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El ABC de la Ética

Publicado Diario El Universal 19/08/07

Por: Emeterio Gómez

Decíamos el domingo pasado que la filosofía ha fracasado -que llegó a su final-, no porque la ciencia la haya desplazado en el conocimiento del mundo exterior al Espíritu, sino por su incapacidad o imposibilidad de aprehender la “naturaleza” o el “Ser” de dicho Espíritu. No por deficiencias de la filosofía, sino porque ese ente, el núcleo que “define” lo humano, es absolutamente incognoscible. Y si la filosofía no puede decirnos nada acerca de ese núcleo -espíritu, alma, conciencia, corazón o como se nos ocurra llamarlo- ¿qué podemos esperar de ella?

Decíamos además, en ese artículo, que el Espíritu es radicalmente incognoscible por una “razón” sencilla: ¡¡porque no se puede conocer algo que se transforma -en otra cosa- al intentar conocerlo!! Por ejemplo, al cobrar conciencia de que somos mezquinos o arrogantes, ya no somos “los mismos”. (¡La Mismidad! esa noción básica alrededor de la cual Parménides fundó la Filosofía Occidental). Con sólo cobrar esa conciencia, aquello que íbamos a conocer ¡¡ya no es lo que era!! Su “Ser” ha cambiado: antes era algo inconsciente, ahora no; antes era una realidad natural ¡ahora una posibilidad moral!

En rigor, uno no es éticamente responsable de su mezquindad o arrogancia si nadie nos ha hecho ver esas carencias. Así como nadie es responsable por el daño que haga, si no se le hace ver que lo hace. No es por casualidad que son mas graves los delitos cometidos con premeditación y alevosía; ni es poca la diferencia entre hacer daño “sin querer”, hacerlo ex profeso o hacerlo “sin querer queriendo”.

Pero todo esto es sólo la mitad del problema; y -para atentar contra la razón- la mitad más pequeña del problema. Ciertamente el Espíritu es del todo incognoscible porque al conocerlo lo modificamos, pero ese es sólo el “mal menor”. La verdadera “razón” que lo hace incognoscible es que él no es una Realidad, sino una Actividad. No es un “Ser” dado o determinado ¡¡y listo para ser conocido!! sino una Voluntad. No un “Ser”, sino un Hacer. Porque no es siquiera -como creyó Heidegger- una Pura Posibilidad de Ser, es una Pura Actividad: algo menos cognoscible aún.

Porque el valorar moralmente nada tiene que ver con el conocer, ni tampoco con el interpretar. Porque éste es apenas un complemento de aquél. Porque en ambos, lo esencial es la realidad (dada o definida) que se conoce o se interpreta.

La característica esencial del Espíritu -la valoración moral- es radicalmente distinta del conocer y el interpretar: es la capacidad que tenemos de ¡¡poner en la realidad!! determinaciones que no provienen de ella, que no tienen nada que ver con ella.

Y es allí donde aparece el ABC de la Ética. Se nos ha enseñado en Occidente que ésta, la moral, es una realidad natural derivada de un conjunto de principios y valores absolutos que residen en alguna parte fuera del Espíritu: Dios, la Sociedad o el Topos Urano.

El verdadero problema del hombre es empezar a entender que las creencias religiosas, las tradiciones, costumbres y hábitos sociales influyen sobre la ética, pero que ella se constituye en la insondable profundidad de la Libertad Absoluta del Espíritu. No una Libertad que venga ya, necesariamente, asociada a los valores, sino una a la que el propio Espíritu -mediante un esfuerzo sobrehumano o sagrado ¡¡y con la ayuda de Dios!!- debe imponerle dichos valores. “Razón” por la cual, en estos predios, la Filosofía no tiene mucho que buscar y debe ceder el paso a la Religiosidad.

emeteriog@cantv.net