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Conociendo al filósofo Socrátes, Parte I. Carlos Goedder

El historiador Paul Johnson da una semblanza completa sobre la vida, el tiempo y la obra de Socrátes en un estudio recién publicado en castellano.

A la indispensable filósofa Gloria Comesaña Santalices

El historiador británico Paul Johnson nos ha legado estudios sobre el cristianismo, los hebreos, los intelectuales, Napoleón, Washington y Churchill. Su publicación más reciente se ocupa del filósofo Sócrates, piedra angular de eso que llamamos ·”filosofía occidental”. Estoy empleando el original en inglés para este trabajo (Socrates: a man for our times, Viking / Penguin Group, 2011). La traducción castellana es de este año 2013 y la ha publicado la Editorial Avarigani como Sócrates: un hombre de nuestro tiempo.

Lo delicioso de la obra es que uno se siente caminando por Atenas al lado de Sócrates. El maestro vivió entre los años 470 y 399 A.C. Participó de una época brillante en su ciudad nación de Atenas. La obra de Johnson nos conduce a comprender que para captar a Sócrates es necesario vincularlo con su ciudad. El Siglo V A.C. fue el Siglo de Pericles, uno de esos tiempos que Voltaire consideraba el mejor en la historia de la humanidad, junto al Siglo de Augusto, el Renacimiento y la Francia de Luis XIV.

¿Qué tenía de especial Atenas? Siguiendo a Johnson: “Sócrates estaba orgulloso de haber nacido como ateniense. Vivió toda su vida en la ciudad y nunca la dejó salvo para servirla como soldado. Fue crítico frecuente de los modos atenienses y sus líderes pero nunca desmayó en su convicción de que era la mejor de las ciudades-estado griega donde vivir.” (p. 19). En el Siglo V antes de Cristo, Atenas tuvo un liderazgo político y espiritual fundamental en Pericles (495 – 429 A.C.) Atenas encabezaba desde el año 477 A.C. la Liga Délica de ciudades-estado griegas, una suerte de OTAN griega y había triunfado ante las ansias expansionistas del Imperio Persa.

En el Siglo de Pericles se dio una transformación espiritual cívica. La democracia se consolidó como sistema. El hombre fue colocado como el centro y medida de las cosas. Alejándose de los mitos y las supersticiones, la visión impulsada por Pericles fue antropocéntrica. Artistas como Fidias (490-432 A.C.) dejaron constancia de esa concepción en esa obra arquitectónica maravillosa que es El Partenón. El humanismo de Pericles se resumía en el panegírico que dio ante la victoria sobre los persas en 472 A.C. donde, según los registros, señaló como ideas esenciales que: “Atenas era una sociedad donde la justicia aplicaba de manera igual para todos, donde los hombres podían no ser iguales por diferencias sociales pero que esas diferencias sociales no detendrían a nadie a llegar a lo más alto si tenía suficiente habilidad. Todos los atenienses se sometían voluntariamente a la ley y el gobierno, el cual ellos mismos controlaban (…) La sociedad era abierta, el ejercicio del poder transparente.” (p. 42)  Debo insistir que estamos hablando de hace 2.500 años y esas palabras resuenan como el núcleo para definir lo que llamamos hoy día sociedad democrática occidental. El pensador favorito de Pericles era Protágoras (485-415 A.C.), a quien se atribuye la frase que fue consigna moral de Pericles: ·”el hombre es la medida de todas las cosas.” Las ciudades debían ser planificadas de forma racional y esto es lo que hace que la arquitectura griega y el Partenón estén cargados de símbolos. Es más, sus frisos por fin incluían figuras no divinas, mostrando la sensibilidad humanista del tiempo que lideró Pericles.

En ese entorno se consolidó el teatro griego, exponiendo los extremos de la pasión humana y con autores como Esquilo (525-456 A.C.), Sófocles (496-406 A.C.) y Eurípides (485-406 A.C.)  Es sorprendente como esos dramas griegos nos resuenen hoy día y nos planteen problemas que siguen vigentes en el ser humano. Es más, la psicología ha sacado términos de esas tragedias, como el famoso complejo de Edipo. Si una tragedia resumía el espíritu de Atenas bajo Pericles era “Prometeo Encadenado” de Esquilo, la cual muestra a Prometeo regalando a sus congéneres el fuego y las artes, pagando por ello el castigo de Zeus. Siguiendo a Johnson: “Prometeo es presentado como el campeón de los oprimidos y como un pensador altamente independiente, y esta gran pieza teatral, enormemente excitante para Sócrates – cuyas simpatías eran fuertemente a favor y en contra del protagonista- fue puesta en escena frecuentemente durante su vida.” (p. 42)  La música era otro arte fundamental en ese humanismo griego y Pitágoras (el mismo que nos intimidaba con su teorema sobre triángulos en el bachillerato) estableció correspondencia entre reglas matemáticas y musicales, fundando el núcleo de nuestras escalas y armonías modernas. Lo relevante es la preocupación ética y filosófica que teatro, música y también poesía suponían para los griegos. Platón, quien fue el discípulo más célebre de Sócrates y vivió entre 428 A.C. y 347 A.C., pensó en un principio ser un poeta. A diferencia de él, Sócrates carecía de un dominio riguroso sobre matemáticas, poesía o música.

En ese entorno, Sócrates se ocupó de los problemas morales. Podemos decir que ese humanismo griego le hizo reflexionar sobre el hombre como problema fundamental. Su meta era mejorar al ser humano. Siguiendo a Johnson: “Decidió temprano en su vida el ser un maestro, o como él lo diría, un «examinador» de los hombres y que esa sería su ocupación pero no su profesión: no cobraría por ello. Por ello, uno de sus objetivos fue reducir sus necesidades a un mínimo absoluto.” (p. 28) Estamos hablando de un pensador frugal, quien no dejó obra escrita alguna ni fundó institutos educativos como la Academia o el Liceo. A diferencia de los sofistas, quienes entrenaban a políticos y los jóvenes acaudalados en el arte de la persuasión y la retórica, cobrando honorarios cuantiosos, Sócrates se contentaba con dialogar con personas de cualquier estrato social. Le gustaba conocer los oficios que hacía la gente y cómo pensaban individuos de distinta condición. Era un observador y un maestro en el arte de interrogar. Era ajeno a emitir juicios y censurar. Le gustaba que, mediante preguntas, la gente fuese reflexionando e hilvanando su pensamiento y conceptos propios. Es el método de ·”preguntas cruzadas” (p. 30), donde una pregunta da origen a una respuesta y a otra nueva pregunta. Sócrates nos enseña a cuestionar y pensar desde el Siglo V A.C.  Para él, “Una vida sin examen es una vida que no merece vivirse.” (p. 98)

Sócrates procedía de la clase media. Su padre era artesano y se dedicaba a trabajar la piedra, en una profesión que en inglés y no por casualidad se llama “mason” (los masones modernos tienen símbolos de trabajo artesanal y arquitectónico). Sócrates dominó ese oficio y sirvió también como soldado en las guerras atenienses. Un dictado de Lady Longford dice que la esposa de un santo es una mártir. Sócrates estuvo casado con Jantipa, con quien tuvo tres hijos. Quizás no fue su primera esposa ni la única. Nos ha llegado un retrato agrio sobre el temperamento de esta dama y se la muestra como antagonista de Sócrates. No obstante, siguiendo a Johnson: “Jantipa debe haber contribuido a su alta opinión sobre la habilidad de las mujeres y a su creencia de que en la mayoría de materias eran iguales a los hombres.” (p. 33). Johnson cree que fueron una pareja feliz, a su modo claro.

El brillante tiempo de Atenas se vio revertido por una epidemia de peste en el año 430 A.C.  Bajo esta conmoción de salubridad pública falleció Pericles. En aquel tiempo se comenzó a expandir la especie de que esta catástrofe era fruto de haberse apartado de los Dioses. Aspasia – la bella amante de Pericles, Fidias y muchos personajes públicos – incluyendo Protágoras – fueron sometidos a prisión y escarnio público, en una caza de brujas. Ese espíritu acabaría años después en la orden de muerte contra Sócrates, colocando una sentencia de muerte a un tiempo brillante de la humanidad.

En la próxima entrega elaboraré más sobre Sócrates y su obra, siguiendo a Johnson. No obstante puedo ir anticipando un esbozo.

Sócrates se nos presenta como un personaje jovial y agradable. Se muestra imperturbable ante las circunstancia, incluso durante su agonía, cuando se le ordena tomar el veneno de la cicuta. La virtud es un problema clave para él.  Para él, evitar los excesos era la clave de la virtud. Consideraba la pobreza como un atajo hacia el autocontrol. Consideraba que la alta cuna y la riqueza llevaban al mal. No obstante, no era un asceta y sabía disfrutar un buen vino y una buena comida, además de ser entusiasta bailarín.

Johnson nos dice que “su más profundo instinto era interrogar”. Su objetivo era la “investigación del mundo interior del hombre.” (p. 77) Dejó de lado ambiciones políticas, las cuales hubiese podido llevar a  buen término con su capacidad para comunicarse con individuos de cualquier clase y su simpatía. Cicerón (106 – 43 A.C.), el filósofo y político romano, consideraba que “Sócrates fue el primero en bajarnos la filosofía de los cielos, y establecerla en las ciudades, e introducirla en los hogares y forzarla a investigar la vida ordinaria, la ética, el bien y el mal.” (p. 80). El historiador griego Plutarco (46-119 de nuestra Era) señalaba sobre Sócrates: “fue la primera persona en demostrar que la vida está abierta a la filosofía, en todas las épocas, en cualquier lugar, entre todas las clases de gente, y en cada experiencia y actividad.” (p. 80)

El tema es que Sócrates no nos dejó obra escrita y lo conocemos a través de otros. El principal discípulo fue Platón, quien nos regala obras concebidas como Diálogos, en los cuales se demuestra el método práctico de Sócrates al ir interrogando y elaborando maravillosas conversaciones filosóficas sobre la virtud y los problemas humanos. No obstante, hay un problema:  Platón gradualmente se va apartando de Sócrates y le atribuye en los diálogos ideas que son platónicas. Sócrates acaba siendo un ventrílocuo del platonismo, lo cual hace que Paul Johnson hable de “Platsoc” para referirse al Sócrates que Platón nos retrata. Esto no desmerece a Platón – sin quien probablemente sabríamos poco o nada de Sócrates-, mas debemos tener precaución con el retrato que nos da y saber cuándo se detiene Sócrates y aparece Platón. Debemos, usando los términos economicistas, “deflactar” el Sócrates que nos da Platón.

Elaboraré más sobre este seminal personaje en la próxima entrega. Como comentarios finales, debe destacarse, para evitar esa arrogancia occidental tan costosa en todas las épocas y hoy especialmente, que Confucio (551 – 479 A.C.) en China y Esdras en Israel desde el 458 A.C. andaban intentando ejercicios de educación moral no menos destacables.

Y cierro con lo que nos dice el filósofo contemporáneo Nassim Nicholas Taleb en The Bed of Procrustres: “Sospecho que condenaron a Sócrates a muerte porque hay algo terriblemente carente de atractivo, alienante e inhumano en pensar con demasiada claridad.” (p. 11)

Bogotá, Mayo de 2013

CARLOS GOEDDER

@carlosgoedder

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