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CÓMO SER UN BUEN JEFE.Carlos Goedder

La mayor parte de las personas tenemos un jefe. Y también mucha gente ansía ser jefe. Algunos afortunados lo son. En este mundo de jefaturas, la intención del artículo es provocar entre quienes tienen posiciones de mando una reflexión sobre su propia gestión, alertar a quienes ansían gerenciar y motivar a los subordinados a evaluar si están bajo un jefe eficaz, porque está confirmado que la gente dista de huir de malas empresas; usualmente abandona a malos jefes.

Al Sr. Jaime Romagosa Soler, a quien afortunadamente tuve por jefe.

 El libro que orientará esta reflexión es Buen Jefe, Mal Jefe de Robert I. Sutton. El texto incluye gran soporte empírico en ámbitos diversos: empresarial, artístico, deportivo, académico y militar.

¿Qué se espera mínimamente de un jefe? Hay un par de cualidades iniciales importantes. La primera, que un jefe irradie confianza. Debe transmitir a su equipo sensación de seguridad. Esto dista de significar arrogancia, mas bien va por la línea de mostrar competencia, sentido común y tener la mente ordenada. William James ya indicaba que el pensamiento sigue a la acción: si se actúa seguro, se acabará uno sintiendo seguro. Segunda cualidad importante de un jefe: que tome decisiones. Nada es peor que un dubitativo o indeciso para la jefatura. Puede que la decisión sea errada, mas es preciso ejecutarla bien y si en el camino se detecta que la opción elegida fue incorrecta, se rectifica.

Habría cinco criterios ideales para una buena gestión como jefe.

El primer principio se fundamenta en la filosofía del entrenador deportivo Lasorda: si se quiere mantener entre las manos un ave, hay que saber la dosis exacta de fuerza; si se sujeta demasiado, se la ahoga y si se la ase muy suave, se escapa. Con los equipos de trabajo se cumple el mismo principio. Es preciso en algunos momentos “dejarles hacer” y evitar entrometerse obsesivamente en su quehacer cotidiano; en otros casos, al cambiar las condiciones y enfrentarse una situación exigente, el jefe debe entrar en acción con toda la visibilidad necesaria. Así que el jefe debe saber manejar cuándo estar más o menos presente en la cotidianidad de sus subordinados.

Siguiente principio. El jefe auténtico es tenaz e inspira la tenacidad en su equipo. La tenacidad es “perseverancia y pasión por lograr objetivos a largo plazo”; siguiendo al autor: “La tenacidad implica trabajar infatigablemente para conseguir los objetivos y mantener el esfuerzo y el interés a pesar de los fracasos, la adversidad y los períodos de estancamiento” La clave es avanzar hacia grandes resultados haciendo pequeños esfuerzos cotidianos. Y allí se conecta con el siguiente atributo: un arte del jefe es ir conduciendo a su equipo por pequeñas victorias para coronar la meta máxima. Se trata de una mentalidad de maratón, resistencia y largo plazo. Fragmentar las tareas complejas en otras más sencillas y descomponer los retos elevados en una sucesión de pequeños desafíos es un talento propio del jefe. Esto también implica cierta disconformidad permanente: siempre anhelar metas nuevas, evitar la autocomplacencia e innovar.

Otro punto a considerar. Evitar el “tándem tóxico”. Se trata de que un jefe se considere omnisciente, porque “puesto que se halla en una posición clave, si sucede algo importante lo sabrá” (falacia del centralismo) y opte por ensimismarse. “Las personas que ostentan el poder suelen pensar sólo en sí mismas e ignoran lo que necesitan, hacen y dicen sus subordinados”. Ahora bien, el jefe está bajo escrutinio permanente de sus colaboradores, especialmente los inmediatos. Así que un equipo donde se percibe el distanciamiento del jefe y su desapego a la realidad está en riesgo.

Un atributo esencial: el buen jefe cubre las espaldas de su equipo. Asume los errores del grupo, perdona a quien se equivoca, aprende del error ajeno, plantea la solución a las fallas y elogia públicamente a su gente. En suma ha de lograr un equilibrio entre el calor humano que transmite a su equipo y la recompensa material que les otorga. Y eso aunque le signifique al jefe el hacer exigencias y demandas a sus propios superiores.

Una destreza adicional. El buen jefe sabe escuchar a sus subordinados. Ha de consultar la opinión de su equipo, proponer el debate creativo y respetuoso, apoyarse en aquellos que pueden ayudarle a corregir deficiencias, oír a los críticos. En suma, el buen jefe se reconoce falible.

Habría, según Sutton, “once mandamientos” para un jefe sabio:

1. Mantenga opiniones firmes y convicciones volubles.

2. No trate a los demás como idiotas.

3. Escuche con atención a sus subordinados; no se limite a fingir que escucha.

4. Haga muchas preguntas interesantes.

5. Pida ayuda a los demás y acepte agradecido su apoyo.

6. No dude en decir “No lo sé”.

7. Perdone a sus empleados cuando fracasen, recuerde las lecciones y enséñelas a todo el mundo.

8. Discuta como si tuviese razón y escuche como si estuviera equivocado.

9. No guarde rencor después de perder una discusión. Por el contrario, ayude a los vencedores a poner en práctica sus ideas.

10. Reconozca sus flaquezas y trabaje con personas que corrijan y compensen sus carencias.

11. Exprese gratitud a su equipo

Una advertencia: distan de haber recetas mágicas para mandar. Es un aprendizaje cotidiano, con mejores y peores días. Lo importante, desde luego, es ser tenaz.