Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Diálogo de idiotas

Publicado en Asuntos Capitales.com

Por: Roberto Salinas

14 de Noviembre de 2007

El modelo autoritario de nación, hasta el alternativo, aborrecen la disputa, el mero acto de no estar de acuerdo. Los enemigos reales de la razón, decía Isaiah Berlin, son esos que suponen tener un acceso privilegiado a la verdad. La humildad ante el conocimiento es un ingrediente capital para fomentar la libertad y la civilidad entre los seres de una sociedad.

Los políticos, sobre todo los que exhiben impulsos mesiánicos, son dados a decir que ellos “hablan con la verdad.” Pero si hablan con la verdad, entonces cualquier postura encontrada con su posición se convierte, instantáneamente, en objeto de descalificación. El diálogo, la apertura ante una pluralidad de ideas, de conjeturas, de refutaciones, ensayo y error, se vuelve un juego entre idiotas, mismos que presumen disfrutar un monopolio sobre la verdad.

El modelo autoritario de nación, hasta el alternativo, aborrecen la disputa, el mero acto de no estar de acuerdo. Los enemigos reales de la razón, decía Isaiah Berlin, son esos que suponen tener un acceso privilegiado a la verdad. No toleran que otros disientan, que se manifiesten en contra, sea con un artículo periodístico, una manifestación social, hasta una exclamación de que dejemos a otros hablar: “¿porqué no te callas?”

Sin un diálogo abierto, no hay posibilidad de tolerar diferencias, por consiguiente, no hay oportunidad de cultivar una cultura de libertad. Los presidentes se vuelven eternos, como Chávez y Castro. La libertad de elegir, por el contrario, implica la agonía de nunca saber si tenemos toda la razón sobre todos los aspectos de la sociedad. La función de una conversación civilizada es usar la dialéctica—conversar, en forma abierta, con el fin de ir puliendo ideas, de aprovechar la curva de aprendizaje de un proceso de ensayo y error, de progresar vía una evolución de intercambios intelectuales.

No se trata de callar—a menos de que nunca dejes hablar. En una sociedad abierta, reconocemos que la vida está llena de incertidumbres, complejidades y paradojas. No es reducible a una formula preconcebida, a un plan alternativo, a un proyecto total. En esta circunstancia, la humildad ante el conocimiento es un ingrediente capital para fomentar la libertad y la civilidad entre los seres de una sociedad.

Michael Oakeshott, otro gran filósofo de la libertad, defendía un concepto plural de conversación—una multiplicidad de voces (ciencia, poesía, política y otras más), donde no existe una voz que predomine sobre otras. El propósito es mantener el diálogo vivo, es mantener la conversación abierta, que no lleguen los tiranos, los demagogos, los idiotas, o los que presumen hablar con la verdad, y cierren esta apertura de ideas. Para estos, y otros de su especie, un argumento se gana con la expropiación de bienes, con la guillotina, con la fuerza brutal de una policía intelectual.

Una sociedad abierta celebra las chachalacas, racionales o despistadas, pero exige que se pueda llevar a cabo un argumento, un esfuerzo por cambiar las opiniones de otros, en lo que Wilfrid Sellars llamaba un “espacio lógico de razones.” La descalificación es un reflejo de intolerancia, mientras que presumir hablar con la verdad una manifestación de superioridad moral.

Debemos, como Berlin, Oakeshott y varios otros, desconfiar del proyecto grandioso, el socialismo autoproclamado, el fin de la historia, la tecnocracia moderna, u otros casos de arquitectónica social. Una cosa es criticar, otra descalificar; una cosa es el diálogo, otra cosa son los idiotas que presumen hablar con la verdad.