Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Democracia degradada. Marcos Aguinis

Uno de los fiscales más valientes, lúcidos y honestos que ha producido la Argentina se llama Julio César Strassera. Se desempeñó con sobriedad en el juicio a las Juntas y mantiene una impecable conducta ciudadana. No cultiva las mentiras. Desde sus entrañas, como un profeta solitario, de vez en cuando dispara artillería pesada contra los desaguisados que hunden nuestro país en una ciénaga de inmoralidad y decadencia. Pocos se atreverían a decir, por ejemplo, que “esta gente ha hecho en un gobierno democrático cosas que no se animó a hacer la dictadura”.

Agregó con igual contundencia: “Éste es un gobierno de ladrones”. No escatimó en denunciar la mentira que reina en torno a los derechos humanos, de los que, afirma, hay una utilización política. “Los dos Kirchner jamás se interesaron por los derechos humanos y las madres no pudieron ir a Santa Cruz mientras gobernaba Kirchner.” A Strassera no le tembló la voz cuando se refirió a Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto. “Lo de Hebe no me sorprendió, pero lo de Carlotto sí.” También fue durísimo con la designación de César Milani como jefe del Ejército. “Hoy, hay militares presos por mucho menos de lo que se le atribuye a Milani”, dijo. Incluyó, en el tenebroso mapa, a la Justicia. “Se quiere colonizar el Poder Judicial para garantizar impunidad futura; esta gente teme que si viene un gobierno decente va a tener que responder ante la Justicia.”

El discurso político ha degenerado en casi todo el mundo, pero llevamos una horrible ventaja. Mediante la mentira frontal o encubierta, las palabras se usan para fines distintos de su real significado. Entre nosotros llamamos progreso al retroceso, democracia al autoritarismo, público a lo gubernamental, Indec a la distorsión impune de las cifras, federalismo a la genuflexión ante la Casa Rosada y a la entrega de los bienes del país a su discrecionalidad, inclusión a mantener excluidos a millones de ciudadanos mediante subsidios paralizadores. Es fácil identificar más mentiras, pero este espacio tiene sus límites.

La machacona y desvergonzada propaganda ha impuesto en amplias franjas sociales una visión errónea. Los autodenominados protectores del pueblo parecen ser, en gran medida y según revelan las investigaciones periodísticas y judiciales, saqueadores de la riqueza nacional. La debida transparencia inherente a una democracia verdadera es encubrimiento tenaz y hasta burlón. La República es desguazada sin clemencia delante de nuestros ojos. Día tras día. Con mentiras al galope.

La palabra “modelo”, que debería referirse a un cuadro ideal o superior, tiene como modelo verdadero las fracasadas experiencias de Cuba y Venezuela. Cuba encendió fantasías redentoras en los años 50 y 60 (en las que yo mismo creí), mientras se devastaba la isla y encadenaba su pueblo a la férrea dictadura unipersonal de Fidel Castro. Venezuela lanzó el esperpéntico “socialismo del siglo XXI”, que encogió ese rico país a un grotesco digno de Ionesco. Ambos casos tienen al menos una virtud: demostrar que entre el fascismo y ciertas versiones del marxismo existen puentes de hermandad, tal como ya ocurrió en 1939 con el pacto entre Hitler y Stalin, que dio lugar al grosero bolchenazismo (que durante más de un año ni fascistas ni comunistas consideraron grosero, sino que se empeñaron en explicar con abundancia de racionalizaciones). Cuba y Venezuela añadieron a sus regímenes colores tropicales, con los discursos de nueve horas pronunciados por Fidel o el pajarito que le trae a Maduro mensajes del otro mundo.

Cuando Daniel Ortega tuvo que entregar el poder a Violeta Chamorro en Nicaragua, Fidel le preguntó por qué lo hacía. Ortega contestó con ingenua honestidad: “Porque me ganó en las elecciones”. Entonces, Fidel hizo pantalla a su oreja con la mano y volvió a preguntar, irónico: “Te ganó. ¿en qué?”. Ortega enrojeció de vergüenza ante el adorado maestro, que prefería las democracias de mentira, como las “democracias populares” de Europa Oriental. Ahora, muchos años después, siguiendo la “democratizadora” indicación de Castro, ha conseguido que le brinden la reelección interminable, que no haya segunda vuelta en los comicios y pueda gobernar por decreto. No tendrá que volver a entregar el mando. Es de suponer que en la Argentina algunos miran con envidia a Ortega. Ese pequeño país ha logrado “profundizar el modelo”. En otras palabras, a los gobiernos de Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y la Argentina los enlaza la deplorable tentación de quedarse para siempre, de impedir la alternancia, de no caer en manos de una justicia independiente. Por eso todos esos regímenes, desde el comienzo, aspiran a modificar la Constitución, garantizarse reelecciones, centralizar el poder, perseguir los medios independientes de información, amedrentar a la justicia, convertir el Congreso en una simple escribanía. Frente a pecados tan evidentes, suelen responder con mentiras “de a puño”, sin vergüenza, machaconamente. Afirman que son “la” Democracia (con mayúscula) porque asumieron tras una elección. Mentira. La democracia no se reduce a una elección, sino a lo que se hace luego de asumir.

Es curioso que muchos jefes de Estado -que sí son democráticos porque no han arrodillado al Congreso, ni a la Justicia, ni muchos medios de prensa, ni descalifican las voces opositoras, ni echan la culpa de su ineficiencia a diversos factores sociales- sigan rindiendo culto al patriarca de Cuba o al circense presidente Maduro. ¿Cobardía ante la mentira de que ellos (nada menos que ellos) son el progreso? También se suponía que Stalin y Mao eran el progreso, pero el genuino progreso empezó a crecer de forma notable tras su muerte.

La Argentina creyó haber dado un paso adelante irreversible a fines de 1983. No fue así. Quedaron vigentes algunas formas, pero se fue ahuecando el contenido. La palabra “instituciones” no genera entusiasmo. Muchos ignoran su importancia. O la descartan con asco. Los grandes avances que tuvo nuestro país fueron interrumpidos por la emergencia de un nunca totalmente muerto absolutismo monárquico. Se construyen muchos monumentos a la memoria porque tenemos mala memoria. No nos acordamos, por ejemplo, de cómo peregrinaban a Madrid los dirigentes políticos de entonces para obtener la bendición de Isabelita, esa pobre mujer encaramada a jefa de Estado y líder de un enorme partido político; se insistía en su capacidad por ser “la mejor alumna de Perón”. ¡Para racionalizar la mentira somos geniales! Nos olvidamos de por qué Galtieri fue a la guerra y masas compactas, ciegas, lo vivaron en la Plaza de Mayo. Nos olvidamos de que el Congreso, puesto de pie, aplaudió la catastrófica decisión presidencial de no pagar la deuda externa. Y así en adelante. Se mentía que eso era bueno para el país.

En la Argentina nos hemos resignado a la mentira. No se explicaría si no que durante tantos años una institución oficial como el Indec arrojase estadísticas falsificadas con alevosía. No se toleraría la mentira de que Fútbol para Todos existe para elevar el deporte, sino para inyectar una alta dosis de propaganda goebbeliana. No se aceptaría que la Presidenta diga que usa la cadena oficial porque los medios independientes no difunden los éxitos de su gestión, ya que su gestión dispone de una extensa, oceánica y abrumadora red de medios que sólo se dedica a ensalzarla. No se impediría la impresión de billetes de quinientos o mil pesos para que sigamos con la mentirosa ilusión de que la inflación es inexistente. No se habría dicho que la inseguridad es sólo una sensación. Una mentira tras otra. O encima de otra. O dentro de otra. Incesantes. Selváticas. Por eso los cañonazos del fiscal Strassera funcionan como un oportuno reflector. Muestran que nuestro jardín de las mentiras está impregnado de un veneno al que, tarde o temprano, lograremos erradicar.

MARCO AGUINIS ― LA NACIÓN