Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Economía Política Constitucional. Carlos Goedder

En enero de 2013 falleció el nobel de economía 1986 profesor James Buchanan. Su aporte fue fundamental aplicando análisis económico a la teoría política.

Al profesor Gustavo Guevara Inciarte

Esta es la primera entrega de una serie en la cual se revisan los aportes del recién fallecido James McGill Buchanan, nobel de economía 1986. El profesor Buchanan, en compañía del profesor Geoffrey Brennan publicó, a punto de recibir el nobel, una síntesis de sus ideas en el área que él mismo denominó “Economía Política Constitucional”. Repasarla, además de apropiado para difundir el legado de Buchanan, es una oportunidad para invitar a pensar sobre el acuciante problema político del Siglo XXI. Más allá de la Gran Recesión iniciada en el año 2008, hay una crisis profunda en la democracia y los aportes de Buchanan y Brennan ayudan a abordarla por la opinión pública.

El libro que comento es LA RAZÓN DE LAS NORMAS. ECONOMÍA POLÍTICA CONSTITUCIONAL. Fue publicado originalmente en inglés en 1985 (THE REASON OF RULES. CONSTITUCIONAL POLITICAL ECONOMY) y la traducción castellana fue hecha por José Antonio Aguirre Rodríguez, quien hace el prólogo. Unión Editorial la publicó en 1987. Los propios autores señalan quién tuvo el comando en cada uno de los nueve capítulos y Buchanan se responsabiliza por los capítulos 2, 3, 5, 6 y 9. Acá recojo fundamentalmente los cuatro primeros capítulos del libro.

Los profesores Buchanan y Brennan forman parte de la escuela de pensamiento conocida como “teoría de la elección pública” y dentro de ella integran la rama contractualista. Lo de “contractualista se explicará en breve; sobre la “teoría de la elección pública” es válido para el alcance de este artículo apenas una breve puntualización que hace la revista THE ECONOMIST en su obituario a Buchanan (19 de enero de 2013, p. 67, traducción propia):

“La economía de la elección pública supone que los integrantes del gobierno son simplemente humanos. Se esperaría de ellos que cuiden de sí mismos en lugar de actuar como sacros mayordomos públicos(…) Los gobiernos son asediados por la ‘búsqueda de renta’, en la medida en que las empresas pretenden capturar ingresos financieros mediante privilegios gubernamentales o derechos de monopolio. Una compañía de construcción puede gastar su tiempo formando lobby para conseguir contratos gubernamentales en lugar de buscar clientes privados, por ejemplo. Esto absorbe no sólo los recursos de la empresa que consigue el privilegio sino también el de otras empresas buscando la misma concesión. En la medida en que las oportunidades para búsqueda de renta se expanden, se extraen recursos de actividades productivas para competir por obsequios gubernamentales. La teoría de la elección pública aconseja precaución y cuidado en expandir el rol del gobierno.”

Buchanan y Brennan señalan que muchas veces desconocemos cuál es la razón de las normas que nos gobiernan. Ellos son favorables a un enfoque de cambiar las normas dentro de democracia y paz. Son contrarios a quienes apoyan las reglas en la costumbre o consideran que es mejor dejar evolucionar espontáneamente las leyes. Consideran en tal sentido que “el contractualista tiene que ser incluido en la categoría de los revolucionarios” (p. 60) y plantean algunas de las cuestiones que les motivan (p. 40):

“¿Qué clase de sugerencias podemos ofrecernos en nuestras propias sociedades, manteniendo como hacemos, por otra parte, los beneficios de la cooperación y la expectativa de conflicto? ¿Qué aspectos de nuestra vida social deberíamos rechazar? ¿Dónde están las reglas del orden social – sistema de instituciones que gobiernan nuestra interacción – que pueden llevarnos a perjudicar a unos y otros? ¿Dónde están las fuerzas armonizadoras que se pueden movilizar? ¿Qué reglas – y qué instituciones – deberíamos esforzarnos por preservar? Estas cuestiones constituyen el área de investigación de lo que nosotros hemos llamado ‘economía política constitucional’.

Una frase resume su carácter revolucionario: “Si las reglas del juego socioeconómico-político no son en sí mismas artefactos sujetos a un cambio por construcción, queda poco que hacer salvo resignarse a soportar las fuerzas de la historia”. (p. 59)

Los autores rescatan así la motivación original de la economía. Los primeros tratados de economía, prestaban atención al marco institucional en que se realizan las transacciones económicas. El arreglo jurídico y las leyes son previas a los contratos que rigen nuestros intercambios económicos y según estas instituciones habrá ciertos tipos de estructuras económicas. Si una ley deja sin garantías la propiedad privada o es laxa con el fraude, difícilmente florecerá una economía. Siguiendo a los autores (p. 51):

“… Con respecto a algo más importante, como es la interacción económica entre personas, se ignoran a menudo las reglas que gobiernan la conducta individual en esa clase de interacción. Los propios economistas han sido notoriamente negligentes al respecto. Desarrollan con frecuencia sus complejos ejercicios analíticos sobre los mercados sin prestar demasiada atención a las reglas dentro de las cuales se desenvuelve la conducta individual en esos mercados. Adam Smith no era partidario de prescindir de estas consideraciones y puso especial énfasis en la importancia de las ‘leyes o instituciones’ del orden económico.”

La afirmación de los autores es contundente: “La ciencia económica es, o debería ser, una reflexión sobre el comportamiento individual en sociedad.” (p. 39)

Los conceptos claves para entender el análisis que hacen Buchanan y Brennan son “constitucionalismo” y “contractualismo” y se abordan a continuación.

El constitucionalismo hace una distinción fina: podemos concentrarnos en evaluar diversos resultados bajo unas reglas dadas. Estos resultados van desde qué deciden los ciudadanos comprar, cuánto deciden ahorrar o a quién eligen para presidente. Ahora bien, también es posible elegir entre reglas. En lugar de aceptar como dadas las reglas, el constitucionalista cree que pueden ser estudiadas y considerarse otras alternativas. Las constituciones son precisamente dinámicas y sus enmiendas son hechas para cambiar las reglas. En tal sentido: “… La señal más distintiva del constitucionalismo es la distinción categórica que establece entre los resultados generados dentro de un conjunto de reglas y las reglas mismas” (p. 58)

Algo importante sobre las reglas es que su elección es más difícil. Esto ocurre porque las reglas pretenden ser generales y cuasi-permanentes. Su elección tiene que hacerse con meditación para que perduren y sean aplicables en un amplio abanico de casos. Un ejemplo claro son las reglas deportivas. Una de las más importantes en el fútbol, por ejemplo, es la del ‘fuera de juego’ (off-side). La evolución de esta regla ha cambiado todas las estrategias de la defensa en equipos de fútbol y lo cierto es que durante un partido de fútbol la mayoría espera que esa regla se mantenga mientras el juego está en curso. En el fútbol aún no ha ocurrido la revolución del “ojo de halcón” que ya tiene el tenis, donde un dispositivo electrónico, con un máximo de aplicación, puede ser demandado por el jugador para verificar si el juez de silla tomó la decisión correcta. El mundo de los deportes es fabuloso para entender este tema de las reglas.

La vida económica claramente está expuesta a reglas y cambios inesperados en temas como manejo de las finanzas públicas, tamaño del Estado y limitaciones a los negocios que pueden hacer los ciudadanos generan resultados completamente distintos. Un venezolano o argentino tiene elecciones de inversión más limitadas y forzadas que un ciudadano quien sí puede invertir en activos extranjeros. Una regla injusta es claramente ineficiente y carente de equidad.

Ahora bien, algo más complejo y de lo cual Buchanan figura como más vehemente defensor es el contractualismo. El contractualismo lo que supone es que toda regla surge del acuerdo entre individuos. En lugar de suponer que la política va orientada a algo abstracto como “el bien común”, la visión contractualista jamás se ocupa de qué motiva a los individuos ni cuáles son sus preferencias. Interpreta simplemente que los individuos heterogéneos en objetivos y visiones sobre la vida se ven obligados a negociar entre sí, a hacer una transacción, en este caso política. Los autores son elocuentes: “En la visión contractualista la política se define como un ‘intercambio complejo’.” (p. 74) En política habrá individuos que buscan la libertad (para Brennan este es un valor fundamental), otros que opten por ser conservadores, unos obsesionados con la igualdad, algunos egoístas… En fin, sobre eso nadie discute. El contractualismo lo que dice es que esos individuos valen lo mismo, que es irrelevante quien está más cerca de un “bien común”; lo importante es que habrán de acordar, como iguales, unas reglas. Buchanan lo dice tajantemente: “El contractualismo deriva toda valor de los individuos que participan en la comunidad y rechaza las fuentes externamente definidas, incluidos los ‘derechos naturales’” (p. 59) y afirma sin ambages: “El supuesto normativo crítico sobre el que se sostiene o se derrumba todo el conjunto de la construcción contractualista es la asignación de valor exclusivamente al ser humano individual.” (p. 59)

En tal sentido, el contractualismo se distingue de quienes ven en la política una ciencia. El científico busca algo externamente definido, que es ajeno a él mismo: la verdad. En el contractualismo no interesa encontrar esa verdad o “bien público” como problema. El asunto es cómo alcanzan los individuos un acuerdo sobre reglas. Ninguna fuente externa de legitimidad aplica. Y es importante indicar que se puede ser constitucionalista sin ser contractualista. Se puede atender a las reglas e instituciones considerando que manan de algo externo o abstracto en lugar de acuerdos individuales.

Este sólo párrafo del libro de Buchanan y Brennan ilustra las consecuencias del contractualismo y vale su libro entero (p. 64):

“Las reglas del orden político, incluyendo la definición de derechos de las personas pueden ser legítimamente derivadas sólo a partir del acuerdo entre los individuos como miembros de la ‘polis’. No hay bases para la disputada noción de que los derechos individuales son algo definido por los gobiernos. Los individuos establecen los gobiernos con el propósito de garantizar y proteger los derechos pactados por el contrato (…) Por supuesto, al establecer una unidad política, tiene que garantizársele a los gobiernos alguna clase de poderes de coerción (…) En la asignación de estos poderes surgen problemas de control que no tienen fácil solución. (…) El gobierno puede, en este escenario, asumir el papel de redefinir los derechos individuales pero al hacerlo así viola explícitamente los orígenes de su legitimidad contractual.”

Esto es, el individuo es el sustento del poder y del gobierno, en lugar de que el gobierno pretenda estar por encima del individuo. Es el individuo el que da legitimidad al gobierno, en lugar de ser el gobierno quien le conceda legitimidad al individuo. Y se insiste que aquí lo que aplica es individuo, en lugar de otra noción abstracta: pueblo.

Las constituciones deben entonces resolver el problema de control: colocar límites a la autoridad gubernamental, para evitar que ésta desborde las funciones originalmente concedidas por el acuerdo entre individuos y que acabe profanando la autoridad individual. Esto, tan claro por ejemplo en la Constitución Estadounidense y sus Padres Fundadores, es terriblemente ajeno a los textos constitucionales en español. Según los autores: “La idea de que las constituciones definen los límites de la autoridad política es una abstracción que, al parecer, a muchos les cuesta comprender.” (p. 65)

Finalmente, lo más polémico: Buchanan y Brennan se preguntan el porqué hemos de pensar que en sus transacciones económicas los individuos buscan incrementar su riqueza y en política hemos de pensar que buscan algo distinto. ¿Acaso los seres humanos son como una computadora (ordenador en España) a la cual se le pone un sistema operativo en el mercado y se le pone otro programa cuando saltan a la asamblea política? Apelan entonces al “argumento de simetría” y suponen que el hombre en todas sus esferas de intercambio quiere maximizar su renta neta. Tenemos entonces al terrible y vilipendiado “homo economicus” apareciendo en la arena política.
En la próxima entrega elaboraré más sobre estos temas.

Madrid, Febrero de 2013