Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Confesiones secretas de un anaquel vacío. Victor Maldonado

Ni el Gobierno ni nadie pueden descalificarme como testigo de una época crucial. Nadie podrá decir que no estuve en la primera fila, en un puesto privilegiado para presenciar y sufrir en carne propia las consecuencias de decisiones erradas. La pregunta viene al caso, porque ahora nadie puede comprender cómo el vacío se ha enseñoreado donde antes reinaba la diversidad de opciones. ¿Fue acaso deliberado? ¿Se pueden planificar la locura, la ruina y el acabose? Todo parece indicar que sí. Que somos tan libres para los aciertos como para los errores, y que al final son los resultados los que juzgan si fue una cosa u otra.

Nada fue casualidad. Aquí llegaron con un plan, un guión y un espectáculo. En mi caso fue una ministra la que presidió el episodio. Una funcionaria que lucía ausente y resignada a seguir la pauta de consignas y decisiones pre-elaboradas que comenzaban con la amenaza de una turba dispuesta a tumbar las puertas y llevarse lo que pudieran, seguía con el arribo de una comisión de funcionarios y su respectiva microondas, continuaba con el proceso de inspección, una simulación de procedimiento en el que el final ya estaba cantado, y concluyó con una rebaja general sin que importaran costos, culpas y responsabilidades.

Al momento del pase televisivo, ordenado desde el palacio, comenzó el desquiciamiento. Valía la pena amenazar con cárcel e incluso apresar a los comerciantes transmutados en delincuentes. Así era más creíble la trama que urdía una supuesta conspiración contra el bien común, en la que el emprendedor y sus principales gerentes estaban involucrados. Afuera la gente regurgitaba ganas y anhelos, mientras en sus manos un número garantizaba los derechos de unos y excluía al resto. La tómbola golillera daba vueltas mientras más de uno salivaba copiosamente ante la posibilidad de tener sus sesenta segundos de fama. Esos pocos sabían qué debían decir.

Mejor comenzar con el insulto al empresario para luego pasar al agradecimiento, y mejor era si el tiempo daba para reconocer los imponentes y bien dispuestos “cojones” del mandatario que no se arredraba ante el reto de darle a cada uno lo que creían merecer. De inmediato un militar hizo gala de sus profundos conocimientos de economía y del desiderátum de la República y de todos los juramentos a la patria: Todos tenían derecho a “un plasma”. En eso consistía la batalla que lo iba a hacer merecedor de quién sabe cuántas condecoraciones y grados: En tomar el objetivo para saquearlo hasta dejarlo en el hueso.

El monto de la rebaja era un privilegio del militar a cargo. Setenta, ochenta por ciento, lo que pareciera más popular. Nadie de los que vinieron pensó en términos de causas y consecuencias. Ninguno de ellos parece preocupado por lo que puede venir después. Así es la barbarie, una peste que pasa dejando vacío, silencio e interrogantes. Nadie piensa en cómo y cuáles son las condiciones para volver a llenar los anaqueles. Nadie considera qué costos y precios mantienen esa relación tensa que los obliga a pensar permanentemente en eso que los expertos llaman “valor de reposición” y que en épocas de inflación nunca es equivalente al precio de compra. Ninguno de ellos, pero menos que nadie el militar, tuvo la menor consideración por los salarios, utilidades y demás derechos de los trabajadores. Lo de ellos es el exterminio. Y lo lograron.

Desde siempre ha habido una porción de Venezuela dispuesta para el saqueo. Son las montoneras que cambian de bandera según sean las conveniencias del momento. Algunos saqueadores son de “cuello blanco y títulos universitarios”, otros no lo son tanto. Lo cierto es que desde aquí los vi hermanados como nunca ante el provecho fácil de esquilmar la propiedad privada, relativizar el libre comercio a su real conveniencia, y sacar provecho sin detenerse en las incómodas consideraciones éticas que versan sobre el daño que con ese provecho puedes provocar. Para las montoneras de siempre no hay imperativos categóricos ni mandamientos que valgan. Pero tampoco tienen mañana, ni le permiten un mañana próspero al resto.

Y es que esas largas y ansiosas colas son lo único que necesita el saqueador del siglo XXI para cumplir su cometido. Los golilleros son el requisito fundamental para esta destrucción ordenada y sistemática que está dirigiendo el Gobierno. Razón tenía la filósofa Hannah Arendt cuando se lamentaba sobre la banalidad del mal, cimentada en la ceguera del propio interés, ese egoísmo perverso que transgrede la regla de oro que prescribe el deber de nunca aprovecharse de los demás, pero tampoco dejarse aprovechar de los otros. En esa cola todo es amoral. Todo se disuelve en esa risita cómplice y ansiosa que transpira deseo de obtener lo que no se sudó suficientemente.

VICTOR MALDONADO ― NOTITARDE
victormaldonadoc@gmail.com
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