual no manipularon los votos sino a los votantes. Conocedores de quiénes faltaban por votar, cruzaron esas listas con las de los empleados públicos y los inscritos en las misiones. Quienes faltaban por votar fueron intimidados e incluso transportados a votar. Eso no es otra cosa que un ventajismo intolerable.

La realidad es que muchos de esos votos fueron ejercidos con amargura. La situación ahora luce diferente. La intimidación no logra el mismo efecto. Además, el pueblo no lleva a esos candidatos en el corazón.

Quienes consideramos al comunismo como un mal, tenemos la obligación de enfrentarlo. Cicerón hablaba del mal activo y del mal pasivo. El mal pasivo era responsabilidad de quienes aún estando en desacuerdo con un mal, nada hacían para enfrentarlo. Debemos votar.

pepetoroh@gmail.com

@josetorohardy

Fuente: El Universal