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Economía para jugar. Domingo Fontiveros

El Gobierno ignora cómo acomodar juntas las piezas del rompecabezas económico.

Galbraith alguna vez aseveró que la economía era algo demasiado serio como para dejarla en manos de economistas. Ha podido agregar que mucho menos para dejarla en manos de políticos. Lo que ha aprendido el mundo hasta ahora apunta hacia la extrema importancia de que los políticos resuelvan políticas respetando el marco del análisis técnico, sin el cual las medidas terminan siendo como palos a ciegas, con más perjuicios que ganancias. Sobre este tema los venezolanos hemos aprendido mucho; por lo menos hemos tenido bastantes oportunidades de hacerlo.

Lo que nunca había ocurrido en Venezuela era tomarse, desde el Gobierno, a la economía como un chiste. Algo jocoso y divertido, que se mete en el bolsillo de la gente, adonde más les duele o más felicidad genera. Para arruinarlos o hacerlos millonarios, poco a poco, o de la noche a la mañana. Debe ser algo grandioso para algún tipo de personas, tener a todo un país como tablero para jugar caprichosamente a la economía.

Jugar caprichosamente es hacerlo sin reglas. Por antojo, simpatías u ojerizas. Es hacer entrar a todos en el juego que se controla de esta forma desde las alturas del poder. Donde el ganador es siempre el mismo poderoso porque está dispuesto a hacer lo que sea cuando quiera vencer. Es como colocar en dominó una ficha aunque no quepa o poner en ajedrez a la reina a saltar como un caballo, porque se es el dueño de la casa. Sin apelación posible.

A los niños así en inglés les dicen “bully” y aquí les decimos malcriados. Se quieren salir con la suya a cómo dé lugar. A los ya crecidos, se les puede llamar tramposos. Y frente a ambos, la reacción natural de los “compañeros” es dejar de jugar en tales condiciones.

Con la economía venezolana se ha venido jugando en estas condiciones desde hace más de una década, y últimamente en forma más nociva que nunca. Se quiere imponer el comercio bajo el cañón siempre amenazante de un funcionario. El Gobierno sabe que él mismo es causa de los males de que culpa a los demás. Y lo hace porque no hay nada tan divertido para su camarilla que sembrar de zozobra el espacio económico, con gente corriendo, haciendo colas imposibles, y arrebatando si es posible.

Jugar a la economía de esta manera ha ocurrido en muchas partes. Perón se burlaba de la devaluación del peso, aunque con el respaldo de reses y trigo, mientras el país se hundió en crisis que durarían casi 50 años. Mugabe alguna vez justificó la matanza de elefantes alegando que estas enormes criaturas tenían que pagar el precio por comer en su tierra. Aquí se ha dicho que las aglomeraciones a las puertas del comercio de electrodomésticos demuestra el enorme poder de compra de los consumidores.

El gobierno ignora cómo acomodar juntas las miles de piezas del rompecabezas económico. Es una tarea para la que parece no tener ni conocimiento ni vocación. Cuando al fin logra juntar una de las piezas, las demás se le desbaratan. Y tiene que volver a empezar. Es el régimen de siempre volver a empezar, donde el pasado existe como reminiscencia, el presente es un nuevo comienzo y el futuro está lleno de grandezas perdidas en los fracasos pretéritos. Y el juego se repite una y otra vez, como carrusel con luces que deslumbran y quieren esconder de la vista lo que ocurre alrededor.

DOMINGO FONTIVEROS ― EL UNIVERSAL
dfontiveros@cantv.net