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Concubinas Presidenciales Venezolanas

Muchas veces las amenazas a la libertad provienen de las amantes correspondientes a los autócratas.

Muchos gobiernos y especialmente en Venezuela, han sido tremendamente nocivos en su ejemplo para la moral pública. Desde los tiempos de El Libertador hasta el pasado reciente, las concubinas presidenciales han tenido un importante protagonismo y ante ellas se han postrado todos los estamentos sociales. En la época democrática, las dos amantes presidenciales más poderosas, quienes se hicieron de importantes caudales públicos presidenciales, son las señoras Blanca Ibañez y Cecilia Matos. La primera fue la amante del único ex presidente vivo, Jaime Lusinchi y la segunda de Carlos Andrés Pérez, recientemente fallecido. Era hilarante y casi de película hecha por Fellini que en 2011 esta señora Matos disputase mediante litigio si el cadáver del ex mandatario se quedaría en Miami, según deseo expresado por ella, o que se sepultase a Venezuela, según resolución que adoptó la esposa legal, señora Blanca Rodríguez de Pérez.

A las amantes presidenciales venezolanas les ha rendido pleitesía lo más granado de la sociedad venezolana, persiguiendo privilegios y prebendas. La historia republicana venezolana comienza con el caso de Da. Barbarita Nieves, amante del General Páez y quien postergó a la esposa legítima, Da. Dominga Ortiz, siendo que fue esta última quien sí acompañó al Presidente en sus campañas independentistas. Así que residiendo en su casa de La Viñeta, ante Nieves empezaron a doblar la cerviz los representantes sociales venezolanos.

El Libertador, en el tiempo precedente de la Gran Colombia, legó una vida sexual desordenada con damas de diversa índole. Se ha intentado construir una historia de amor duradera con Da. Manuelita Sáenz, quien le salvó la vida en el frustrado atentado en 1828. Lo cierto es que en su testamento El Libertador ni menciona a esta dama y su relación mutua es más bien una historia de Bolívar huyéndole a Da. Manuela entre 1822 y 1828 entre Quito, Perú y Colombia. A favor de esta dama puede mencionarse que quedó sin un centavo tras morir Bolívar, que fue heroica acompañante bélica del prócer, mas lo cierto es que fue una señora casada quien tuvo por amante al titánico Bolívar. Aunque Bolívar procuró guardar las formas y separarse de ella, Da. Manuela vivió en las residencias presidenciales de La Magdalena y la bogotana, siendo que fue una noche pernoctando allí cuando salvó a El Libertador, con un temple admirable. En cualquier caso, aún hecha toda la apología de esta gran dama, lo cierto es que era estaba casada con el señor Thorne cuando se entregó a los amores bolivarianos.

Ya desde tiempos de Da. Manuela, la amante presidencial llegaba a usar uniforme y de hecho tuvo rango de Coronel. Lo cierto es que precedía en el uso de prendas militares s la amante de Lusinchi, Blanca Ibañez. Quienes tanto se indignan en los tiempos actuales y pretenden construir una historia democrática feliz antes de Chávez, olvidan que la amante, en este caso Secretaria Privada, de Lusinchi, portó traje de la Guardia Nacional al socorrer a gente durante la crecida del río maracayero Limón. Y hoy en día varios apologistas de Ibañez, como Ramos Allup, están haciendo oposición a Chávez y restándole espacio a jóvenes promesas políticas sin ese pasado truculento.

El daño a la moral pública de colocar a las amantes en el puesto de Primeras Damas y darles injerencia en los asuntos públicos es una vergüenza histórica venezolana bien documentada por el historiador y periodista Carlos Capriles Ayala, en un libro que ha de estar descontinuado en ediciones, Sexo y Poder. Concubinas reales y presidenciales. En Venezuela desde Manuelita Sáenz hasta Cecilia Matos. Fue publicado en Caracas por el Consorcio de Ediciones Capriles en 1991, recién concluido el mandato de Lusinchi y en pleno apogeo de Cecilia Matos como amante de Carlos Andrés Pérez en su segundo gobierno.

Ya el título atrae, mas el libro es una obra maestra. Ciertamente Venezuela dista de ser excepción en aventuras extraconyugales presidenciales, ya que el autor recorre el caso de EEUU con casos como el de Jefferson, F. D. Roosevelt y Kennedy, perdiéndose el episodio Clinton-Lewinsky. En cualquier caso, a diferencia de Venezuela, estos casos son más excepción que regla.

El libro tiene varios párrafos dignos de citas. Acá van algunas:

Los hombres [venezolanos] parrandeaban y tenían queridas, pero eso se consideraba incorrecto y debía ocultarse ante los hijos y la sociedad. Todos los Jefes de Estado venezolanos actuaron bajo esa premisa, excepto Simón Bolívar, José Antonio Páez, Cipriano Castro, Carlos Andrés Pérez y Jaime Lusinchi.

Y añade:

Desde el Libertador, quien por otra parte era un hombre libre, pues era viudo, y toda la gama de personalidades que se han sucedido en el ejercicio de la Primera Magistratura nacional, solamente Joaquín Crespo, Rómulo Gallegos, Rafael Caldera y Luis Herrera Campíns han mostrado a sus compatriotas una imagen de buenos esposos y padres de familia.

Y el mismo autor lanza dos hipótesis interesantes para la historia institucional venezolana:

Nuestros Presidentes de la República no han sido casi nunca modelos de buenos esposos o padres de familia ejemplares. En cambio, muchas veces han compartido las complejas tareas de administrar un país bochinchero y revoltoso como el nuestro, con aquella otra mucho más difícil como es la de lidiar con una amante que reclama derechos y plantea reivindicaciones en competencia con la Primera Dama de la Nación. Es una tarea ardua. Muy difícil de compaginar y realizar ambas exitosamente. De ahí proviene, en hipótesis que dejo para más acuciosos investigadores, el que se haya fracasado tan estruendosamente en la primera de esas misiones. No así en la segunda.

Y este otro planteamiento complementa el anterior:

En Venezuela la moral no ha sido la nota característica de sus hombres públicos y nunca estos se cuidaron mucho de ocultar sus hazañas sexuales. Los presidentes de la República recatados, padres y esposos ejemplares, sirviendo de modelo digno de emular por sus compatriotas, han sido escasísimas excepciones, tanto en el Siglo XIX como en la actualidad. Por ello ha sido inútil pretender que los venezolanos sean honestos y paradigmas de virtudes para sus hijos. Descuidada la vida familiar, la honradez y la honestidad son menoscabadas, y el comportamiento cívico en consecuencia, tampoco pu4ede ser ejemplar.

Como consecuencia de ello, la bastardía es una marcada característica de la población en Venezuela que se mantiene casi constante, pues todavía solamente 47% de los venezolanos nacen dentro de uniones legítimas; sin contar, por no ser posible su estimación dentro de los datos estadísticos, aquellos que nacen en hogares conflictivos o desunidos. Este dato es muy significativo no por el hecho de ser en sí de ser los venezolanos en su mayoría hijos naturales, sino por lo que esto pudiera representar de paternidad irresponsable y de la formación moral y cívica de los venezolanos (…)

Nadie ha pretendido examinar el fenómeno como plausible causa de nuestra frustración y fracaso como nación. La familia venezolana ha sobrevivido, huérfana de guía y ejemplo desde las alturas del Poder.

Sin moralismos o mojigatería, está claro que es difícil inculcar una vida donde se respeten los derechos fundamentales básicos en alguien que ya nace como fruto de relaciones ilegítimas o bien en hogares disfuncionales. Y menos aún si los máximos representantes públicos exhiben una conducta irresponsable con los valores familiares y peor aún, colocan a sus amantes como validas para el ejercicio del poder.

Este fue el caso de Lusinchi. Blanca Alida Ibañez Piña fue su querida, posterior esposa y la mujer que más poder político ha tenido en la historia venezolana. En este caso, la blandura de carácter correspondiente a Lusinchi, enamorado como un quinceañero de su amante, arrojó como resultado un entramado gubernamental donde la Secretaria Privada Presidencial urdió fraudes con dólares preferenciales, compras automovilísticas, complejos urbanos y ultrajó el uniforme militar al portarlo.

Sin defender a Chávez, los tiempos democráticos previos a 1998 estuvieron caracterizados por las desvergonzadas redes de corrupción lideradas por las queridas presidenciales, entre ellas principalmente Ibañez y Cecilia Matos.

Los valores morales importan y sin ellos es imposible alcanzar una libertad individual y social plena.

Ahora bien, lo que sorprende como dato curioso es que la administración pública venezolana actual, la cual se ha saltado todas las normas imaginables del derecho público, irrespetando la propiedad, politizando al ejército, exhumando al mismísimo Libertador, defendido la tiranía cubana, saltándose a la torera cualquier rendición de cuentas… Este engendro actual de gobierno apenas ha dado pábulo para comentarios sobre amantes femeninas y corrupción vinculada a ellas. El Presidente actual, divorciado dos veces, ha quedado sin rehacer vida marital y los círculos privados raramente rumorean sobre el nombre de alguna querida poderosa en las altas esferas. En los tiempos de Lusinchi era tema ineludible de cualquier conversación y era motivo para amplia chacota, el poder correspondiente a Ibañez.

¿Qué ocurre ahora? Difícilmente se trata de una nueva moralidad en la vida sexual de los gobernantes. Parece que, o han cambiado de orientación sexual sus preferencias o bien han alcanzado una condición ascética, quizás asexual. Es realmente curioso. Tampoco se conoce algo semejante para Fidel Castro. ¿Su amante es la Revolución? Algo indudablemente turbio debe existir en la vida sexual de estos personajes, mas curiosamente es desconocido por el público, siquiera mediante el indispensable chismorreo.

En fin, si esto puede ser el preámbulo de una vida familiar ejemplar, aunque pocos de los hombres públicos actuales parezcan hombres de hogar, quizás sí haya una verdadera Revolución…

Opinión Independiente

carlosurgente@yahoo.es

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