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De fantasía a alucinación. Domingo Fontiveros

El 8-D se abre otra ventana para botar las manipulaciones y dejar entrar aire fresco.

Durante los gobiernos de Chávez se desarrolló una enorme fantasía sobre el grandioso destino de Venezuela. Las almas de muchos se vieron inflamadas por la retórica del Presidente, quien con algunos tropiezos logró mantener viva entre sus seguidores la idea de una guerra ilusoria contra el capitalismo mundial y, más concreta, contra el empresariado nacional. Hasta que la fantasía estalló como pompa de jabón hacia el final de sus días y sobre todo con el ascenso al poder del ungido sucesor.

De la narrativa revolucionaria lo que queda ahora son desechos mal entrelazados y más que nunca estridentes. La intuición política del difunto presidente lo auxilió para regresar cuando excedía límites y a encontrar nuevos caminos. Sus fracasos en lo económico y social, sin admitirlos, lo llevaron a esa búsqueda y a inventar, para no errar, como alocadamente decía Simón Rodríguez. Hoy ese estilo brilla por su ausencia.

El nuevo jefe del régimen ha concentrado toda la parafernalia del poder que ostenta en acelerar la destrucción de la estructura económica nacional y encender las furias sociales. Es un ardid burdo para maquillarse en las pantallas como salvador de las crisis que desde las alturas del poder se siembran y alimentan. Porque la medidas que supuestamente van a componer los problemas no son más que utilería. Con el agravante de que no están limpias ni ofrecen inspiración para nadie.

La inflación desorbitada que agobia a los venezolanos es hechura de este gobierno. Probablemente algunos poderosos del Estado lo saben, aunque lo callen. Es preferible culpar a otros. Tiempo atrás, un prestigioso manipulador de opiniones, llegó a aseverar que la culpa de la inflación la tenían los propios consumidores que gastaban mucho en las tiendas y bodegas. Ahora se dice que son los comerciantes, industriales e importadores los responsables del tema, en forma tan peregrina. Es la tesis del chivo expiatorio.

El problema es que denigrar de los empresarios equivale a sacar del juego a unos actores principales del sistema económico, en jerarquía con consumidores y gobierno. Y, por supuesto, con la intencionalidad de que el régimen y sus amigos se adueñen del comercio internacional y otro pedazo grande de la economía, bajo la bandera falsa de justicia y eficiencia. El paso es a la injusticia e indefensión de los consumidores y trabajadores frente al Estado-patrón. El paso es hacia lo que hoy puede llamarse castro-madurismo.

Esta nueva etapa del régimen no puede sustentarse, sin embargo, en la máquina de fabricar fantasías como fue el predecesor del actual gobernante. No hay ni la capacidad ni el carisma. Tampoco hay la inclinación inventiva. Está forzado a sostenerse del apoyo direccional de sus asesores externos y en una dosis creciente de mecanismos mediáticos que podemos calificar de alucinógenos para doblegar la voluntad popular, así como de la presencia amenazante de la represión violenta selectivamente aplicada.

El 8-D se abre otra ventana, por así decirlo. Para botar las manipulaciones y dejar entrar aire fresco. Es más trascendente hacer cola, si la hubiere, para votar en contra de la pesadilla, que hacer cola para comprar leche, harina, electrodomésticos u otras menudencias del quehacer cotidiano. 

DOMINGO FONTIVEROS ― EL UNIVERSAL
dfontiveros@cantv.net