En los círculos marketeros es probable que alguna que otra vez se haya escuchado el término “demarketing”, expresión que se emplea a menudo para expresar cómo a través de los recursos del mercadeo y la publicidad se busca disminuir la demanda de ciertos productos o servicios.

Los ejemplos son diversos. Tómese en consideración, por ejemplo, el caso reciente de la industria de carros eléctricos, en los cuales debido a la escasez de ciertos componentes necesarios para su fabricación, las empresas automotrices se han visto en la necesidad de limitar la cantidad de inventario existente sobre los vehículos eléctricos, y acompañar la estrategia del mercadeo correspondiente. Otro caso puede verse con las redes sociales. Ante las polémicas sobre la privacidad de datos (y vaya que hemos visto a los founders de redes compareciendo ante las autoridades sobre el particular), varias de estas plataformas se han visto obligadas a reducir el espectro de sus productos para poder cumplir con los requisitos regulatorios que correspondan.   

En naciones emergentes y en algunos casos también deficientes (no pocas veces a causa de la adopción de modelos políticos conducentes al atraso y la pobreza), como es el caso de América Latina incluyendo a Venezuela, el “demarketing” se ha empleado para justificar el racionamiento de bienes de primera necesidad o de servicios públicos, con el objeto de contribuir a la reducción del consumo o demanda del producto target. Probablemente le vendrán a la memoria llamados a la “concientización” sobre el uso “racional” de ciertos servicios en el país, habida cuenta de la destrucción de nuestra infraestructura y, en buena medida, de la intromisión del Estado en su funcionamiento.

Esta semana, por ejemplo, el término del “demarketing” hizo de las suyas en Miami Beach. La locación, ampliamente conocida como un destino de spring break tiene ahora en desarrollo una campaña publicitaria con el objeto de instar a los visitantes a mantenerse alejados durante las vacaciones de primavera. «¿Solo quieres emborracharte en público e ignorar las leyes?», dice un anuncio. «¿Recuerdas siquiera lo que pasó el marzo pasado? Ese fue nuestro punto de quiebre. Así que estamos rompiendo contigo» (“You just want to get drunk in public and ignore laws. Do you even remember what happened last March? That was our breaking point. So we’re breaking up with you.”), reza un anuncio publicitario.

La campaña no vino de gratis. En 2023, las autoridades de Miami Beach se vieron obligadas a decretar un estado de emergencia, luego de que durante el spring break resultaran dos personas muertas en un tiroteo. En consecuencia, los habitantes de la ciudad se sienten inseguros y la premisa es muy sencilla: para que haya un turismo “feliz” tiene que haber residentes “felices”.

El ejemplo de lo que sucede en Miami me pone a pensar sobre cómo en Venezuela el fenómeno de “demarketing” ha hecho de las suyas. Por supuesto, la marca “Venezuela” se ha venido a pique por razones que trascienden al mundo publicitario. Pero bien valdría la pena preguntarse si este proceso de “demarketización del país” se dio adrede o de forma culposa. En mi opinión, pienso que buena parte de nuestra caída se debió a la ortodoxia ideológica de quienes detentan el poder. Era (y es) imperativo aislar al país de su área natural de influencia, de su cercanía a sus socios tradicionales para crear una nueva historia en la que fueran otros los cánones y los protagonistas. 

Visto el nivel de destrucción, sin embargo, incluso desde el propio poder se intenta ahora revertir el “demarketing” y hacer “marketing”. Pero bien es sabido que ni el mejor mercadeo por sí solo hace milagros cuando el producto no es bueno. Y en este caso, son muchas las cosas que deben cambiar y modificarse para que nuevamente Venezuela pueda estar en el sitial que merece. Curiosamente, al igual que sucede con los residentes molestos en Miami Beach, la primera premisa que debe rescatarse es buscar la felicidad de los ciudadanos primero. Que por allí comience nuestro mercadeo.  

 

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