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Chile: Asamblea constituyente y señales de advertencia. R. Rincón


Rafael Rincón-Urdaneta Zerpa es investigador de la Fundación para el Progreso (Chile).

Hacia 1999, Venezuela pudo haber rectificado su rumbo. Se requería sanear la administración, más libre mercado, un Estado menos paquidérmico, reducir la dependencia del petróleo y, por supuesto, un gobierno decente y competente. Pero creyeron muchos que una nueva constitución solucionaría mágicamente los problemas. Encantados por el populismo y la demagogia e ilusionados por hacer historia, permitieron a Chávez convocar una asamblea constituyente. Así, respaldado por prestigiosos juristas y por “el clamor popular”, el ex golpista de izquierda se hizo un traje constitucional a la medida que fue aprobado en —¡sorpresa!— un plebiscito.

Chávez aborrecía los límites institucionales de la democracia representativa, así que optó por la “participativa y protagónica” —plebiscitaria— de “aquí se hace lo que dice la mayoría (o sea yo)”. Quería refundar la república y era mandatorio un quiebre revolucionario. No resultó difícil en una Venezuela habituada al populismo asistencialista, al estatismo y con una paupérrima cultura de libertad política y económica. De todo esto fui testigo.

Los defensores de la asamblea constituyente argumentan que Chile no tiene por qué seguir el camino chavista. Y es verdad. También dicen que tal proyecto no tiene, forzosamente, por qué reunir facinerosos armados de garrotes y antorchas. Jorge Contesse, en La vía institucional, plantea que la cuestión ha sido reducida a una dicotomía falsa que distorsiona el debate. A su juicio, contraponer “asamblea constituyente” a “vía institucional” es erróneo porque no “equivale a un grupo de exaltados que se agolpan en un gimnasio, compitiendo por quién grita más fuerte”. Y añade que no tenerla como vía institucional “solo indica que nos estamos demorando, nada más”.

Hay señales, sin embargo, que preocupan a cualquier persona medianamente prudente y escéptica.

No tenemos crisis institucional ni cosa semejante que amerite refundaciones ni nada por el estilo. Solo parece primar la urgencia política por clavar una estaca en el corazón de una constitución perfectamente funcional, pensando que así, como en la novela de Bram Stoker, morirá para siempre Pinochet. Eso lo sabe toda la izquierda, Nueva Mayoría incluida. Así las cosas, temo lo peor cuando escucho a sus influyentes asesores decir, con acento jacobino, que el problema constitucional tendrá que resolverse “por las buenas o por las malas”, que tendremos nueva constitución “queramos o no”. También, me inquieta que el clima de opinión esté contaminado por la convicción de que la democracia es un régimen donde las mayorías, casi siempre circunstanciales y pasajeras, tienen licencia para hacer y deshacer. O que “la calle manda”, es decir, que las cabezas contadas en una marcha, los estragos de una manifestación y las encuestas importan más que la libertad de los individuos, que los fundamentos de la sociedad libre imperantes en cualquier nación civilizada y que el éxito probado de un sistema político y económico.

La asamblea constituyente en Chile es promovida, en el mejor y más improbable de los casos, por la ingenuidad y el idealismo bienintencionado. Pero la altisonancia radical prevalece. También predomina una noción peligrosa de democracia, un desprecio evidente por el progreso chileno y un colectivismo violento y vociferante con pretensión de incontestable superioridad moral, amén de unos irrefrenables deseos de vivir a costas del Estado, que es lo mismo que hacerlo a costas de otros chilenos. Por eso veo nítida la imagen de exaltados dispuestos a imponerse, en un gimnasio o en la calle, a garrotazo salvaje, resueltos a demoler todo lo construido… nada más.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog de La Tercera (Chile) el 5 de agosto de 2013.