Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Confidencias imaginarias de Giordani. Roberto Casanova

Sentado en su viejo sillón hojea distraídamente un también viejo, muy viejo, ejemplar de “Cuadernos de la cárcel”, de Antonio Gramsci. Con las obras de este pensador y político, fundador del partido comunista italiano, se tropezó a sus 19 años y le marcaron la vida. Acude a ellas cada cierto tiempo, sobre todo en momentos de dudas. Reafirma así su convicción íntima de ser, como Gramsci, parte fundamental de una voluntad política transformadora, del intelectual orgánico que no es una persona sino un colectivo.

“Instrucción e inteligencia, agitación y entusiasmo, organización y fuerza son los elementos requeridos para construir el Intelectual Orgánico…”, ha escrito. En su caso, la agitación y el entusiasmo los ha asociado siempre a otro personaje: al aventurero y guerrero Giuseppe Garibaldi, impulsor de la unificación italiana, “héroe de dos mundos”. Su propio padre, Primo, fue garibaldino y formó parte de la Brigada Garibaldi que luchó en apoyo a la República española. Así, pues, son tres “G” las que lo constituyen: Gramsci, Garibaldi y Giordani. Se cree parte, en definitiva, de una tradición libertaria. No logra ver en lo que realmente se convirtió.

Su reflexión intelectual, su formación ingenieril y su vocación política lo orientaron hacia la planificación central de la sociedad. Esto lo llevó, inevitablemente, a desarrollar una tendencia hacia el control de todo lo que pudiese alterar sus grandes planes. Y la libertad de las personas siempre es una molestia para quienes pretenden convertir a la sociedad en un “hormiguero ejemplar”, como decía Uslar. Por esa vía se deslizó progresivamente, en lo personal y en lo social, hacia al autoritarismo y, más aún, hacia el totalitarismo. ¿O, tal vez, ocurrió a la inversa? ¿Quizá una íntima disposición autoritaria lo puso en la ruta del planificador central? Es difícil saberlo. Lo cierto es que, hace ya unos cuantos años, un perverso contrato psicológico fue suscrito entre este ingeniero social y el último caudillo. Cada uno encontró en el otro la horma de su zapato. Halló así su lugar dentro de la élite corrupta que hoy usurpa el poder y nos domina.

Saruman entre nosotros

El anillo del poder lo sedujo. Ya no es capaz de entender que el verdadero espíritu libertario, el que nunca se someterá al poder, hace mucho tiempo le abandonó y que es a otros a quienes hoy inspira. A esos otros que finalmente derrotarán la oscuridad que un régimen premoderno, casi medieval, trae consigo.

–De mí dicen que soy un oscuro monje. La verdad, no es algo que me moleste demasiado. He cultivado la paciencia, la astucia, la austeridad. Me siento como un asceta de la revolución. He sabido moverme con habilidad entre sutiles juegos de poder. Mi fortaleza ha estado en ser el único con ideas claras en medio de tantos ignorantes de los asuntos de la economía y de la planificación. Aunque mis adversarios me califiquen de dinosaurio intelectual y digan que sólo personajes como Chávez o Maduro me han podido considerar un maestro. Pero ¿qué saben esos pseudointelectuales burgueses del plan comunista que he ido creando y que progresivamente he venido implementando? Además ¿qué me interesa entender su economía de mercado que aspiro a destruir? Dicen también que soy pésimo escritor y peor vocero, que mi prosa es aburrida y confusa…

Se remueve en su sillón porque, en el fondo, teme que eso sea cierto. Una oleada de resentimiento le hace sentir un sabor amargo en la boca. Con rapidez, sin embargo, desvía sus pensamientos hacia sus planes. Se eleva nuevamente hacia su utopía de una sociedad comunista. Repasa mentalmente las grandes líneas de la estrategia.

Usar la crisis para avanzar

–El proceso revolucionario se ha acelerado. Las dificultades económicas se han convertido en una magnífica oportunidad para avanzar. ¿Que hay inflación y escasez? Pues culpemos a nuestros enemigos de clase de provocar una guerra económica, de comportarse como especuladores y aprovechemos para controlar todos los precios y las ganancias. ¿Que las divisas son insuficientes? Avancemos en su control y centralicemos de una vez el comercio exterior. Usemos las divisas para lo realmente necesario, racionando las importaciones. Este país puede funcionar con algo más de la mitad de las divisas que ha usado anualmente durante los últimos tiempos. Yo se bien que una parte de esas divisas se filtraron hacia los bolsillos de la corrupción. Lo he comentado varias veces, aunque no pueda decir mucho más para no darle argumentos a nuestros enemigos. De todos modos, tenemos que cambiar los patrones de consumo de esta sociedad. Y tenemos que simplificar la economía para que pueda ser controlada y planificada centralmente.

Debemos seguir enfrentando, sin descanso, a nuestros enemigos. Poner al pueblo en su contra. Desviar hacia ellos la responsabilidad de la corrupción. Debilitarlos de cualquier manera. Provocar incluso que se peleen entre sí. Los pequeños empresarios y comerciantes contra los grandes, los arrendatarios contra los arrendadores, las clínicas contras las aseguradoras. Como hienas se disputarán las ganancias que irán desapareciendo. Tenemos que desprestigiar a los gremios empresariales y reducirlos hasta la insignificancia. Divididos y subordinados a nuestros planes, sin poder alguno, serán incapaces de organizarse ni de financiar a otros para que lo hagan. Y las empresas que no quieran someterse o quieran cerrar, las entregaremos a los trabajadores, a los obreros, a las comunas.

Tarde o temprano tendremos una economía de pequeñas empresas mayoritariamente socialistas y unas pocas privadas. Con grandes empresas estatales y con algunas transnacionales que no se metan en política como socias.

Por cierto, pronto tendremos que ir también por la banca. El sistema de ahorro y crédito es una pieza vital del proyecto comunista. Y esos banqueros codiciosos han podido enriquecerse suficientemente. También tenemos que reducirlos. La banca pública tiene que seguir creciendo.

Todos registrados, todos controlados

–Empresas, colegios, universidades, clínicas… Nadie se podrá hacer rico a través de ellas. Así prohibiremos y acabaremos con la inflación. Pero también acabaremos con el desempleo. Romperemos con la lógica del capital y crearemos la lógica del trabajo. Después de todo hay mucho trabajo que hacer desde un Estado cada vez más importante y desde una economía comunal que no buscará el lucro.

La renta petrolera nos tiene que alcanzar para seguir invirtiendo mientras el nuevo modelo productivo socialista se consolida. Sin descuidar la satisfacción de las necesidades del pueblo, por supuesto. Algo de populismo será necesario durante la transición.

Al mismo tiempo, tenemos que ir pasando progresivamente poder a los trabajadores, a las comunidades, a los estudiantes. Debemos impulsar con más fuerza a los consejos comunales, a los consejos de trabajadores, a los consejos estudiantiles. Con nuestra gente, por supuesto. ¿Habrá algún opositor que piense seriamente que puede colarse en alguno de estos consejos? ¡Hay que ser ingenuo! No hay nada como la estructura de soviets para consolidar la revolución. Consejos debidamente registrados y alineados con la revolución. El pueblo ejecutando las líneas del plan central: fiscalizando precios y ganancias, vigilando la contrarrevolución, siendo propietario colectivamente, formando milicias.

Como decía Lenin: “Cuando la mayoría del pueblo comience a llevar por su cuenta y en todas partes este registro, este control sobre los capitalistas (que entonces se convertirán en empleados), (…) este control será realmente un control universal, general, del pueblo entero, y nadie podrá rehuirlo, pues no habrá escapatoria posible”. Era un tipo lúcido, el camarada Lenin.

Al final, la economía será toda un gran Ministerio, una gran fábrica, una única organización. Y al frente de todo, una Comisión Central de Planificación, una máxima autoridad que solamente deje por encima de ella misma a la Presidencia de la República. Y al frente de esa Comisión, yo, el hombre de las tres G.

Todas las piezas van encajando, piensa y sonríe calladamente.

Hugo, Nicolás, Diosdado

Con Nicolás las cosas han sido más fáciles de lo que esperaba, reflexiona. La tragedia que para él significó la muerte de Chávez ha sido compensada, en parte, por los avances de su plan en las nuevas circunstancias.

– ¿Quién lo hubiese dicho? Cuando Hugo murió temí que todo se perdiese. Pero parece que lo contrario es lo cierto. Hugo era un revolucionario, no lo dudo. Pero era zamarro como buen llanero y, frecuentemente, se ponía creativo. Desconfiaba e inventaba. Avanzaba, retrocedía, se movía hacia los lados. Nicolás es más previsible, pues carece de ideas propias. Los únicos libros que ha leído en su vida son aquellos manuales de marxismo que debió estudiar como militante de la Liga Socialista y que nunca entendió muy bien. Nunca tuvo cabeza para los estudios. Sólo para la politiquería. Por eso miente tan tranquilo y se atreve a hablar con desparpajo de cosas que no entiende. No siempre lo hace bien, sin embargo. De hecho, se equivoca demasiado. Hace chistes malos para salir del paso y habla más de la cuenta.

Pero no importa. Nicolás era la mejor opción que teníamos. Era el primero en las encuestas y el más cercano a los Castro. Además, en el escenario de que Hugo sobreviviese a su enfermedad, dejar a un segundón como Nicolás en la presidencia era la forma de que siguiese ejerciendo el poder desde las sombras. Como Fidel y Raúl. Es verdad que Nicolás es como un troll, grande y torpe. Pero por esa misma razón hace cosas que nos permiten avanzar y que Hugo no pudo hacer. ¿O no quiso hacer?

Dicen por ahí que Hugo intuía que mi plan hacia el comunismo no podía ser aplicado integralmente pues no sería viable. Y Hugo no quería cerrarse opciones. Lo suyo era mantenerse en el poder de cualquier modo. Pero no es verdad que no fuera comunista. Son cosas de esos grupos de pragmáticos y reformistas que quieren mezclar una verdadera revolución con políticas económicas burguesas. Son una desgracia. Al igual que esos corruptos de cuyas andanzas me entero a diario. Menos mal que los tengo también registrados.

La imagen de Diosdado viene a su mente.

–Ese personaje… Qué difícil ha sido lidiar con él durante todos estos años. Su ambición de poder ha sido útil, sin duda. También sus pocos escrúpulos. Pero él no representa, en absoluto, al tipo de líder socialista que necesitamos. Nunca he bajado la guardia ante él. No le tengo confianza. Lo que si le tengo es un largo expediente. Y él lo sabe. Así, nos respetamos a la distancia. Lo preocupante es que hay unos cuantos similares a él… Afortunadamente, ya va madurando la generación del Frente Francisco de Miranda. ¡Qué buena idea tuvo Fidel! Ojala se mantengan íntegros, como verdaderos comunistas. Aunque ya he sabido de algunas cosas. También los registro. Por si acaso.

A salvo de la amenaza electoral

Pensar en el Frente le hace revivir los difíciles días de las elecciones recientes y el frío miedo que sintió ante la posibilidad de perder el poder.

–La verdad es que cada elección se ha convertido en un auténtico parto. Definitivamente, tenemos que impedir que se consoliden nuevos líderes opositores que nos puedan derrotar. A pesar de todos los recursos y la movilización, perdimos aquellas elecciones. Menos mal que algo pudimos hacer para resolver el asunto. No me queda ningún remordimiento. ¿Acaso debemos entregar el poder al enemigo de clase por haber alcanzado menos votos en una elección del sistema representativo burgués? ¡Ni de vaina! Una revolución no puede perder elecciones, como dijo Fidel.

Y los partidos opositores… No podemos desaparecerlos. Los medios de la derecha internacional y los gobiernos de otros países nos harían la vida imposible. A los opositores los necesitamos por ahora, siempre y cuando no sean un enemigo real. Nos servirán para mantener el tono de conflicto que una revolución siempre necesita. Los asfixiaremos pero no los ahorcaremos. Más adelante se harán insignificantes. Al igual que los espacios políticos que puedan alcanzar en Estados y municipios.

Cuando se fortalezca la arquitectura del Estado comunal el Estado liberal burgués será sólo una sombra. Las alcaldías y gobernaciones casi no tendrán competencias ni recursos. El poder real estará en la organización comunal de la sociedad, a lo largo y ancho del territorio.

Me causa risa escuchar a los opositores criticando al Estado comunal que vamos construyendo. Usan argumentos de la institucionalidad que vamos derrumbando para denunciarnos. Dicen que el Plan de la Patria es inconstitucional. Son unos desubicados. Pareciera que no quieren entender que esta es una revolución comunista. De nuevo tipo, es verdad. Pero comunista, en todo caso. En fin. Mejor para nosotros.

Pero me preocupa que no estemos avanzando tan rápido en la construcción del sistema parlamentario comunal. Es la manera de hacer elecciones sin riesgo de perder el poder. Como en Cuba. Nuestras comunas eligiendo a sus voceros ante la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Otro problema es nuestro propio partido. Y los benditos aliados. Hay tanto que hacer para convertirlo en una fuerza ideologizada y eficaz. Nuestro partido tiene que ser el “Príncipe moderno”, como decía Gramsci. Una voluntad colectiva organizada, la superación de la dispersión del pueblo. Algo semejante a lo que debemos hacer también con la Fuerza Armada. No sólo tenemos que militarizar al Estado y a la sociedad. Debemos politizar además a la Fuerza Armada. Pero hay tanto oportunismo y corrupción en esas organizaciones. Y, desgraciadamente, son asuntos que están más allá de mi ámbito de control.

No puede haber tantos burgueses

–Por supuesto, todo sería más fácil si la oposición se resignase. Pero, ¡carajo! ¡Esta gente no se cansa! Han pasado no se cuantos años fuera del poder y aún siguen quejándose y protestando. Ya hay incluso otra generación de opositores. A veces, me parecen irreductibles. Son la mayoría, por lo que dicen las cifras. Pero la burguesía no puede ser nunca la mayoría de un país. ¡No puede haber tantos burgueses! Hay muchos confundidos y desclasados. Es la única explicación. Hablan de libertad y de derechos humanos. ¡Puros prejuicios burgueses!. Pero, me pregunto, ¿cuántos de los nuestros estarán realmente dispuestos a vivir en una sociedad comunista?

Por ahora tenemos que ganarnos a la clase media como sea. Eso está claro. Y nada mejor que la estrategia del palo y la zanahoria. Les quitamos libertades y les damos televisores pantallas planas. Pero ¿y si siguen aspirando a otras cosas? La cantaleta de la libertad y del progreso es dura de callar. Si tan sólo comprendiesen la utopía comunista que les construyo. Algunos se burlan de nuestra idea de alcanzar la “Suprema Felicidad del Pueblo”. Pero aunque se rían hacia allá vamos, hacia la igualdad “sustantiva”. Todos viviremos en igualdad de condiciones, aunque seamos todos un poco más pobres. Después de todo, ¿quién puede creer que en una sociedad socialista la gente vivirá como ricos burgueses? Y los que no lo entiendan, pues lo mejor será que se vayan del país mientras puedan.

Por eso decía Gramsci que si no logramos la hegemonía cultural el comunismo no será posible. No basta con controlar el proceso económico y modificar las relaciones de producción. Tenemos que poner definitivamente a los medios de comunicación al servicio de la creación de la consciencia socialista. La publicidad también deberá ser controlada, hasta minimizarla. Los canales privados se financian de eso. Irán cerrando o subordinándose a la propaganda oficial. Y tenemos que avanzar, por supuesto, en el control del sistema educativo. Pero la resistencia allí es tan fuerte…

Control, control, control. La palabra reiterada le trae un mal pensamiento.

Menos mal que no se organizan

– ¡Qué vaina! ¿Será que estamos creando un sistema de dominio y represión como el de Stalin o algo parecido? No puede ser. Nosotros luchamos por la liberación del ser humano. Como Gramsci, como Garibaldi, como mi padre. Los opositores y burgueses representan lo peor del género humano. No tengo ninguna duda al respecto. Por eso tenemos que neutralizarlos políticamente. Inhabilitar a sus líderes. Lograr que la mayoría que hoy son no tenga expresión electoral. Tenemos que desmoralizarlos. Por aquello de que quien no aspira a vencer, ya está vencido. Debemos quebrarles el espinazo. Convertirla en una oposición invertebrada, incapaz de erguirse. Pero que no desaparezca. Al fin y al cabo, su existencia nos mantiene en alerta. Ellos podrán ser, además, los culpables de cuanto problema se presente. Son los sospechosos habituales. Y si se convierten en un peligro pues chantaje, amenaza y represión con ellos. En ese mismo orden.

Aunque yo prefiero tácticas que no nos involucren directamente. Es mejor que se peleen entre ellos mismos y se dividan. Menos mal que una parte importante de los opositores son los principales detractores de sus propios partidos. ¿No entienden acaso que sin organización política no van a ningún lado? Por supuesto que no. Nunca han leído a Gramsci. ¿Qué sería de la revolución si esta gente se decidiese a reconstruir sus partidos? ¿Si miles y miles empezasen a militar y a actuar en forma coordinada? Mejor ni lo pienso.

La razón monstruosa

Los años pesan. Y el poder también. El cansancio y el sueño van venciendo al monje, al profeta, al intelectual orgánico. Al constructor de un orden comunista. Al destructor de una sociedad de hombre y mujeres libres.

–Pero, en última instancia, no importa lo que pase. Si la revolución es interrumpida será porque las circunstancias históricas no eran las más apropiadas. Ya renacerá en mejores tiempos. Si sumerge a la economía en la escasez, el racionamiento y en la miseria, mejor aún. Así superaremos definitivamente el consumismo capitalista. La prosperidad socialista es cosa del futuro. ¿Cuánto tiempo? El necesario. Décadas, siglos. ¿Quién lo sabe? Y, la verdad, tampoco me interesa.

Estos pensamientos lo tranquilizan y, finalmente, se hunde en el sopor. Su visión del mundo sigue intacta. Está hecha a prueba de evidencias. Él tiene la razón y nada ni nadie en este mundo podrán demostrarle lo contrario.

El sueño de la razón produce monstruos, pensó Goya. No se equivocaba. Uno de ellos, taimado y perverso, habita hoy entre nosotros. Desde el poder pretende empotrarnos dentro de su sociedad utópica. No lo logrará.

ROBERTO CASANOVA ― LA PATILLA
@roca023