Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad
"...La única forma de cambiar el curso de la sociedad
será cambiando las ideas" - Friedrich Hayek
"Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas" - Milton Friedman
El debate fallido. Victor Maldonado

En las sociedades democráticas el debate y la confrontación institucional de las políticas públicas son constantes. De eso se trata el pluralismo y el reconocimiento de la diversidad. Que no hay ni puede haber una “verdad única y verdadera” y que la realidad se va construyendo con el aporte conflictivo de muchos puntos de vista y de intereses encontrados. El conflicto pluralista es el único camino democrático para la síntesis que luego debe hacer un Gobierno responsable.

De allí que las opiniones contrapuestas sean cosa de todos los días y que las discusiones sobre el rumbo del Estado sean algo normal. En ningún país civilizado a alguien se le ocurre que su verdad es superior, o que su grupo, en el caso de estar frente al Gobierno, tiene el destino manifiesto de arrasar con los otros que piensan diferente. En ningún país moderno ocurre el avasallamiento de las minorías políticas hasta lograr su exterminio. Y mucho menos que el Gobierno impida la investigación de su gestión a la par que promueve procesos contra sus adversarios. Esa es parte de la esencia de las democracias, mientras que la celebración del pensamiento único es la característica más conspicua de las dictaduras.

Por eso mismo, otra cosa ocurre en los regímenes autoritarios. Allí no hay interés alguno en debatir ni marco institucional que lo posibilite. Es por eso que nosotros miramos con asombro esa ficción falseada que usa los poderes públicos para la gavilla y el arrebato. Los regímenes como los que lamentablemente vivimos invocan las leyes solo contra sus enemigos mientras que ellos mismos se eximen de cumplir cualquier compromiso legal. Y como ya sabemos, son el secretismo y la propaganda los dos atributos más importantes del manejo de la realidad. Aquí lo que no está oculto simplemente se tergiversa. De allí que la Venezuela de los canales oficiales difícilmente se parezca a la que viven los venezolanos de carne y hueso. Oficialmente todo transcurre chévere y los venezolanos se solazan en “el buen vivir”. No hay problemas económicos, ni sociales, ni criminalidad. La gente puede salir sin que la secuestren, y las refinerías funcionan sin que incendio alguno perturbe sus operaciones. Por supuesto que no hay apagones y nadie duda de la tenaz lucha por la eficiencia y el combate a las drogas o a la corrupción.

Sin embargo, a pesar de la propaganda, el régimen se pasea desnudo de congruencia. Algunos aspectos preocupan, no cuadran con el discurso oficial y cuando alguien se atreve a preguntar los jerarcas del régimen pelan los dientes y muestran sus garras. A pesar de eso, muchas preguntas rondan por las mentes de los venezolanos. Nadie sabe cómo, dónde y cuándo murió Chávez. No hay partida de defunción. Nadie sabe dónde y cuándo nació Nicolás porque no hay partida de nacimiento. Nadie sabe si Pdvsa tiene al día los seguros, cuál es el monto de su deuda y con cuánto se quedan los cubanos. Mucho menos tenemos la certeza de si las reservas internacionales son las que son. Tampoco tenemos forma de estar seguros de las cifras que anuncia el Gobierno. La situación es tan patética que se nos ha negado el dato del valor del dólar subastado. Se sabe poco de la agenda oficial del Presidente y cuando preguntamos por qué no han elegido un nuevo Contralor el más gélido silencio es la respuesta. Cada uno de nosotros tiene su propia serie de acertijos irresueltos, y tal vez la lista sea infinita.

Debatir es tener la disposición de rendir cuentas, de argumentar la validez de las decisiones, y de reconocer el derecho que tienen los otros al escrutinio de lo que un funcionario público puede hacer o no. Debatir es por lo tanto establecer límites a las propias pretensiones de poder absoluto y aceptar que la ley es para todos y no solo para los demás. Debatir es dar explicaciones sobre los fracasos de la política económica, o intentar justificar y hacer justicia con el fraude inmenso de los edificios de la Gran Misión Vivienda. Debatir es tener que aceptar que el otro pueda tener razón y que lo que se está haciendo supuestamente bien en la realidad es un desastre. Nada de eso está en el espíritu y propósito de esta revolución, ni en el talante del comando político-militar que dirige este socialismo castrista. Ellos no debaten, y cuando la realidad no está a su favor la emprenden a palos como ocurrió en la Asamblea Nacional, o declaran traición a la patria y activan a la policía política para que allane y aprese a los disidentes.

El debate no es una competencia del socialismo del siglo XXI. O ¿por qué creen ustedes que vaciaron de diversidad a Globovisión? ¿Por qué creen ustedes que persiguen y amedrentan a periodistas de la talla de Nelson Bocaranda, Leopoldo Castillo, Martha Colomina y muchos otros igualmente dignos de nuestro reconocimiento? ¿Por qué se persiguen periódicos como El Nacional, Notitarde o Correo del Caroní? Porque la realidad les incomoda, porque ella les muestra la peor cara de su fracaso. Y porque no están dispuestos a reconocerlo por las buenas. ¿Debate? Dictadura no debate.

VICTOR MALDONADO ― NOTITARDE
victormaldonadoc@gmail.com
@vjmc