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¿Cuál legitimidad?

03/07/09

Por: Víctor Maldonado

Chávez perdió este round. Fundamentalmente porque se puso en el tapete cuan frágil puede ser la legitimidad de un gobernante. Que la validez otorgada a un orden social no está únicamente relacionada con los requisitos formales, y que más allá del origen del mandato es muy importante mantener la esencia del vínculo pactado con el resto de las instituciones, la sociedad civil y la opinión pública.

Esa es la única forma de evitar la pavorosa transformación del acatamiento social en represión y violencia. Que Zelaya haya terminado en pijamas y fuera del país solamente demuestra lo fugaz que puede ser el poder cuando se usa mal y se interpreta erróneamente la voluntad popular. A tales efectos es poco importante si el mandatario depuesto es reincorporado a su cargo. En el caso de que así fuera, tendrá que conformarse con ser una versión tropical y bananera del Emperador de Manchukuo, un nuevo y patético Puyi dirigiendo un gobierno títere que sólo sobrevivirá el tiempo que convenga a sus verdaderos dueños.

A nuestro presidente no le convienen esos sofocos de legitimidad. No puede quedarse al margen y permitir que dentro de su área de influencia política se airee la independencia de los poderes públicos y el respeto por las atribuciones de cada uno. No puede soportar que se planteen este tipo de desenlaces en los cuales (dejando la estética política a un lado) se le presenten al titular del poder ejecutivo todas las consecuencias que pueden traer consigo los excesos de autoritarismo, intolerancia e irrespeto que algunos de ellos acostumbran a cometer.

Tampoco puede tolerar que se discuta abiertamente sobre los límites en el ejercicio del gobierno, que no es posible funcionar adecuadamente si no hay un sometimiento absoluto e incondicional a la Constitución, y que por lo tanto esa forma tan arrogante de dirigir al país, donde la voluntad del presidente es más relevante que el Estado de Derecho, solo puede terminar en conflicto y enfrentamiento social.

Chávez quisiera que no hubiera tanto ruido. Para él, cuyo modelo de gestión es inapelable, perfectamente concentrado en sí mismo, y acostumbrado al torbellino de un proceso que no termina de modelar, es francamente inaceptable que otros piensen diferente sobre el rumbo que debe tener el país. Por eso es que el “efecto demostración” ocurrido en Honduras lo descolocó hasta la chapucería. Declaraciones y amenazas de guerra, advertencias de invasión, solidaridades automáticas y posiciones adelantadas fueron parte del guión previsto para estos casos. Pero cayó en la trampa. Porque para protagonizar esta comedia tuvo que reconocer de facto la Carta Interamericana y por lo tanto, aceptar que tarde o temprano pueda ser medido con esa vara de democracia, que exige no solamente el simulacro de unas elecciones libres y competitivas, sino también una conducta consistente con el ejercicio democrático, apegada al derecho, respetuosa de las libertades, y perfectamente delimitada en sus atribuciones.

Pero tal vez la pérdida mayor de este episodio ha sido la estupefacción del país, y la distancia con que apreció los sofocones oficiales. Todos los venezolanos han asistido a este sainete presidencial con el estupor de quienes se sienten perfectamente utilizados. Una vez más involucrados en un escenario de guerra cuya conveniencia nadie ha podido discutir. Una vez más subordinados los intereses del país a la arbitrariedad de la opinión presidencial. Una vez más postergada la atención a los verdaderos problemas de Venezuela, incapaces ellos de concentrarse para enfrentarlos con algún éxito. Una vez más todo el chavismo interpretando esa coreografía tan absurda, patética y pataruca de corear la histeria y de competir por la declamación más altisonante.

Una vez más presenciamos el intento de culpar a los medios y al otro imperio de lo ocurrido. Pero tal vez lo más sorprendente fue el notar cuánto daño pueden hacer las obsesiones fijas del presidente. Estoy seguro que nadie ha podido entender cómo y por qué se pudo involucrar a Globovisión en la trama, y qué sentido tiene que funcione como un chivo expiatorio a juro, como si atando esos cabos podía resultar más fácil terminar de cerrarla. Mientras tanto, el bolívar sigue debilitándose, no hay agua en Caracas, los bomberos de la Farías tienen que apagar incendios con tobos, y la inseguridad sigue siendo la única invicta.

victormaldonadoc@gmail.com