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Cómo devaluar un Premio Nobel

Instituto Libertad y Progreso

POR: ANDRÉS MEJÍA VERGNAUD *

Dice Christopher Hitchens, en una columna publicada el 15 de octubre en Slate, que el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura a Doris Lessing no sólo fue en sí mismo un gran acierto, sino que corrigió un torcido rumbo que traía este premio, el mismo que “dejó morir a Nabokov y a Borges”, mientras asignó con frecuencia el galardón en “el reino de lo mediocre, lo siniestro, y lo digno de olvido”.

En otras de las categorías del Nobel, la polémica suele ser menor. No tengo los elementos de juicio para opinar sobre los premios otorgados en las ciencias naturales, pero podría decir que en el de economía, con el natural ámbito que hay para el desacuerdo, el premio ha hecho justicia al reconocer de manera consistente el trabajo de avanzada.

Como muestra de la amplitud mental del comité de selección, este honor ha sido otorgado a personas que trabajan en áreas muy disímiles. Lo han recibido, por ejemplo, filósofos de la economía (F. A. Hayek y Amartya Sen), analistas de la macroeconomía y las políticas económicas (e.g. Friedman, Lucas, Mundell, Phelps), matemáticos que desarrollan nuevas herramientas (Nash, la “mente brillante”), estudiosos de la relación entre economía e instituciones (Coase, Buchanan, North), de las finanzas (e.g. Modigliani, Markowitz), exploradores de las profundidades y fronteras de lo microeconómico (e.g. Samuelson, Stigler, Becker, Stiglitz), e incluso pioneros en el uso del experimento y la psicología en la ciencia económica (V. Smith y D. Kahneman).

Pero creo no equivocarme si digo que el más polémico de todos los premios Nobel es el de paz. Siempre lo ha sido. Pero hoy ni siquiera es la polémica su mayor problema, sino su gradual pérdida de atractivo y valor.

En el pasado, las expresiones de inconformidad han apuntado a varios aspectos. Que se dejó morir a Ghandi sin recibir el premio. Que algunos de los galardonados han sido cualquier cosa menos personas pacíficas. Incluso hay objeciones más elaboradas y hasta rebuscadas: se ha cuestionado el hecho de que el Comité Noruego del Nobel, institución designada por Alfred Nobel para seleccionar al ganador del premio, y que es elegido por el parlamento noruego, no tiene legitimidad para conceder un premio de paz, por haber aprobado dicho parlamento el ingreso de Noruega a la OTAN.

Pero hay otra objeción que se puede hacer al Comité Noruego del Nobel, y es que progresivamente ha venido devaluando este premio, por una selección equivocada de sus ganadores. Que no es equivocada por razones como las enumeradas antes, sino porque se trata de personas que, si bien han hecho contribuciones valiosas a la humanidad, no han sido contribuciones directas al logro de la paz.

Al respecto, el testamento de Alfred Nobel fue suficientemente explícito e inequívoco: el premio de paz debe otorgarse a “la persona que haya hecho más por la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos, y la promoción y celebración de conferencias de paz”.

Me resulta difícil percibir cómo el trabajo de Al Gore y del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) cabe dentro de la voluntad manifestada por Alfred Nobel. El trabajo del IPCC es sin duda una interesante experiencia de cooperación científica para el logro de un objetivo común. El trabajo de Al Gore, sin cuestionar sus motivaciones, es más vulnerable a la polémica. Pero en ninguno de los dos casos hay una labor dirigida específicamente al logro de la paz. Igual puede decirse del premio otorgado en 2006 a Muhammad Yunus, hombre admirable desde muchos puntos de vista.

Se puede armar, claro está, un largo razonamiento en el que se “pruebe” que la defensa del medio ambiente contribuye a la paz. Igual puede decirse de la lucha contra la pobreza. Pero en ambos casos, sobre todo en el primero, se trataría de argumentos en los que se establece un vínculo remoto y no necesariamente cierto con el concepto de paz. Al hacer entonces estas selecciones, el Comité Noruego va erosionando el valor del premio, le resta autoridad, y lo hace vulnerable al cargo de politización o de capricho. El premio de este año, que yo recuerde, es uno de los que ha tenido una recepción más fría e indiferente.

En el pasado, el Premio Nobel de Paz fue concedido a personas que distaban mucho de ser ángeles, pero que realizaron actos que efectivamente trajeron más paz al mundo. Menachem Begin y Anwar al-Sadat eran guerreros. Sus países, Israel y Egipto, se enfrentaron a muerte en el campo de batalla más de una vez. Pero finalmente acordaron poner fin a esa condición de guerra, y merecieron justamente el Nobel de Paz. Ojala este premio volviera pronto a su espíritu original, encarnado en casos como el que acabo de citar.

*Instituto Libertad y Progreso

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