Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Discursos suicidas. Victor Maldonado

Vivimos una época de turbulencia, de cambios acelerados e impredecibles. Lamentablemente no es una turbulencia que se pueda aprovechar para desarrollar la competitividad del país. Es una forma de desvarío espurio que tiene su razón de ser en la irracionalidad política y en un manejo autoritario del poder cuya mejor expresión es la Ley Habilitante. De allí puede salir cualquier cosa, hasta la más inverosímil. Como lo malo se pega, la impunidad es ahora universal. La practican los motorizados con la misma intensidad que los altos magistrados, el parlamento, la policía, los organismos de inteligencia, o los ahora llamados “patriotas cooperantes”. Todo es posible, todo vale. Lo único malo es que la turbulencia se puede transformar en desorden y entropía y cuando eso ocurre hasta las excusas se envilecen y se transforman en “cuchillo para la propia garganta”.

Un discurso suicida es el intento, siempre fallido, de evitar asumir las consecuencias de las decisiones que se toman. En eso consiste, en “inventarse una”, en tratar de salir indemne de una tormenta que tiene un solo origen en la forma de hacer política que se llama “socialismo del siglo XXI, pero cuyos costos no se pueden pagar sin quedar absolutamente descapitalizados. Ese es el drama del Gobierno, que para donde voltea se encuentra con una crisis, que no puede desembarazarse de sus consecuencias, y que cada día tiene menos argumentos para justificarlas, y entonces, las excusas que presenta son peores que su posible silencio.¿

El discurso suicida más clásico es el del magnicidio, o la apelación a la lástima. En estos quince años, cuando las cosas aprietan, siempre sale una denuncia, un montaje, un arreglo, que nos hace ver una conspiración extrema que busca la aniquilación del gobernante. La primera vez causó preocupación, tanto por lo execrable del método, como por la supuesta necesidad social de llegar a creer que ese podía ser la única posibilidad. Ahora provoca indiferencia hilarante. Ahora, cada vez que salen con una nueva variación del tema, el comentario se reduce a la suspicacia que comenta “estos como que creen que uno es cogido a lazo”.

Otro discurso suicida es el de la “guerra económica”. Sucede que los que nos gobiernan no caen en cuenta de todo el poder que han exhibido a la luz de todo el mundo. Olvidan, por ejemplo, que Nicolás Maduro es el flamante titular de una Ley Habilitante que le permite hacer de todo, o que el extinto galáctico se ufanaba de pasearse por el territorio nacional pronunciando ese “exprópiese” con el que terminó apropiándose de cinco millones de hectáreas, miles de empresas y centenares de industrias. No recuerdan que ellos son los responsables exclusivos de cómo y cuándo se movilizan por el territorio nacional alimentos y productos esenciales, y no caen en cuenta que ellos son los titulares de 22 mil puntos de abastecimiento de la red Mercal. ¿Guerra económica? Lo repiten sin cesar, tienen sus voceros especializados, se escudan detrás de supuestos malvados especuladores y enemigos de la patria que impiden que “cada venezolano tenga un plasma”, el sueño dorado del general García Plaza, y emblema de los sucesos de noviembre de 2013. Siete meses después siguen los mismos problemas, pero la credibilidad del Gobierno está en el subterráneo, porque ese discurso permitió el saqueo pero no produjo lo único que le permitiría cantar victoria, la reposición de inventarios a precios bajos. Contrario a esto, la escasez ha escalado a niveles que los ha obligado a esconder esa cifra junto con la de la inflación.

La conspiración internacional es otra excusa recurrente. Esta vez la carcajada es continental. “Allí vienen de nuevo estos locos con esta teoría de la conspiración paranoica a mostrar láminas de power-point, fotos que ellos interpretan, correos y correspondencias mal habidas, y el hilvanado de una trama que resulta por lo menos estrambótica”. “Sucede que…”, comienza la nueva versión del cuento, todos están conjurados contra la salud del socialismo y la hermandad de los pueblos. Sale Evo y repite el coro, compitiendo con Ortega, Correa y CFK, para ver quién lo hace mejor y más rápido. Son capaces en el camino de expulsar diplomáticos, retirar embajadores y ganar una votación en la OEA, mientras convocan en suelo patrio una reunión expiatoria del Alba, con artistas invitados como Sean Penn. Hasta hace muy poco nadie se daba por aludido, pero ahora ese discurso ha terminado por irritar a quienes, al parecer, saben más de lo que dicen, y tienen las cuentas muy claras sobre quién tiene, cuánto y en dónde. Nunca entendieron aquello de “no molestes al que está quieto…”, o simplemente prefirieron esos aprietos que encarar a un pueblo insatisfecho.

Los discursos suicidas tienen la característica de ser progresivamente menos creíbles. Ese es el drama, que la opinión nacional está sobresaturada de conspiraciones, conjuras, guerras, malas confluencias y enemigos. Tan saturada como para develar lo que está detrás de tanto bochinche y desplante: el caos que resulta del peor Gobierno del mundo, el Midas inverso y recalcitrante que terminará por volverse y volvernos polvo cósmico y excremento. Este socialismo del siglo XXI terminará cambiando su reino por un caballo, para salir corriendo.

VICTOR MALDONADO | NOTITARDE