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Economía del disparate. Gerver Torres

¿Cómo hacen los países que buscan y atraen gran cantidad de inversión extranjera?

En la medida en que se intensifican los males y padecimientos de la economía venezolana, en esa misma medida aumentan los disparates que el régimen ofrece como explicaciones de lo que está pasando. Vivimos no solo en la economía de la escasez, sino también en la economía del disparate. Cuando se trata, por ejemplo, de explicar los factores que inciden en la crisis cambiaria, el oficialismo menciona, entre otros, la demanda de divisas que hacen las empresas extranjeras para convertir sus dividendos en dólares y repatriarlos. Esos requerimientos han sido estimados hasta en 9 mil millardos de dólares; un monto sin duda significativo en el actual cuadro macroeconómico del país.

La pregunta que no se hace el régimen es: ¿cómo hacen los países que buscan y logran atraer gran cantidad de inversión extranjera? Para no ir muy lejos, ¿cómo hacen aquellos países de América Latina como Chile, Colombia, Perú y México, que están captando mucha mayor cantidad de inversión extranjera que Venezuela? Esos países no están experimentando devaluaciones ni presiones sobre sus mercados de divisas del tipo que experimenta Venezuela.

La respuesta es sencilla. En esos países, un volumen importante de los dividendos que las empresas obtienen en sus operaciones se queda y reinvierte de nuevo en el país. Lo hacen porque las perspectivas económicas, el clima de inversión, les lucen favorables. Lo hacen porque tienen confianza en los gobiernos y sus políticas económicas. Que la demanda de divisas para repatriar dividendos sea tan extremadamente alta es el síntoma y no la causa del problema cambiario que padecemos. El régimen olvida mencionar que no son solo las empresas extranjeras las que quieren convertir en divisas sus dividendos; son todos los agentes económicos del país, nacionales y extranjeros los que buscan deshacerse a la mayor brevedad de cualquier saldo en moneda nacional que no necesiten en el cortísimo plazo. 

GERVER TORRES ― EL UNIVERSAL
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