Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Disneylandia en el infierno. Victor Maldonado

Una porción de los venezolanos cree que vivimos dentro de un parque temático. Viven un mundo de fantasías y puesta en escena en la que cualquier cosa puede ocurrir. Una corte de los milagros espera que “esto” se resuelva sin tener que pasar la dentera, sin incurrir en costos, y sin que nadie se dé por aludido en términos del bolsillo. En este inframundo ilusorio la gasolina se regala, y el petróleo se dilapida entre compromisos ideológicos y pago de deudas atrasadas.

También se pretende suministrar agua sin invertir en embalses y sistemas de distribución -esperando que la lluvia llegue a tiempo-, y de la misma manera se espera que el fluido eléctrico llegue hasta el rincón más apartado del país, eso sí, sin meterle un dólar en nuevas inversiones, o por lo menos hacer el intento de mantener lo que hay en condiciones aceptables. Hay una atracción que se llama “la casa de la moneda”, que se encarga de suministrar todos los bolívares que el gobierno necesite para lubricar sus anuncios populistas. Y muy cerca opera “el BCV” que se encarga de funcionar como taquilla cada vez que Pdvsa se encuentra en aprietos.

 En este complejo de atracciones hay una inmensa montaña rusa de cinco carros. En el primero de ellos va la inflación, en el segundo se montó la escasez, en el tercero  el desempleo, en el cuarto el tipo de cambio y en el último, la inseguridad. La sensación es escalofriante, con caídas del abastecimiento, y aumentos brutales del costo de la vida. El vértigo socio-económico no tiene parangón, y la caída libre conduce a pailas encendidas donde se acumulan empresas quebradas, crímenes violentos, deserción escolar, prostitución, drogas y un caldo espeso de corrupción. El pasar por esta montaña rusa es obligatorio, y así lo indican amablemente unos milicianos que rutinariamente sellan el brazo de todos los que están ese día en la cola correspondiente.

Otro espectáculo famoso simula la sala de espera de un aeropuerto. Está  a cargo de espíritus burlones que anuncian la llegada de un vuelo que no termina de arribar nunca, y la salida de otros que, sin embargo, tardan demasiado en partir. Y si alguien se molesta, pierde. Allí sí se organiza la salida del vuelo, solo para decirte que tú no puedes abordar por “enemigo de la patria”. Los aviones, por otra parte, vuelan porque en el averno funciona la ley de la gravedad inversa, lo que debería caerse vuela, y lo que debería volar se cae.

En el centro está la atracción principal. Se llama “el infiernito venezolano” y es similar a un rompecabezas, pero incompleto. Y funciona para cada servicio prestado por el estado. Por ejemplo, si vas a sacar un pasaporte, de repente falta el papel, o se dañó la máquina fotográfica. Si el caso es que necesitas hacer un arroz con pollo, consigues el arroz, pero no te dan el pollo. Si tienes un niño lactante, a veces consigues leche pero te faltan los pañales. Y a veces tienes ambas cosas pero no las toallitas húmedas. En el caso de las medicinas, si sufres de hipertensión, colesterol alto y acidez, una quincena consigues una de tres, y la otra quincena logras reunir las otras dos, pero no hay la primera. A veces hay agua, pero no hay gas, y otras veces electricidad pero no recogen la basura. Eso sí, siempre hay inseguridad. Ésa no falta.

Bordeando esta disneylandia infernal está un carrusel que simula un “ruleteo hospitalario”. Como exige realismo, te dan un tiro en el abdomen, y comienza una carrera contra la muerte. Saben que tienen 45 minutos para culminar con éxito la misión. Ocurren mil cosas. Por ejemplo, puede llover y la ciudad se detiene. O un apagón, y el caos es monumental. Pero lo realmente emocionante es cuando llegas al primer hospital y, qué va, te devuelven porque el quirófano está fuera de servicio, porque la semana anterior hubo un tiroteo tipo “mafia de Chicago”. No queda otra que mirar el reloj e intentar una segunda oportunidad. La segunda opción, tal vez, esté operativa, pero los médicos están en el Teresa Carreño oyendo un largo discurso del comandante ultra-galáctico. Sigue la ruleta -de eso se trata- hasta que te das cuenta que es imposible ganar. Es, de hecho, un juego organizado para que todos pierdan.

Lo genial de esta “disneylandia infernal” es que aquí todo va ocurriendo sin pensar en los costos. Nada se paga, nada se cobra, pero hay una ley de hierro de la que no puede escapar el infierno. Si no pagas, si no cobras, no significa que no haya costos que alguien tiene que asumir. “No hay almuerzo gratis”, es el cartel que está a la salida, oscura, abisal, que conduce a ningún sitio. Hasta en el infierno, o se pagan los costos, o la atracción más absurda desaparece.

VICTOR MALDONADO | VICTOR MALDONADO
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