Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Dos celebraciones que contrastan.

En febrero asistimos a dos eventos diametralmente opuestos. Aunque celebraciones colectivas, uno representaba la fiesta de la democracia, el otro una nostalgia de antaño.

El 12 de febrero y el 4 de febrero pasado marcaron dos celebraciones radicalmente opuestas. La primera fecha fue una fiesta democrática. La oposición realizó toda una megaelección:

eligió al candidato presidencial, y candidatos a gobernadores y alcaldes. Los cinco precandidatos presidenciales que se mantuvieron hasta el final de la contienda rivalizaron manteniendo todo el tiempo un tono civilizado. Elevaron la política al rango que le corresponde: un espacio en el cual se resuelven las diferencias colectivas mediante la consulta a los ciudadanos, la deliberación firme, pero respetuosa, los acuerdos en medio de las discrepancias. En el mundo del poder y la política nadie con un mínimo de sensatez aspira a que se logre la unanimidad o exista el servilismo, solo se exige que se enjaulen las fieras violentas o la rivalidad sin mesura.

Las primarias de la oposición fueron un esfuerzo de unidad por el que muy poca gente apostaba. El Gobierno, acostumbrado a escuchar y obedecer una sola voz de mando, se equivocó al creer que la consulta fracasaría. Creyó que los partidos más grandes asfixiarían a los más chicos, y que estos no aceptarían esa hegemonía. Se imaginó que los candidatos de las organizaciones más engrasadas eclipsarían a los aspirantes independientes. Aquí también se “peló”. Ambos pronósticos fallaron. La convivencia entre fuertes y débiles se dio sin que los tropiezos propios de una batalla electoral dejaran traumatismos irreparables. Los aspirantes y los grupos que los acompañaban, aunque expresaron diferencias significativas en torno a temas importantes, lograron ponerse de acuerdo en torno a unas normas y a una plataforma programática común.

Las primarias se le transformaron Hugo chávez en una pesadilla. Quien se autoproclamó candidato vitalicio del oficialismo y líder único e insustituible de una autocracia anacrónica e inepta, se sintió amenazado por la fuerza de unos partidos, unos líderes y un pueblo que no aceptan retornar al esquema de la Venezuela gobernada por Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez. La jornada del 12-F fue una gigantesca celebración democrática y un canto a la inclusión, a la pluralidad y a la libertad.

Más de tres millones de venezolanos salieron a escoger a los candidatos unitarios en sus respectivos circuitos electorales. Casi dos de ellos optaron por Henrique Capriles R. Cerca de un millón lo hizo por Pablo Pérez. Entre ambos concentraron 95% de los votos. Una verdadera proeza de democracia participativa.

El 4-F fue exactamente lo contrario. El cuartelazo de aquel día de febrero de 1992 fue recordado veinte años más tarde con la nostalgia que los nazis conmemoraban el frustrado Golpe de la Cervecería, ejecutado en 1923 por un Hitler que daba sus primeros pasos junto a sus tropas de asalto por las calles de Munich. O como Fidel Castro recrea el oscuro episodio del 26 de julio de 1953, cuando en un acto de temeridad suicida condujo a la muerte a un grupo de jóvenes en el asalto al Cuartel Moncada de la Habana. Ambas aventuras fracasaron por la irresponsabilidad de sus jefes, pero los dos, Hitler y Castro, convirtieron las asonadas golpistas en el acta de nacimiento de sus respectivos proyectos totalitarios.
El pasado 4-F se celebró a una semana de las primarias. La pompa que el régimen le imprimió fue calculada. Los Próceres fue el escenario ideal para revivir, con rasgos atenuados, el fiasco de dos décadas antes. Todos los ingredientes que componen el rostro de las dictaduras con espíritu fascista estuvieron presentes: culto a la personalidad, despliegue de fuerza para atemorizar, movilización de las milicias, fanfarria militar, identificación entre gobierno, partido, ejército y milicias, reducción a su mínima expresión de la presencia civil, uso de un pseudolenguaje que modifica el sentido tradicional de las palabras y los conceptos, adulteración de la historia para exaltar al héroe y justificar los desbarros.

Este fue el estilo empleado por los fascistas, los nazis y los comunistas en la URSS y en Europa Oriental. Es el esquema seguido por la dinastía Kim en Corea del Norte y por los hermanos Castro en Cuba. El mandatario venezolano solo acudió a una fórmula trillada por los totalitarismos, por las tiranías y por las dictaduras convencionales. Nada original, aunque sí intimidatorio.
Frente al 12-F, el 4-F representa el atraso de la Venezuela cuartelaría donde el poder militar ignoraba y aplastaba al poder civil. Donde la barbarie se le imponía a la civilización. Donde el autoritarismo y los jefes mesiánicos se les imponían a los líderes democráticos. El 4-F encarna la peor Venezuela. Ese país donde el ogro del poder personalizado en un gamonal andaba suelto sin que ninguna Constitución ni ninguna institución pudiera contenerlo.

El 12-F se eligió a los candidatos que tendrán la posibilidad de recuperar la democracia.

@tmarquezc