Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Corazón de León. Victor Maldonado

Vivimos en un país sumido en una larga turbulencia, lleno de acontecimientos sorpresivos que ponen a prueba el talante de sus líderes.

Fernando Eseverri acaba de concluir su período de dos años como presidente de la Cámara de Caracas. Tuve la oportunidad de compartir con él estos 734 días de gestión, que en ningún caso fueron fáciles y que de ninguna manera transcurrieron sin costos. Vivimos en un país sumido en una larga turbulencia, lleno de acontecimientos sorpresivos que ponen a prueba el talante de sus líderes, sobre todo de aquellos que tienen que poner en una balanza sus propios intereses contrastados con los del país. No siempre la balanza se inclina hacia el lado apropiado, pero este no fue el caso.

Tenemos décadas aspirando a la paz y al sosiego. Todavía no se nos da, y sabrá Dios cuando nos concederá esa posibilidad. Lo cierto es que entre 2012 y la actualidad, el país y la ciudad se vieron conmovidos por acontecimientos políticos turbulentos y por la decantación de un modelo económico que no da para más. Para un gremio empresarial no queda ninguna otra posibilidad que aferrarse a sus principios. Y así se hizo. Invocar los derechos de propiedad, libre comercio, ética de los negocios y mantener siempre la sensibilidad por lo que está ocurriendo y quienes lo están padeciendo fueron el signo de su gestión. Eso, y una personalidad en la que se imponía la corrección hacia el futuro, escenario para hacerlo siempre mejor, y un desapego por el pasado, como si en estas épocas fuera insignificante el detenerse un solo instante a llorar sobre la leche derramada. Esa es una gran lección de gerencia en un país resentido y de resentidos, donde a veces luce más importante buscar el culpable que mantener la ruta y seguir avanzando.

Dicen que los nombres marcan el destino de la gente. Algo de eso debe haber porque llamarse Fernando, un nombre de pila español de varón, derivado del germánico Firthunands, necesariamente te convoca a la historia grande. Así se llamó el primer rey de León y conquistador de Pamplona, hecho ocurrido en el siglo XI de nuestra era. Así se llamó también el rey que tuvo la suerte de unificar por primera vez los reinos de Castilla y León, haciendo retroceder la avanzada musulmana, al reconquistar el reino de Jaén, el reino de Córdoba, el reino de Sevilla y Extremadura. Pero ¿qué significa ese nombre que tanta hidalguía ha dado a los que lo han llevado? La búsqueda me indica que no hay consenso en el significado, que podría ser “vida aventurera” o “el que se atreve a todo por la paz”. Tal vez ambas cosas sean lo mismo, porque los que intentan la paz se sumen siempre en un mundo de azares en el que las campañas nunca concluyen.

Nuestro Fernando es también vasco. Muy vasco, con uno de esos apellidos que lucen en todas las placas que presiden las plazas de los pueblos de Navarra cuando tienen que hacer el honor a aquellos que enfrentan la vida con heroísmo y en esos trances a veces la pierden. Esa es otra característica esencial de nuestro personaje. Asumir los compromisos hasta el final, encararlos con disciplina y calor, adoptarlos como propios, descomponerlos en sus elementos sustanciales, y tratar de sacarlos adelante. Que nadie se confunda, esa obsesión que todos le notamos es esa mezcla tan propia de los de su tierra, en las que coraje, cabeza y emoción se funden en una terquedad que produce resultados.

Dije al principio que fueron tiempos duros. Por vasco, por empresario, y seguramente por su esencia ignaciana, todas las épocas y cada una de sus circunstancias las enfrentó con una carcajada. Reírse de las épocas de conmoción, reírse mucho, sin que en ningún caso concediera espacio a la calamidad del desconsuelo. Reírse sin negar, y mucho menos para huir. Reírse y avanzar hacia lo que te tiene previsto el destino. Esa es la esencia de su valentía personal. Nunca lo vi huir. Pero tampoco negarse a seguir confiando. Otra importante enseñanza que me queda es ese afán por construir redes, por forzar la ampliación de los espacios, por intentar una conquista tras otra, hasta abarcar todo el espacio posible de identidad y compromiso con esos principios que no tienen sentido si no se expresan en buenas obras, buenas empresas, y buenos resultados. Fernando es un gerente sin esa infatuación que otros exhiben con menos logros. Su éxito es la cercanía y esa disposición a ser complementario sin defraudar a nadie o hacerle sentir mal. Para él lo importante es resolver, avanzar, conquistar y atreverse a ir más allá. Para él en eso consiste la aventura de vivir, en eso y en compartir con mucha generosidad sus experiencias.

Hay tiempos en los que hace falta mucho corazón para seguir y mucha valentía para no perderse en una ruta que parece hecha laberinto de perdición. Nuestro Fernando fue un buen líder, y el hecho de seguir aquí, banderas en alto, es la mejor demostración de que no nos equivocamos al invocar su compañía y su conducción.

VICTOR MALDONADO ― EL MUNDO