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El colapso del comunismo del siglo XXI

Jueves, 28 enero 2010

Por: Trino Márquez

El teniente coronel le propuso al país en la campaña electoral de 1998, nada más ni nada menos que refundar la República sobre nuevas bases. Los instrumentos de ese descomunal cambio serían una Constituyente y una nueva Constitución. Buscaba fundar lo que en el argot oficial se llama la V República. La IV -según esta extravagante periodización de la historia nacional- no comienza, como mucha gente de forma equivocada cree, en 1958 -cuando el pueblo conducido por una dirigencia política preclara derroca la dictadura de Pérez Jiménez- sino en 1830 al Venezuela separarse de la Gran Colombia. Es decir, la ortodoxia oficialista agrupa en una sola “República” la Venezuela descuadernada, agraria y prepetrolera de siglo XIX, con la nación integrada, urbana y modernizada por el petróleo del siglo XIX. ¡Vaya fusión!

A casi 11 años de haber llegado a Miraflores, y luego de confesarse marxista sin haberse paseado por las páginas de El Capital, sabemos que la fulana refundación de la República se inspira en la doctrina socialista, y más específicamente en la forma que esta asumió en Cuba bajo la interminable tiranía de Fidel Castro. Durante los primeros años de la revolución bolivariana existían algunas dudas acerca de la filosofía que inspiraba el enigmático “Proceso”, como los voceros y representantes del régimen llamaban a los cambios que estaban introduciéndose en el ordenamiento jurídico y en la dinámica política, económica y social del país. Muchos venezolanos consideramos que el Proceso no era más que una metamorfosis del típico caudillismo y populismo latinoamericano.

Desde las elecciones de diciembre de 2006 aquel vocablo entró en desuso y desde entonces el líder habla directamente de socialismo del siglo XXI, pues la palabra comunismo le produce vergüenza. Ahora tenemos claro que la refundación de la República consiste, en el plano económico y social, en instalar en Venezuela un régimen que mezcla el estatismo con el colectivismo, tal como ocurre en Cuba, y que reduce la propiedad y la iniciativa privada a su mínima expresión. En el ámbito político el modelo consiste en la concentración del poder en el autócrata, eliminación de todo vestigio de independencia de los poderes, persecución de los medios de comunicación independientes y desprecio por la oposición. En otros términos: aniquilación de la democracia.

El modelo comunista, para denominarlo con mayor rigor, es el que ha naufragado en el país. La crisis de la electricidad, de los servicios públicos, de la producción agrícola y de la producción industrial y el deterioro de la infraestructura, representan un mero reflejo de la incapacidad orgánica del comunismo para resolver los problemas de las sociedades donde se implanta y para elevar la calidad de vida de la gente. El comunismo destruye, sin tener la posibilidad de construir ni edificar nada que mejore el ambiente material de los ciudadanos. Por esa razón es que una característica usual de todos los comunismos reside en que se apropian de la riqueza y los activos que con esfuerzo y trabajo sostenido van acumulando las sociedades. El Gobierno bolivariano no es la excepción. Durante esta larga década se ha apropiado de todo lo imaginable: compañías eléctricas, telefónicas, bancos, haciendas, hatos, empresas metalmecánicas, hoteles, cadenas y centros comerciales. Ya no existe rendija de la economía donde el Gobierno no haya metido sus garras. El resultado siempre es el mismo: activo que toma, activo que desbarata, o, en el mejor de los casos, que mantiene operando, pero con un costo infinitamente mayor al de antes de ser poseído.

La posesión comunista de los activos sociales incluye la aniquilación de la gerencia profesional. Los administradores, profesionales y gerentes pasan a convertirse en comisarios políticos del régimen, y le rinden cuenta a la “revolución”, no a la Nación. Por eso yerran quienes consideran que lo que existe en Venezuela actualmente es capitalismo de Estado. Ni de lejos. El capitalismo de Estado respeta al capitalismo y al mercado. Funciona con criterios de rentabilidad, eficiencia y productividad. Necesita gerentes eficaces, no militantes incondicionales. Lo que está yéndose a pique no es el capitalismo de Estado, adornado con unas guindas de populismo, caudillismo y demagogia. Lo que estamos presenciando, una vez más y ya no por televisión, es el descalabro del comunismo, un sistema que acorrala la propiedad privada y la iniciativa particular en nombre de la quimérica propiedad colectiva y de la nada inocente, y sí muy dañina, propiedad estatal de los medios de producción.

Los comunistas imponen su totalitarismo a sangre y fuego. Ejercen la represión sin miramientos de ninguna especie. La Guardia Nacional, la nueva Policía Nacional, las milicias y los grupos paramilitares, como Los Tupamaros, son los instrumentos que Chávez tiene a su disposición para amenazar, perseguir y atenazar la oposición. Hasta ahora no se ha visto obligado a ser sanguinario, al estilo de los déspotas comunistas tradicionales. Pero los tiempos están cambiando. Ahora nos está diciendo a grito pelado que de ser necesario actuará como el peor de los tiranos. Mérida representa un vivo ejemplo de cuál es la ruta que de ahora en adelante podría seguir el comandante.

En Venezuela fracasó el intento de refundar la República partiendo del credo comunista. Nos tocará reconstruir la nación –tal como están haciéndolo las naciones de Europa del Este y Rusia, y como tendrá que hacerlo Cuba-, a partir del rescate de la democracia, el respeto a la propiedad privada, a la libertad de mercado y el fomento de la solidaridad social basada en la producción y la eficiencia.

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