Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Chile y Venezuela: la historia a medias. Luis A. Herrera

Allende no fue el noble demócrata que nos venden los socialistas en sus diversas variantes…

El pasado 11 de setiembre se cumplieron 40 años del derrocamiento militar del gobierno de Salvador Allende por parte de Augusto Pinochet. Transcurrido mes y medio, es posible analizar esa fecha con cierta objetividad. Una vez más tanto en Chile como en Venezuela (no aludo solo al oficialismo sino también a los sectores democráticos) vimos de nuevo cómo las opiniones sobre tan doloroso hecho dirigieron reclamos y condenas únicamente hacia uno de los protagonistas -los conductores de la dictadura militar-, mientras que los otros actores -los gobernantes autoritarios de la Unidad Popular- solo fueron objeto de loas, reconocimientos y absoluciones. 

Tal proceder se observa también en Venezuela cuando se valora el período que va de 1958 a 1998: para unos -en buena parte de los sectores del oficialismo- solamente merece rechazo y olvido; mientras para otros -básicamente ubicados en el campo de la oposición- es un pasado casi idílico y ejemplar al que deberíamos volver luego del chavismo. Esta visión esquemática imposibilita la comprensión histórica de los acontecimientos y el aprendizaje político que de ellos necesitan tener las sociedades, al tiempo que simplifica los hechos con el explícito o velado fin de reivindicar la legitimidad de una ideología autoritaria, integrista y antidemocrática como es el socialismo.

Reclamo 

Nunca será suficiente lo que se haga dentro y fuera de Chile para establecer y repudiar los crímenes y aborrecibles violaciones a derechos humanos cometidos durante la dictadura de Pinochet, ni puede cesar el reclamo de los chilenos, en especial de las víctimas de esas violaciones y sus familiares, a que se sepa la verdad de lo ocurrido y a que se haga justicia en todos los casos a pesar del paso del tiempo. Quienes defendemos la libertad lo hacemos integralmente, de modo que no apoyamos ningún régimen que liquide parte de esa libertad, aun cuando aplique medidas en el campo económico favorables a la libre empresa y la propiedad. Pero así como ello es necesario, no menos lo es recordar las causas, esto es, los hechos, medidas, violaciones y crímenes que en nombre del socialismo y la revolución se cometieron durante el gobierno de Allende, y que hicieron posible, para desgracia de Chile, que surgiera la reacción militar y que por décadas ésta tuviera el apoyo de una importante parte de la sociedad. Es decir, el socialismo autoritario de Allende explica -que no justifica- la dictadura de Pinochet.

Descripciones de los abusos y las graves violaciones cometidas por el gobierno de Allende en nombre de su ideología colectivista están recogidas en obras como las editadas por el Instituto Libertad y Desarrollo con los títulos Los Orígenes de la Violencia Política en Chile1960-1973 (Santiago, 2001), y Los Hechos de Violencia en Chile: del discurso a la acción (Santiago, 2003). En el primero de esos libros se lee: “En este sentido, la violencia política de izquierda es, sin lugar a dudas, uno de esos tópicos que requieren ser analizados. En efecto, el pronunciamiento militar de 1973 no puede entenderse si no se conoce el contexto discursivo, particularmente en materia de violencia, en que ocurre” (p. 11). Allende, pues, no fue el noble demócrata que nos venden los socialistas en sus diversas variantes autoritarias y “democráticas”, sino un político socialista que llegó al poder por vía democrática, pero que devino pronto en tirano, pues desconoció el pluralismo político, el Estado de Derecho y las libertades individuales, siendo sus acciones las que engendraron a un tirano mayor, como fue Pinochet. El uno no se comprende sin el otro.

Buenos y malos

Negar lo anterior e interpretar ideológicamente los hechos, para distinguir entre buenos y malos, es una soberana irresponsabilidad, que condena a los países a no reconciliarse con su pasado e impide mirar hacia adelante en función de un proyecto común basado en la libertad y la democracia. En Venezuela, hemos de reconocer que entre 1958 y 1998 se avanzó como nunca en materia de libertades civiles y políticas, y en la práctica de la democracia, pero se retrocedió (o al menos se equivocó de rumbo) en el área económica, al constitucionalizar un estatismo económico contrario a la competencia, la libre empresa y la propiedad privada, cuya cota mayor fue la estatización del petróleo. Ese estatismo fue el que dio lugar al colectivismo que hoy día liquida a cada vez más individuos en nuestro país. 

LUIS ALFONSO HERRERA ORELLANA ― EL UNIVERSAL
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