Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
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Confianza e integridad

“While the stars danced above,
We would walk by the shore”
– Rick French

Nos es fácil escribir un artículo de gerencia que sea creíble y útil cuando todo el país se derrumba en medio de una indiferencia que al final puede resultar fatal para todos. La dificultad estriba precisamente en apreciar cómo poco a poco el venenoso puñal de la fatalidad va entrando en el cuerpo social para aniquilar toda su vitalidad y conseguir que éste se postre esperando el acontecimiento final.

Víctor Maldonado C

Decenas de veces hemos escrito contra la depresión en cualquiera de sus manifestaciones. En cada una de esas oportunidades hemos exigido evitar la postración y seguir insistiendo en encontrarle alternativas a una situación que muchos califican de cerco y acoso. Sin embargo, el tránsito diario por una circunstancia incomprensible, tumultuosa y turbulenta, está haciendo estragos en la masa crítica de gerentes y directores de empresas, cansados de once años de acertijos y de tener que lidiar con la preeminencia de la arbitrariedad que juega con los contrarios y cuyas reglas, si las hubieren, nunca favorecen al emprendimiento ni al trabajo productivo.

No es fácil para ningún gerente. Pero como lo advertía Viktor Frankl, siempre son peor llevados los sacrificios, los tormentos y la muerte de la incontable legión de víctimas anónimas y olvidadas, todas ellas parte integrantes de quinientos mil comercios y cerca de diecinueve mil establecimientos manufactureros de pequeño calado que supuestamente compone nuestro parque industrial. Para todos ellos, esta situación tan poco propicia es cuestión de vida o muerte, y por lo tanto no corresponde a la dimensión estética de la existencia, sino a la poca valía que en un socialismo marxista tiene la propiedad privada de los medios de producción y el intento de su explotación competitiva. Hecha esta diferencia, frente a la misma amenaza, todos intentan sobrevivir de la mejor manera posible, esto es, con los menores inconvenientes y las máximas ganancias, como si fuera posible una retirada ordenada del escenario de una catástrofe. Sin embargo, eso es muy poco factible, habida cuenta de que todos tienen el mismo interés, aun a sabiendas de que no todos van a tener la misma probabilidad.

Esta “salida ordenada” del área de calamidad se está convirtiendo en un acelerador de la crisis. Por no dejarse ver algunas empresas han dejado de mercadearse. Por falta de publicidad, algunos medios están quebrando, con la secuela de desempleo y de desánimo. Por “pasar agachados” algunas empresas dejan de participar en gremios y asociaciones, y por eso, los gremios debilitados se ven imposibilitados de defender los principios y valores asociados a la libertad de empresa y los derechos de propiedad. Otros simplemente se pliegan, aparecen en las conmemoraciones pseudo-empresariales del régimen, aplauden e incluso se benefician. Muchos de ellos lo hacen con convicción. Otros, los menos, asumen los costos de la disonancia, y se aferran a ese clavo ardiendo pensando en la posibilidad de ser ellos los sobrevivientes de la ruina colectiva de la que son espectadores. Otros, no cabe duda, hacen buenos negocios, que son asumidos con la lógica del minero, en un tiempo presente definido como de inminente agotamiento. Así es muy difícil construir un país moderno.

Viktor Frankl, quien tuvo la experiencia terrible de estar internado en Auschwitz, equiparaba conductas similares a las anteriormente descritas con un estado de ánimo registrado en los anales de la psiquiatría como“la ilusión del indulto”, mecanismo de amortiguación interna percibido por los condenados a muerte justo antes de su ejecución; en ese momento conciben la infundada esperanza de ser absueltos en el último minuto. Del mismo modo, empresarios, directivos y gerentes pueden sentir que mediante “rituales de evitación” tal y como los referidos, pueden retardar e incluso salvarse de medidas que por apoyarse en leyes, reglamentos y burocracias, son incapaces de discriminar entre quienes son aliados o adversarios del proceso. Las experiencias recientes indican que por allí no hay salida que no lleve al cierre, al exilio o al Helicoide.

No pocos problemas producen estas circunstancias en la vida cotidiana de las empresas. La visión trasnacional tiene algunas veces la posibilidad de definir con mayor asertividad una relación, pero también puede entrar en contradicciones con sus gerentes locales. Recientemente tuve la oportunidad de oír una calificación atroz. Se refería a las diferencias de puntos de vista entre lo que pensaba el Presidente de la Junta Directiva de una empresa trasnacional de energía, y cómo lo percibían aquí. El ejecutivo local despachaba el desencuentro afirmando soezmente que “ninguna otra cosa se podía esperar de una empresa dirigida por borrachos ingleses y drogadictos holandeses”. La frase me pareció revulsiva, pero en contexto, todavía mucho más repugnante. Desde afuera calificaban las dificultades que para la inversión tenían el abatimiento del Estado de Derecho, la ausencia de reglas, el irrespeto a los derechos de propiedad y la construcción de una normativa para la persecución de la empresa privada. “Así no hay quien invierta”. La respuesta, penosa por cierto, de los representantes locales fue patética. Ratificaron su compromiso con el país, su confianza en el gobierno, y su esperanza en seguir buscando áreas de complementación, aunque en la realidad, ningún nuevo negocio les ha sido ofrecido, y me temo que en el futuro cercano, esa conducta no va a cambiar. En eso consiste la ilusión del indulto, aplicada a algunas empresas venezolanas.
Los teóricos de la ética empresarial coinciden en que los principios y valores sirven sobre todo para controlar y disminuir la incertidumbre. Son como los raticidas, impiden que las empresas se pierdan en apuestas vulgares y hagan una mala traducción de la importancia de sobrevivir, o de aquella conocida frase de que el fin justifica los medios. Mantienen el rumbo firme y reconcilian a la gente que trabaja en ellas con la trascendencia del propósito. Hace viable la expectativa de que es fácil luchar por un mundo mejor y organiza a todos, sin importar el rango, para la lucha constante contra la entropía. La Organización de las Naciones Unidas ha organizado algunos de estos principios en “El Pacto Mundial”, iniciativa voluntaria que busca un mayor compromiso empresarial con los derechos humanos, los estándares laborales, el medio ambiente, y los esfuerzos anti-corrupción. (http://www.unglobalcompact.org/languages/spanish/index.html). Ochenta y un instituciones venezolanas has suscrito dicho compromiso, entre ellas Fedecámaras, Conindustria, y la Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Caracas. Son diez los principios, pero todos ellos confluyen en el respeto incondicional y sin interpretaciones acomodaticias de cuatro acuerdos: La Declaración Universal de Derechos Humanos, La Declaración de Principios de la Organización Internacional del Trabajo relativa a los derechos fundamentales en el trabajo, La Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo y La Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción.

John Fleming y Jim Asplund (2007) definen la confianza como el enganche emocional que provoca el cumplimiento consistente de las promesas asumidas. Para ellos, “las compañías más notables son aquellas que siempre mantienen sus promesas, y por eso todos sus stakeholders siempre saben a qué atenerse, siempre se sienten seguros en relación con ellas, y no tienen ninguna expectativa de recibir sorpresas desagradables. Las compañías que mantienen sus promesas, crean confianza (trust), una sensación de que las promesas que ellas hacen hoy, se mantendrán en el futuro”. Por lo visto, la virtud de la confianza empresarial requiere que se asuman con claridad un conjunto de imperativos que van a normar la relación hacia el interior del sistema social, y con el entorno. No hay duda que una empresa confiable es a la vez creíble y legítima, y todos estos atributos le confieren una fortaleza que en épocas de crisis podrían hacer la diferencia.
Pero la confianza se basa en la integridad. Fleming y Asplund relacionan esta virtud con los estándares de la compañía y la ética por la que se rigen. Significa un tratamiento honesto de los clientes y relacionados, y la asunción de los problemas con rectitud, respetando las propias reglas, cumpliendo con lo prometido, y tratando de resolver las diferencias aplicando reglas de justicia y de equidad.

La confianza y la integridad son asumidas por los autores citados como poderosos enganches emocionales. Para ellos, al igual que lo pensaba Samuel Adams, “la humanidad se gobierna mejor desde los sentimientos que desde la razón”. Si ellas son las plataformas de la empresa, el orgullo y la pasión serán los resultados. Quién sabe si lo que ocurre en Venezuela tiene una relación intensa con una crisis en los enunciados de los principios empresariales, y por eso la desbandada. Axel Capriles advierte contra “el arquetipo del tío conejo”, ese animal completamente adaptable a cualquier situación que confronte, y que se ríe de todos los intentos fracasados del tío tigre. Pero la celebración del pícaro nos deja en una desnudez valorativa por la que todo es válido, con las consecuencias devastadoras que estamos viendo.

Sobrevivir a las situaciones extremas no es fácil. Es precisamente en la crisis que los liderazgos se ponen a prueba. Mi recomendación es que en el transcurso se haga todo lo posible para que no se dejen a un lado los valores, se mantenga el sentido de la vida y no se pierda de vista la esencia de la existencia. Viktor Frankl, habiendo sobrevivido a la experiencia terrible de un campo de exterminio, ponía el énfasis en la fuerza de la responsabilidad humana. “Obra así, como si vivieras por segunda vez y la primera lo hubieras hecho tan desacertadamente como estás a punto de hacerlo ahora”. Con ello invitaba a imaginar que el presente ya es pasado, y en segundo lugar, que ese pasado es factible de modificarse y enmendarse. La vida es finita, pero no deja de tener finalidades. Tampoco la dejan de tener las empresas, y aquellos a los que se les encomienda conducirlas.

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