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El cacique de la barbarie

Publicado con autorización del autor

Por: Víctor Maldonado C.

Cacique Terepaima

El destino de Venezuela siempre se ha debatido entre la civilización y la barbarie. Desde 1936 hasta la fecha, así como hemos construido un país con una infraestructura moderna y una sociedad más integrada, también hemos sufrido épocas de autoritarismo, violencia, y deterioro.

Nos estamos matando. La tasa de homicidios y el incremento del uso de la violencia en los delitos no dejan ninguna duda sobre lo que aquí está ocurriendo. Los accidentes viales provocados por la irresponsabilidad personal y el abandono de la infraestructura. La cruel y primitiva vida a la que sometemos a los presos venezolanos, expuestos permanentemente a la indignidad y a la muerte. El incremento de los secuestros, y la presencia descontrolada de las mafias del tráfico de drogas, todos ellos son signos de que la civilidad está perdiendo terreno entre nosotros, dejando el campo abierto a la fuerza y no la razón, donde el Estado luce incapaz y desganado para encabezar la batalla por el progreso, que no es otra cosa que el control y el abatimiento de la barbarie.

Un país con teatros de la talla del Teresa Carreño, cuyas puertas solo se abren para albergar a la misma gente con el mismo tema en cualquiera de sus infinitas variaciones, el culto a la personalidad del presidente, no pueden ser el signo de que estamos enfilados hacia el progreso y el desarrollo. Tampoco lo son las ansias totalitarias del Ministro de la Cultura, al que le cuesta convivir con el Ateneo de Caracas, o cualquier otra expresión cultural independiente, que no quiera acuclillarse frente a la imaginería revolucionaria. Esas conductas no pueden ser sino expresión de la barbarie.

La sociedad venezolana siente por todos lados el olor nauseabundo de la corrupción. Y las sombras de la duda se ciernen sobre familiares y relacionados del entorno presidencial. El uso de testaferros y la vieja costumbre gomecista de apropiarse de lo mejor del país ahora están presentes sin que la reacción de los Poderes Públicos sea la de investigar, contrario a esto, las denuncias se responden con anatemas al que pretende violar la imagen impoluta de la revolución y su panteón de héroes.

Es por eso que por todos lados se siente la tribalización de la gestión pública. Los ciudadanos perciben con grima la presencia de aliados tenebrosos, como las guerrillas colombianas, oscuros funcionarios iraníes o policías cubanos, que no traen consigo nada bueno. En cualquier sitio salta un escándalo, una maleta indebida, una llamada inadecuada, una foto comprometedora. Pura barbarie.

Mientras tanto, el país parece un barco al garete con un gobierno más preocupado por sumergirse en las turbias aguas de utopías trasnochadas que en luchar contra la barbarie que se le viene encima en forma de más violencia, más pobreza, más escasez, más inflación y menos capacidad de los servicios públicos para dar la talla. Allí están los apagones, un signo más del torbellino que se está tragando todo lo que hemos logrado. R. Nisbet propone que situaciones como la nuestra indican que el progreso está acorralado. El culpable es quien ha quebrado la fe en el valor del pasado, creyendo que es el principio y fin de todas las cosas. Quien rechaza el valor del crecimiento económico y el desarrollo tecnológico. Quien repudia la fe en la razón y el conocimiento científico que surge de esta. Quien cree que todo lo que hemos construido como civilización occidental es pura basura y que por lo tanto hay que comenzar de nuevo. El culpable es el liderazgo tribal y primitivo que se ejerce en el país, que odia y resiente, que amontona y monopoliza. La barbarie tiene su cacique y sus indios.

victormaldonadoc@gmail.com