Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Contrabando y omnipotencia. Domingo Fontiveros

La economía subterránea, donde la gente busca escapar de los controles atorrantes del gobierno.

Al Gobierno le encantaría que todo venezolano entrara por el aro y cumpliera a pie juntillas todas sus disposiciones económicas, por más absurdas que parezcan. En buena medida lo logra a nivel de agentes económicos grandes y medianos, debidamente registrados y sometidos al continuo seguimiento de un enjambre de funcionarios de los más diversos organismos, aunque con frecuencia las consecuencias finales son contraproducentes para empresas, trabajadores, consumidores y hasta para la popularidad del gobernante.

A nivel de agentes pequeños y hasta microscópicos, la efectividad de los controles es mucho más baja. Aquí estamos hablando de bachacos, buhoneros, transportistas informales y los llamados contrabandistas de extracción, que como una marea han ocupado espacios en la geografía económica del país, sacando ventaja de las grotescas distorsiones de precios ocasionadas por las políticas oficiales. Donde no se atreven los grandes, osan los pequeños, para interminable incomodidad de las autoridades.

El bachaqueo es una modalidad particular de este régimen anticapitalista, que está brotando, según la prensa regional, en algunas ciudades, y que consiste en comprar del comercio formal artículos de precio regulado, en cantidades importantes para ellos, para inmediatamente revenderlos más caro en las inmediaciones, utilizando una red de compra y reventa que se moviliza por celular. La policía los acosa y persigue, pero en apariencia siguen pululando.

Los buhoneros hacen algo parecido aunque están conectados, aparentemente, con sectores formales con el cual comparten ganancias.

La última idea salida del régimen es prohibirles negociar con bienes regulados. Los transportistas informales arman su red por los caminos verdes, según dicen, para evadir alcabalas y otros puntos de control.

La gasolina, por supuesto, no escapa de estas prácticas de una gama de nuevos comerciantes engendrados por el ADN del régimen, que saca provecho del bajísimo precio interno para revenderla en otro país y hasta en alta mar.

Los gobernadores de estados fronterizos han mostrado un celo particular para combatir estas prácticas con mayor represión y control policial, incluso con el uso de herramientas electrónicas de alta tecnología y campañas de concientización. Pero su lucha luce cuesta arriba. Los diferenciales de precios son tan grandes que las transacciones son sumamente lucrativas y por cada actor castigado aparece otro (u otros) dispuesto a hacer lo mismo. Las mismas autoridades señalan que los guardias y policías se cansan o terminan siendo parte del negocio, y el flujo ilegal no puede ser erradicado.

Es un tema típico de economía subterránea, donde la gente busca escapar de los controles atorrantes del Gobierno. Ha existido en todas las economías socializadas y nunca pudo ser erradicada ni siquiera en las más atroces dictaduras. En Venezuela es un resultado crecientemente activo de una actitud política que pretende combatir los efectos indeseados del control burocrático con nuevas reglamentaciones y mayores controles, que potencian el problema.

Los gobiernos socialistas se creen omnipotentes. Esa es su mayor debilidad. Y el mayor inconveniente para quienes aspiran participar en los frutos perdurables del crecimiento, un mayor empleo y mejores salarios.

DOMINGO FONTIVEROS ― EL UNIVERSAL
dfontiveros@cantv.net