Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
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Ecuación optimista y educación de calidad. Jesus Alexis González

En su Teoría de la Modernización, Seymour Martin Lipset (1922-2006) señaló: si no hay desarrollo económico no hay desarrollo político; y tal expresión ha trascendido en el tiempo bajo la denominación de Ecuación Optimista. Al propio tiempo el autor indicó que se requiere cumplir dos requisitos para alcanzar una democracia estable: progreso económico y legitimidad democrática; bajo el entendido que cuanto más prospera es una Nación mayores son sus posibilidades de mantenerse en democracia.

En tal contexto, la definición de democracia que subyace en la Ecuación Optimista es la siguiente: Un sistema político que, de forma regular y constitucional, proporciona oportunidades para cambiar a los gobernantes. Es un mecanismo para resolver el problema de la elaboración de decisiones sociales entre grupos de intereses contrapuestos, que permite que la mayor parte posible de la población influya en esas decisiones a través de la posibilidad de elegir entre candidatos alternativos para el desempeño de un cargo público. Como bien puede inferirse, la definición anterior se diferencia muy claramente de otras formas de gobierno tales como la democradura, la dictablanda y del autoritarismo competitivo.

El desarrollo económico, como condicionante de la estabilidad del sistema político, se materializa mediante el comportamiento de ciertos indicadores: riqueza, industrialización y educación; donde la obviedad nos muestra que los países con mayor renta per cápita (como fruto del esfuerzo colectivo) son democracias estables.

A la Ecuación Optimista ha de incorporarse, según nuestro parecer, un tercer requisito; una educación de calidad; asumiendo como válido que cuanto más elevada sea la calidad en el proceso educativo, mayor será la posibilidad de, por una parte, fijar valores democráticos, y por otra parte procurar el desarrollo tanto económico como político, en el entendido que un currículo nacional lleva implícito el modelo de país que se aspira alcanzar, al igual que el tipo de ciudadano que se desenvolverá en sociedad iluminado por un esquema de valores como norte de conducta. Es claro que el proceso educativo debe estar alejado de cualquier forma de adoctrinamiento (impulsar la internalización de una doctrina y convertirla en la conciencia, voluntad y personalidad del ciudadano) que genere una división de la libertad, e intente consagrar un pensamiento único y un partido único como antítesis de un sistema político desarrollado. De igual manera, el sistema educativo ha de mostrar una sanidad ideológica que impida a toda costa una contaminación vinculada con una sola visión de la educación impregnada de ideología (conjunto de ideas de un movimiento político), y donde el salón de clases se convierta en un espacio para la ideologización (acción de hacer de alguien una ideología) sustentada en el ideario personal de un “líder” que en la mayoría de los casos asume tener una visión concreta para alcanzar alguna nueva forma de organización socioproductiva; ensayos que históricamente demuestran que han generado mayor dificultad para alcanzar el desarrollo económico de un país (en caso de lograrlo), con el agravante que en simultaneidad se aleja el potencial desarrollo político.

Es de Perogrullo señalar que la educación por sí sola (funcionando descontextualizadamente) está imposibilitada de solucionar los problemas que afectan a la sociedad desde su perspectiva social, económica y política; sin negar que es una de las variables de mayor influencia sobre el progreso individual y social, a la luz de su papel formador del capital humano que a su vez se traduce en  una alternativa para mejorar la distribución de la riqueza nacional. Es por ello que se hace necesario contar con una educación de calidad como factor de desarrollo, y para lo cual ha de entenderse que una política educativa sólo podrá alcanzar ese efecto dinamizador del desarrollo en la medida que esté integrada a una política económica (como resultante de la economía política) perfilada en función de un plan nacional de desarrollo que consagre la sociedad que se quiere construir (o refundar), y donde la personalidad y el espíritu crítico del individuo, así como la formación profesional, la educación para el trabajo, la formación ocupacional y el acceso de los trabajadores al adiestramiento y a la formación continua sean pilares fundamentales.

Finalmente, y guiados por los principios de la Ecuación Optimista, enfatizamos en que la eficacia del sistema político significa, en la modernidad, un progreso económico constante so pena que los conflictos entre los distintos grupos se traduzca en una desintegración social. Recordando igualmente, que en las crisis debe emerger la ingeniería política.

JESÚS ALEXIS GONZÁLEZ
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