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¿Cómo te sientes hoy?, por Víctor Maldonado

18 de junio de 1940. Francia había sucumbido. De Gaulle se dirige a sus conciudadanos desde la BBC de Londres. Cuenta Churchill que el 15 de mayo, un mes antes, Paul Reynaud, presidente del Consejo y Ministro de Asuntos Exteriores de Francia, lo había despertado a las siete y media de la mañana para anunciarle que habían sido derrotados. “Nos han vencido; hemos perdido la batalla. Los alemanes han roto el frente, cerca de Sedan, y están entrando en grandes cantidades con carros de combate y vehículos blindados. El ejército francés que tenían delante ha sido destruido o se dispersó. Detrás de las unidades blindadas invasoras vienen ocho o diez divisiones motorizadas para asegurar el territorio conquistado. Se mueven a toda velocidad, y en cuestión de días estarán entrando en París.  Para colmo de males, no hay reserva estratégica con la que se pueda compensar el descalabro ocurrido”.  

 

Churchill no lo podía creer. Confusión, parálisis e incertidumbre se transformaron en una pésima versión de la realidad que estaban viviendo, en una disminución alarmante de la capacidad para valorar las opciones que tenían en la mano, y al final, en un aliciente para darse por vencidos demasiado temprano. No era poca cosa lo que estaba ocurriendo. Buena parte del cuerpo expedicionario británico estaba comprometido. Y debían calibrar muy bien hasta cuando seguir y en qué momento retroceder. Dunkerque terminó siendo la única alternativa posible.

 

Un mes después, el once de junio, Churchill volvió a Francia. Ya el gobierno no estaba en París. El cuartel general se había replegado cerca de Briare. El ambiente era lacónico. La reunión estaba presidida por los peores pronósticos. El general Weygand adelantó que podría ser que los franceses pidieran un armisticio. Toda la noche esa fue la carta que no quisieron enseñar claramente. Esa era la opción de Pétain. Cualquier aporte era banal. Se habían entregado y solo faltaba el que lo reconocieran y lo anunciaran. El primer ministro británico, al percatarse de la verdadera situación dijo: “Si a Francia, en su desesperación, le parece mejor que su ejército capitule no duden ustedes por nosotros porque, independientemente de lo que hagan ustedes, nosotros seguiremos luchando siempre, siempre”. Pétain, pensó Churchill, es peligroso en esta coyuntura; siempre ha sido un derrotista”. Y los derrotistas se rinden demasiado temprano. Estaba claro que Francia estaba al límite de la resistencia. A partir de ese momento debía continuar la lucha por otros medios. Incluso era posible que hubiera dos gobiernos franceses, uno que hiciera la paz y otro que organizara la resistencia.

 

¿Perderían la guerra? Esa era una posibilidad que no se podía obviar. Pero había que hacer todo lo posible para que no ocurriese. El 28 de mayo de 1940 Churchill emitió la siguiente orden general: “En estos días sombríos, el primer ministro agradecería a sus colegas en el gobierno, que mantuvieran elevada la moral en sus círculos y que, sin minimizar la gravedad de los acontecimientos, mostraran confianza en nuestra capacidad y en nuestra decisión inflexible de continuar la guerra hasta acabar con la voluntad del enemigo de someter a toda Europa a su dominio. No debería tolerarse la idea de que Francia consiga una paz independiente. Pero sea lo que fuere que ocurra en los demás países de Europa, no podemos dudar de nuestra obligación, y sin duda usaremos todos los medios a nuestro alcance para defender la isla, el imperio y nuestra causa”.

 

En la guerra: determinación. Esa es parte esencial de la moraleja de las memorias de Winston Churchill. Hubo otro que nunca cedió. Charles De Gaulle no era un personaje principal. Joven y enérgico, había sido subsecretario de Estado en el Ministerio Defensa del gobierno de Paul Reynaud, pero una vez perdida la batalla de Francia pretendía ser el líder de su país en el exilio.

 

Su pretensión era poco más que una entelequia. La situación era mucho más terrible. El país, bajo la conducción de Pétain, había decidido plegarse mansamente. La resistencia era solo una proclama y una exigencia incómoda. Churchill siempre lo tuvo como un personaje incómodo al que con toleraba con mucha dificultad. Tardaría años en consolidar su proyecto de resistencia, pero sin duda, no dejó pasar un día para asumir la representación legítima de la Francia libre e insistir que su condición fuera reconocida por los aliados.

 

Y así llegamos al punto de partida de su épica. El 18 de junio de 1940 lanza su proclama. Comienza reconociendo que la superioridad bélica alemana los había sorprendido. Y que el ejército francés había capitulado. Pero, y aquí viene el desafío, “¿se ha dicho la última palabra? ¿Debe perderse la esperanza? ¿Es definitiva la derrota? ¡No! Creedme a mí que os hablo con conocimiento de causa y os digo que nada está perdido para Francia. Los mismos medios que nos han vencido pueden traer un día la victoria. ¡Porque Francia no está sola!”.

 

Dicho esto, termina con una invitación a la acción, asumida en primera persona. “Yo, general De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y soldados franceses que se encuentren o pasen a encontrase en territorio británico, con sus armas o sin ellas, invito a los ingenieros y a los obreros especialistas de las industrias de armamento que se encuentren o pasen a encontrarse en territorio británico, a poner se en contacto conmigo. Ocurra lo que ocurra la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará.

 

La entelequia terminó siendo la única alternativa de sobrevivencia y la estaca de la dignidad nacional. Al principio fue visto con escepticismo. Luego como una molestia constante. Y al final como un aliado innegable.

 

Escribo esto con vistas al 21 de mayo y los días subsiguientes. Podría ser que te sientas perdido en la desilusión de asumir seis años más de tiranía. Podría ser que no estés dispuesto a escuchar a los que te convocan a la lucha. Podría ser que te sientas derrotado y quieras capitular. Si ese es tu caso, recuerda la determinación, el coraje y la capacidad de soñar de Churchill y De Gaulle. Cada uno con su estilo y sus intereses. Pero ambos inexpugnables en la esperanza que los llevó a la acción. Ni se rindieron, ni dejaron de convocar a sus conciudadanos a la lucha. Lo lógico es que reconozcamos las mismas virtudes en aquellos líderes venezolanos que convocan a la lucha con la misma convicción y pureza de finalidades.  
La invitación de Charles De Gaulle fue emocionante. Se encontraba solo, él y su sueño. Lo estaba en un país extranjero, también en guerra. Los más prestigiosos militares de su país se habían abrazado al invasor. No tenía nada más que una promesa. Pero nada de eso lo amilanó, porque tenía una pregunta cuya raíz era moral: ¿Y si las fuerzas de la libertad triunfasen a la postre sobre las de la servidumbre, ¿cuál sería el destino de una Francia que se hubiese sometido al enemigo? Y con esa interrogante como herramienta de convencimiento convocó a todos sus conciudadanos, a cada uno, para que se sumaran y comenzaran a trabajar en conjunto, desde la particular condición y talento que tuvieran. El general francés invocó tres razones para la lucha: el honor, el sentido común y el interés de la Patria. Por ellas exigió a todos los franceses libres que prosiguieran el combate, allí donde se encontrasen, y en la medida de sus posibilidades. Al fin y al cabo, para él “el fin de la esperanza era el comienzo de la muerte”. Que nosotros no perdamos la esperanza.