Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Desnudos y al extremo, por Victor Maldonado

Hay un programa singular que pasan en un canal de cable en el que una pareja o dos se someten a condiciones extremas con la peculiaridad de que lo hacen desnudos, tratando de emular las condiciones primitivas. Los dejan al
descampado con muy poca ayuda, un bolso de yute, una navaja o un cuchillo, yesca y, por lo que uno aprecia del guión, una compañía que puede complementar o simplemente restar.

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En los últimos días he aludido a ese programa para tratar de ilustrar lo que todos estamos viviendo, independientemente de que nos veamos como empresas, empresarios, directivos, gerentes o empleados. Todos estamos de igual forma sometidos a la precariedad y a la desnudez. Todos estamos en medio de la nada, y para colmo experimentando una inevadible tormenta que no parece concluir demasiado pronto. Cada quien deberá asumir el desafío con solo dos
atributos que pueden sumar o restar al éxito. El primero de esos atributos es la preparación física y emocional para resistir, y el segundo, el coraje moral que se necesita para sortear los obstáculos, convivir con el otro que te ha tocado en suerte, “hacer de tripas corazón”, mantenerte sereno, sonreír a pesar de todo, diferenciar lo esencial de lo que es insignificante, mantener el objetivo de sobrevivir, independientemente del esfuerzo que eso signifique, y no olvidar que en época de restricciones “todo animal es cacería”. Lo que demuestra el programa es que en condiciones
extremas son realmente pocas las cosas esenciales.

San Ignacio de Loyola solía decir que “en tiempo de desolación nunca hacer mudanza”. La recomendación del santo español deberíamos convertirla en un mantra, repetirlo hasta que se convierta en una de nuestras condiciones
esenciales. Él advertía que “la desolación es la oportunidad de la que se aprovecha “el mal espíritu” para hacernos fallar”, para llevarnos por el mal camino, la senda de los errores, la ruta equivocada, el desvarío, la desbandada, la huida y la derrota. Los tiempos de desolación hay que encararlos con determinación, firmeza y constancia en los propósitos. No
siempre es fácil, pero en tiempos borrascosos hay que replantear la trama de éxitos para darnos cuenta “lo esencial a veces es invisible a nuestros ojos” acostumbrados a la grandeza y especialmente miopes para las pequeñas cosas.
Ya es un éxito el poder experimentar el paso de un día tras otro. Las malas épocas son apropiadas para ver los progresos infinitesimales, los avances pequeños, la importancia de mantener la excelencia, el garantizar los procesos, el practicar las rutinas, el proporcionar estructura, roles, normas y valores. Se podrá caer el cielo, pero no nuestra forma de proceder.

Sigamos con la imagen que les he propuesto. Desnudos y al extremo. Mal tiempo y mala compañía. Empero, no hay excusas para que no mantengamos firmeza en nuestros propósitos esenciales. Para eso “mucho aprovecha -decía
San Ignacio- mudarse contra la misma desolación”, evadir los efectos perversos de la infeliz circunstancia, y eso se logra con cabeza fría, orando, meditando, examinando con objetividad la situación, y entendiendo que lo que estamos viviendo podemos verlo de cualquier manera, pero la mejor es asumirla como una experiencia difícil pero pasajera.

Tiempos extremos son la mejor prueba para nuestro talante. Nadie que no los haya experimentado en carne propia puede decir si es capaz de resistirlo o no. Soportar la duda, mantener la cordura a pesar de la ansiedad, exhibir fortaleza a pesar de la tentación -siempre presente- de la huida hacia lo incierto, mantenerse firme a pesar de las voces que intentan seducirte para que racionalices la desbandada, son todos ellos indicadores del talante moral que se necesita para superar la prueba. Porque ¡o lo logras o simplemente fracasas! No hay intermedios.

Yo les decía a mis alumnos que el programa mostraba que al final era más importante el coraje moral que la preparación física. Todos llegan con supuestos atributos de resistencia. Pero una cosa es la teoría y otra muy diferente el afrontamiento de la realidad. Allí es donde se ponen a valer la fortaleza de ánimo y las convicciones. Saber, por ejemplo, que “todo pasa” y que “la paciencia todo lo alcanza” pueden ser cruciales a la hora de estar en el medio de la nada, desnudos y sufriendo los estragos de una tormenta que amenaza con ser para siempre. Saber que nada es para siempre puede ayudar. Contemplar su belleza implícita e imaginar el momento en el que el sol se va a imponer a las nubes con su calor y luminosidad no deja de mejorar el ánimo.

San Ignacio recuerda que aun en los peores momentos “Dios está allí” aunque no lo sepamos y no lo sintamos. Él debería ser parte esencial de nuestras alforjas, como oportunidad e instancia para la consolación al probarnos en el compromiso, nuestra preparación, nuestra dedicación, el conocimiento que tenemos de nosotros mismos y la capacidad que tengamos para manejar nuestro ego cuando se pone a prueba.