why does provigil stop working how long does it take for provigil to work cost of provigil at walgreens provigil picture is provigil the same as nuvigil
Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Cinco preguntas y un mismo odio, por Víctor Maldonado

¿Es toda esta destrucción un error de cálculo o es el producto de un plan
siniestro?

 

 

Lo primero que debemos constatar es el grado de destrucción que ha padecido
el país. Y si los esfuerzos del régimen han estado regidos por algún plan.
Ambas proposiciones son lamentablemente ciertas. El país está cayendo en un
abismo de imposibilidades crecientes que son el producto de una ideología
cuyas consecuencias son la entrega de los recursos del país al
castro-comunismo y sus aliados, la corrupción y la delincuencia
internacional. Esta ideología, el socialismo del siglo XXI, no ha
improvisado. El guión totalitario fue provisto por el Foro de Sao Paulo y la
trama de ruina y descomposición ha tenido como libretos tres planes de
desarrollo económico y social, el último de los cuales es el llamado Plan de
la Patria. La concentración del poder en una cúpula cívico-militar, la
profundización de la economía socialista y comunal, el fortalecimiento de
las alianzas con Cuba y sus satélites ideológicos, y la planificación
central como principio y fin de todas las decisiones están perfectamente
delineadas en documentos que son públicos. El que haya habido un plan
fortalece la hipótesis de que hay responsabilidad y, por lo tanto, ellos
deben asumir las consecuencias de todo esto que han provocado.

 

 

¿Pero ellos planificaron la destrucción o quisieron instaurar un comunismo
fundado en el petroestado?

 

 

El objetivo subyacente fue más importante que las declaraciones de
principios. Nunca se propusieron ninguna otra cosa que apropiarse del poder,
eliminar la alternatividad, abandonar cualquier principio de control
institucional, evitar cualquier oposición con vocación de poder, y practicar
esa nefasta conscupiscencia de aquel que tiene todo el poder sin tener que
rendir cuentas. En eso consisten los comunismos. Y por eso mismo han
fracasado en el objetivo de mantener la legitimidad de sus acciones. Todas
las experiencias comunistas terminan practicando una tiranía brutal, porque
más temprano que tarde se quedan sin ninguna otra cosa que la fuerza pura y
dura, el uso indiscriminado e impune de la violencia. De tal manera que
pretender instaurar un comunismo siempre termina siendo la planificación de
la destrucción del país. Porque en algún momento se descubre la verdadera
componenda, que la felicidad que ofrecen la corren constantemente para un
después que nunca llega, que no practican la solidaridad, que la fraternidad
es solo entre ellos, la camarilla que gobierna, que la igualdad es un
chantaje indignante, que la máxima felicidad posible solo puede ocurrir si
ellos se van.

 

 

¿Pero, es que ellos no quieren o no pueden realizar lo que predican?

 

 

Ni quieren ni pueden. En el plano esencialmente económico, el socialismo
quiere asumir el control total del Estado sobre todas las actividades
económicas. Y eso es operativamente imposible. Aquí tenemos una burocracia
de 2.7 millones de empleados públicos y sin embargo no hay servicios de
calidad, ni hay calidad de servicio. Von Mises dice que “la comunidad
socialista” o sea ellos, los que están el en poder, carecen del instrumento
intelectual para elaborar planes y programas económicos: el cálculo
económico. Esa pertinaz arrogancia que se expresa en funcionarios
multipropósito, gestores de cientos de empresas disímiles, que juegan en
canchas diferentes a las del sistema de mercado, lo único que provoca es un
completo caos. El caos se vive como lo estamos sufriendo los venezolanos:
incertidumbre absoluta, turbulencia inflacionaria, escasez recurrente, y
mucho miedo porque no hay futuro predecible. No es solo que planifican sin
criterio económico, también es que la experticia nunca podrá ser sustituida
por esa categoría gaseosa que llaman “lealtad revolucionaria”. Ya sabemos
que, a la hora de una crisis del sistema eléctrico, o del suministro de agua
potable, o manejar una inundación, o una epidemia, el “leal revolucionario”
tiene valor cero. El diletante enfebrecido por el fervor revolucionario es
capaz de destruir todo el país, tanto como es inhábil de resolver un simple
problema de aceras y brocales. El odio por el talento es tan grande que
además de asfixiar lentamente a las universidades autónomas, han montado en
paralelo unas parodias lejanas del saber, en las que titulan a la
ignorancia, solo porque ellos están interesados en generar tal nivel de
confusión que al final nadie sepa quién es quién, y para qué sirven esos
títulos expedidos con tanta rimbombancia. Hay en el fondo un inmenso
desprecio por la gente, y un fraude sistemático a la confianza de todos esos
jóvenes que han creído en ese mensaje más propio del realismo mágico que de
una sociedad moderna, o sea que un aplauso, una marcha, una consigna a favor
del régimen, sustituye el saber, el examen, el mérito intelectual. Sus
propias carencias, las de los jerarcas, quieren esconderla detrás de toda
esa turbadora ingenuidad.  A la corta, el mercado se encarga de marginarlos,
y entonces se dan cuenta que han sido víctimas de una gran estafa.

 

 

Sin embargo, el régimen se ufana de sus resultados. ¿Tienen algún resultado
rescatable?

 

 

Resulta patético siquiera pensar que haya algo que pueda ser rescatado de
lo que ya es una inmensa frustración. El régimen siempre despreció las
cualidades de los venezolanos. Por eso su modelo de destrucción partió de
que debía aislar el ánimo emprendedor nacional. Desde el principio declaró
que el empresario era enemigo. Y así lo ha tratado. Al régimen le molesta la
competencia y la exhibición de que hay una alternativa mejor a la que ellos
ofrecen. Y porque resultaba más ganancioso el favorecer las contrataciones
internacionales. Las empresas venezolanas quedaron al margen, salvo aquellas
que sinuosamente se han convertido en incondicionales, y se han prestado
para lavarles la cara y hacer pingues ganancias mediante negocios no
competitivos. Pero hay algo más. La renta petrolera les hizo creer que era
posible el control total mediante la exclusión de cualquier competencia
interna. Por eso lo que ellos no sabían hacer quisieron contratarlo con
empresas y gobiernos foráneos, que de inmediato le vieron la utilidad a
negociar con un régimen cuyo único propósito era decir que hacía, pero sin
tener verdadero interés en los resultados. Corrupción y propaganda
mezcladas. La realidad de ellos fue acotada a la ganancia indebida, mientras
se lavaban la conciencia creyéndose las mentiras de sus propias propagandas.
El desastre eléctrico es una muestra. Las obras inconclusas de Odebrecht son
monumentos pavorosos de una gigantesca expoliación de los recursos del país.
Pero la verdad es que toda la gestión padece del mismo mal, porque el poder
absoluto corrompe absolutamente, sin dejar indemne a ningún componente del
sistema. Esto es ineficiencia al máximo. Vivimos entre crisis de apagones
tanto como resulta preocupante que sea tan difícil sacar una cédula u
obtener un pasaporte. En todos los casos es la misma contraparte siniestra
la que nos hace la existencia intolerable: el socialismo del siglo XXI, que
nos odia libres, que busca afanosamente que nos arrodillemos frente a ellos,
que les rindamos pleitesía.

 

 

El discurso oficial está cargado emocionalmente. ¿Se puede hacer del odio
un sistema de opresión y servidumbre?

 

 

Tanta destrucción no puede ser el fruto de la impasibilidad. Hay
sentimientos declarados de venganza, hubo incapacidad de satisfacerla por
muchos años, y al final se ha transformado en odio y resentimiento, pasiones
que no tienen nada de sublimes, ni con ellas se puede construir nada. El
discurso oficial del régimen es de odio, división y venganza. Todos los que
no son ellos son sus enemigos. Recordemos que la consigna originaria aludía
a que todo era posible dentro de la revolución, pero que nada era aceptable
fuera de ella. En eso consisten los totalitarismos. No hay amor en
desafectar la dignidad humana, en presentar al adversario como enemigo
mortal que no merece respeto alguno. Y en usar la ventaja de la fuerza para
aplastar a la disidencia. El ambiente psicológico que es común a los que
están en la cúpula es tóxico y crecientemente totalitario. Ellos quieren
reducir el país a la servidumbre. Para eso se sirven del desmadre económico,
del hambre, la enfermedad y el colapso de los servicios, y también de una
contraparte política e intelectual domesticada, colaboracionista y
procrastinadora de cualquier solución de cambio. Ellos son parte del
régimen, pero les ha tocado desempeñar el rol más vil del libreto. Mientras
tanto, la gente buena se muere o se va. Y los que quedan, debilitados en su
esperanza, pero no vencidos, tienen que seguir luchando contra sus propias
dudas. Muchos piensan que es más fácil huir que afrontar esta tragedia. El
régimen tiene una gran capacidad para la mutación. Ahora viven la época de
las post-misiones, porque no tienen cómo lubricar el populismo que hasta
hace poco practicaron; actualmente todo se reduce a someter a los ciudadanos
a la ración del carnet de la patria. Este artilugio no es otra cosa que el
pase de entrada a un campo psíquico de concentración y exterminio. Semejante
a lo que canta el Dante ante la puerta del infierno: “Por mí se va a la
ciudad doliente, por mí se ingresa en el dolor eterno, por mí se va con la
perdida gente. ¡Perded toda esperanza los que entráis!”. De eso se trata. De
someternos al desaliento, de aplastar nuestra libertad, y de que comencemos
a depender de las migajas que va repartiendo el régimen, no porque esté
interesado en nuestra sobrevivencia, sino porque ese es el método para
someternos.  Por eso es que no hay alternativa a la resistencia y al desafío
que se niega a claudicar. Y en ese sentido se están dando batallas
esplendorosas, porque no logran que la gente vaya voluntariamente a
inscribirse, así como tampoco lograron que fueran a votar el pasado 20 de
mayo. Los ciudadanos estamos en resistencia frente al odio aniquilante.

 

 

Ellos nos odian a nosotros, los ciudadanos que queremos ser libres, y
nosotros odiamos el sistema que nos quiere reducir a la indignidad. No es el
mismo odio. Uno está asociado a la barbarie, el nuestro vinculado a la
esperanza porque se restaure la justicia y se permita la libertad. Porque al
comunismo le conviene dos actitudes erróneas: que lo confundan con algún
tipo de democracia imperfecta, pero redimible, y que no sea vista como
repugnante, y por lo tanto pueda transarse con él algún tipo de acuerdo. Por
eso es por lo que yerran los que insisten en elecciones o negociaciones. No
hay forma de lograrlo.  Aristóteles plantea que dos son las causas que
derriban a las tiranías: el odio y el desprecio. Al final, dice el filósofo,
todo lo que dicen haber conseguido lo pierden porque se hacen muy
despreciables a los ojos de los ciudadanos. Ciudadanos que no creen, que no
aceptan, que no convalidan, y que no bajan la guardia, están enviando una
señal muy clara de un sentimiento de desapego, de divorcio que termina
siendo irreversible. Para salir del comunismo hay que odiarlo tanto como hay
que amar la libertad.