Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
Débiles poderosos. Victor Maldonado

No siempre se impone el poder. Es más, los momentos más oscuros de la humanidad siempre han estado relacionados con la pretensión de los que se sienten más fuertes de imperar unilateralmente sobre el resto, contando para ello con esa capacidad primitiva para la depredación que resulta por la explotación brutal del miedo a dejar de ser. Los hechos de fuerza son ancestrales. Pero también lo son el ingenio, la capacidad para burlar los designios de la autoridad, la paciencia, y la inteligencia. Ante esas otras competencias humanas el que solo tiene la fuerza está condenado a ser parte de ese trapiche implacable que se llama historia. 

Llegar a Itaca se había convertido en el objetivo de Ulises y sus compañeros de viaje. Cientos de peligros y trampas habían retardado diez años su arribo. Luchar contra los dioses era una tarea que a veces resultaba desalentadora. Pero nunca dejó de intentarlo, construyó alianzas, se arriesgó más de una vez y entregó el destino a su metis, esa mezcla virtuosa entre la prudencia y la perfidia. Oyendo los consejos de Circe decidió rehuir la voz de las “divinales sirenas y el florido prado en que éstas moran”. Solo él debía oírlas; pero atado con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil -para que esté allí sin moverse-. “Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis, atadme con más lazos todavía”. El resto debía tapar sus oídos con cera y abstenerse de la tentación que significaba. De esa forma escaparon a la locura y a la muerte. ¡Bendita sea la astucia!

Judit era viuda pero también seguía siendo bella. Educada, piadosa, creyente en Dios y amante de su pueblo, sufría con todos ellos la mano de hierro del ejército de Babilonia. Pero sabía que precisamente por eso, desde la frágil debilidad de su condición de mujer, podía y debía hacer la diferencia. Holofernes, el general invasor, la quería para sí. Ella lo sabía y rezaba: “¡Señor, Tú pusiste en mis manos una espada vengadora contra aquellos extranjeros que arrancaron el velo de una virgen para violarla, desnudaron su cuerpo para avergonzarla y profanaron su seno para deshonrarla. Aunque tú habías dicho: «Eso no se hará», ellos, sin embargo, lo hicieron”. Con un plan en la mente Judit accede a las pretensiones del tirano y se presenta en su tienda de campaña. Confiaba en su Dios y rezaba “Tú has hecho el pasado, el presente y el porvenir; tú decides los acontecimientos presentes y futuros, y solo se realiza lo que tú has dispuesto”. Se sabía su instrumento y confiada en su Señor usa todas las armas de las mujeres bellas mientras seguía rezando intensamente “Que mi palabra seductora se convierta en herida mortal para los que han maquinado un plan siniestro contra tu Alianza y tu Santa Morada, la cumbre de Sión y la Casa que es posesión de tus hijos…” Así retarda la entrega y el beso claudicante mientras copa tras copa transforma al invasor en una inmensa borrachera hasta que cae rendido en un sueño que iba a ser el último. Judit reza y confía “Por eso entregaste a sus jefes a la masacre, y así su lecho, envilecido por su engaño, también por un engaño quedó ensangrentado. Bajo tus golpes, cayeron muertos los esclavos con sus príncipes y los príncipes, sobre sus tronos”. Y eso fue todo. Lope de Vega lo describe con particular belleza: “Cuelga sangriento de la cama al suelo el hombro diestro del feroz tirano…”… “Porque tu fuerza no está en el número ni tu dominio en los fuertes, sino que tú eres el Dios de los humildes, el defensor de los desvalidos, el apoyo de los débiles, el refugio de los abandonados y el salvador de los desesperados”. ¡Bendita sea la astuta valentía de los que se creen justos y confían en Dios!

El 2 de junio de 1866 murió. Sesenta y seis años de una vida tumultuosa que había tenido como recompensa el ver su patria libre y el saber que nunca había declinado. Luisa Cáceres de Arismendi era ese heroísmo de las que resisten y nunca se entregan a la desesperanza o a la muerte. Ella fue virtuosa anfitriona de los patriotas que habían sobrevivido a la tragedia de la emigración a oriente para terminar refugiados en Margarita. Cuatro de sus tías no pudieron sobrevivir a la huida y al terror de verse perseguidas por la crueldad de José Tomás Boves. Eso ocurría mientras Rosete tomaba la guarnición de Ocumare y acababa con la vida de su padre. Sola ella, su madre y un hermano menor, en parte desvalidos, continuaron valientemente sorteando la tragedia hasta que las tropas del General Morillo la redujeron a la cárcel y al escarnio. Recién casada, perdió a su hijo, mientras la obligaban a beber el agua sucia y sanguinolenta que se coló en los aljibes alimentados con los restos del fusilamiento masivo de los patriotas que quisieron liberarla. Perdió el hijo pero nunca sucumbió a la desesperanza. Y sobrevivió ¡Bendita sea la persistencia de los que aman la libertad!.

Ninguno de ellos tenía la fuerza. Pero todos ellos contaban con convicción, inteligencia, valentía y valores por los que valía la pena luchar. Todos ellos son parte de esa historia que se cuenta y que pasa de padres a hijos como signos de que la fuerza siempre cede y que la debilidad es solo un punto de vista. ¡Que Dios proteja a Venezuela!

VICTOR MALDONADO ― NOTITARDE
victormaldonac@gmail.com
@vjmc